7 de julio de 2017

Un viejo amigo

Un viejo amigo

(Dedicado a mis amigos de la secundaria y de la prepa que no supe apreciar, y a aquellos que en la calle, en las aulas o en algún otro lado me tendieron la mano, me contaron sus secretos, y por andar de 'rockrillo', simplemente no los creí dignos de ser mis compillas).
I

Ayer vi a Robert afuera del templo, luego de más de un lustro sin coincidir. Lo conocí en la secundaria y éramos del mismo grado, sólo que él iba en el grupo “A”, y yo en el “D“. Durante tres años compartimos decenas de partidos de fútbol en el patio de la escuela.

Esta tarde cruzamos miradas por instinto; era un hecho que no quisimos reconocernos. Unos siete u ocho pasos después de pasar a su lado, volteé hacia atrás y pensé en su perro Max, un rottweiler muy gordo pero veloz; que ladraba demasiado, sin ser bravo; que sentí haberme encariñado con él, sin haberlo conocido: sí, suena extraño, pero es verdad. Puedo describirlo porque así lo vi en fotos, y Robert lo nombraba con un tono muy tierno al recordarlo. Antes de hablar de este formidable can, es necesario describir, y recordar con “pelos y señales”, la amistad que me unió con su dueño.
II

Hasta la fecha debo seguir siendo de los delanteros más débiles y fáciles de marcar que ha tenido la Secundaria N, lo que pude contrarrestar con una buena puntería en tiros de larga distancia y velocidad; él era un excelente defensa, capaz de competir con muchachos de grados mayores. Jugaba en una escuela de fútbol de un equipo de primera división, y algunos compañeros aseguraban que era el capitán.

Amaba su lugar en la retaguardia: no era como el clásico niño que juega resignado o molesto cuando se les coloca de medio campo para abajo, y en la primera oportunidad que tiene de adelantar filas, lo hace sin regresar a su posición inicial. Sin ser muy alto, en los centros generalmente ganaba por el aire; aún así, rara vez subía a cabecear cuando su equipo atacaba, solo cuando estaban en desventaja, y llegó a marcar un par de testarazos. Era tan buen defensa, que cuando le anotaban a su equipo, los goles parecían valer el doble.

Cuando ingresé a la preparatoria me dio mucho gusto verlo sentado en una butaca del 1-F, turno vespertino. Él también se mostró conforme con esta unión que el destino nos brindaba, y media hora después, parecía que habíamos sido los mejores amigos durante los tres años de la secundaria. Éramos muy fanáticos del mismo club de fútbol, del máximo exponente del brit-pop y detestábamos desde lo más profundo de nuestras entrañas al reggaetón y al hip-hop.

Con Robert las chicas exageraban. Se impactaban con sus brazos, que si bien lucían cierta musculatura, estaban muy poco anchos; lo mismo con su rostro: sin ser atractivo, tampoco era tan feo como para que le dijeran el “Camarón”, apodo que se le quedó durante los seis semestres, y que contrarrestaba terriblemente con “Roberto Carlos”, como le decíamos en honor al excelso lateral brasileño.

No le importó semejante cambio de identidad. Y es que sabía tratar a cualquier tipo de jovencitas: ñoñas o fresas, e incluso darketas y cholas… aunque luego hablaba mal de ellas. Por eso tuvo muchas novias, hasta tres en un solo semestre. En segundo se olvidó de nuestras conversaciones musicales y de fútbol, y me hablaba más de mujeres; de sus chicas, para ser específico. Si alguna de sus relaciones pasaba por momentos complicados, yo era el primero en saberlo. Incluso lloró un par de ocasiones, cuando terminó con sus únicos dos romances verdaderos.

Fui a su casa al menos unas 20 veces, porque quedaba muy cerca de la prepa y su mamá seguido nos invitaba a comer o a cenar. Él sólo asistió una vez a la mía. Por razones que no explicaré, como en cuarto semestre dejé de jugar fútbol y ahí hubo un leve distanciamiento. Y cuando por fin tuve novia, me reclamó que nunca saliéramos juntos, con nuestras parejas.

Luego se molestó porque me alejé del grupo de amigos que más frecuentábamos… y de él. En quinto semestre nos separaron, ya que debíamos cursar materias optativas a las carreras que queríamos cursar: él ingeniería, yo ciencias de la comunicación. Ya en sexto, él se cambió al turno de la noche, porque además de entrenar fútbol en la mañana, empezó a trabajar en el taller mecánico de su padre, ya que su familia atravesaba una situación económica complicada.

Ayer me impactó su obesidad. Caminaba lento, agarrando de una mano a una niña pequeña, y con la otra a una mujer, quien a su vez cargaba a un bebé. Vi el rostro de su compañera y no me resultó familiar. Robert fue de mis mejores amigos en una época difícil para mí, y quizá la mejor para él: tenía demasiadas amistades, buenas notas escolares, era del agrado de las chicas y, efectivamente, fue muchos años el capitán de un importante equipo de fútbol en las divisiones menores. Así lo arropaba la fortuna hasta antes de cambiarse de turno.

Como un año después de que ingresé a la Universidad, supe que a los 18 lo dieron de baja del equipillo en que militaba, y nunca más se atrevió a volver a jugar a nivel profesional. También me enteré que sus padres se divorciaron, y falleció su hermana mayor: tenía lupus. Algunos conocidos me dijeron que no pudo obtener el título de la preparatoria.

Fue raro saber que no siguió estudiando, porque además de sus “doncellas”, de los partidos y de canciones, en muchas ocasiones me compartió su propósito de ser ingeniero y futbolista a la vez. Cuando hablábamos al respecto, mencionaba con orgullo su determinación por no haber ingresado al bachillerato para especializarse como mecánico; se jactaba de saber lo necesario, pues a este negocio se dedicaban al menos cinco familiares cercanos, y además no quería heredar el oficio. En esos momentos yo me sentía afortunado, porque de haber obedecido a su padre, no habríamos coincido en la prepa. Y también porque era amigo de una persona con propósitos definidos.

III

Como ya mencioné, Robert solía llorar cuando contaba sus penas. Discusiones con las novias, la enfermedad de su hermana, o cuando lo regañó un entrenador al enterarse que bebió con sus compañeros de equipo. Pero el momento que me conmovió más, y no precisamente porque fue cuando más lágrimas derramó y más se le cortó la voz, fue la primera vez que habló de Max.


FOTO: https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/736x/ef/62/d8/ef62d8890c52fdfa0ef67cd56631f9aa.jpg


Nos contó (estábamos como cinco o seis amigos) que un mal día, Max mordió –intentando jugar- a un niño de la cuadra, hijo de un señor muy déspota y que frecuentemente tenía problemas con los vecinos, por causas insignificantes. Al ser policía, casi nadie se involucraba con él, y el padre de Robert no fue la excepción. 

Para evitar un conflicto mayor regalaron a Max. Lo llevaron con un dentista que tenía un consultorio justo enfrente del taller mecánico. Y es que el día del incidente, por la noche el policía tocó su puerta, y con pistola en mano amenazó con matar al perro. Esto sucedió cuando Robert tenía entre 8 y 9 años. Los fines de semana, el nuevo dueño de Max lo llevaba al taller, para que jugara con sus antiguos amos.

Desafortunadamente el dentista, un señor ya de la tercera edad, enfermó y debió deshacerse de Max, quien terminó sirviendo como guardián de un depósito de chatarra, ubicado como a cinco cuadras del taller. Robert y su hermano mayor juntaban latas de aluminio con la intensión de verlo, pero nunca estaba entre las láminas viejas de automóviles y las botellas de plástico y de vidrio, hasta que un día encontraron cerrado el local (si la memoria no me falla, mi amigo especificó que los dueños salieron de vacaciones).

A su hermano se le ocurrió subirse a un árbol grande, y desde las ramas podían sentarse con facilidad y observar, por encima de la barda, el interior del predio. No era fácil treparse, incluso se raspaban en la corteza, pero ante la posibilidad de encontrarse con Max, era un riesgo que valía la pena tomar.

No se me olvida la expresión de Robert al mencionar que al saludarlo con un silbido, Max dejó de deambular entre los fierros oxidados y se quedó mirándolos, sorprendido y temblando; súbitamente agitó la cola, pero sus patas se tambaleaban, como si fueran de gelatina, o como si en el piso hubiera algún pegamento que le impedía saltar y revolcarse, como lo recibía siempre que regresaba de la primaria.  Después, Max soltó leves chillidos y permaneció fijo.

La ternura que reflejaron sus ojos mientras narró este recuerdo, debió de ser la misma del can aquella vez que se reencontró con sus familiares. ¿Qué habrá pasado por la mente de Max al percatarse que Robert y su hermano mayor lo espiaban por encima del árbol? Me gusta creer que recordó cuando llegó por primera vez a la que fuera su casa por más de 7 años, siendo un cachorrito, o cuando lo llevaron a la playa y le pusieron unos lentos negros, como se veía en una de las fotos que estaban junto al televisor.

Aquél domingo, asegura mi amigo, se quedaron más de una hora arriba, observando a su perro. Llegaron tarde al taller para regresarse a casa y los castigaron. Y como cada domingo sucedía lo mismo, su papá optó por dejarlos en casa los fines de semana. En una ocasión le pregunté a mi amigo por qué no se quedaron con él y lo escondieron en el taller, luego del incidente con el policía. Aparte de ser muy juguetón, un tío suyo, el que tenía más voz y derechos sobre las decisiones del negocio, al parecer no lo quería.

Cuando Robert entró a la secundaria, su hermano ya estaba en la prepa y rara vez pedía permiso para salir. Seguido iban juntos a espiar a Max saliendo de clases. Desafortunadamente los descubrieron y llamaron a la policía. No les creyeron que solamente iban a ver al perro y les advirtieron que de volverlos a encontrar en las mismas circunstancias, llamarían a sus padres, sin antes llevárselos en la patrulla. Luego la chatarrera simplemente cerró y nunca más volvieron a saber de su amado ex compañero.

Cuando me acuerdo de Robert, en mi mente se imprime otra de las fotografías que tapizaban la sala de su casa, donde salía al lado de sus hermanos; estaba pequeño, no fuerte y hábil para el fútbol como lo conocí, ni obeso, como lo vi ayer. Tal vez de ocho años, abrazando a Max, y lo visualizo trepado en una rama gruesa, nostálgico, contemplando a su fiel amigo, al único que, estoy seguro, amó más que el fútbol y aquellas novias por las que derramó lágrimas.

Fue mi amigo en una etapa de la vida donde eres como el centro de atención en todos los lugares donde te conocieron de chico, porque al superar en estatura a tus padres, se supone que dejas de ser niño. Los maestros, los amables de entre 30 y 40 años, te contemplaban con una sonrisa extraña: no de amor ni de burla, simplemente les alegraba verte. En ese tiempo no entendía –incluso este fenómeno se repitió en la universidad-, pero ahora quiero pensar que es nostalgia, que en nosotros se veían a ellos mismos cuando tenían 15, 16 o 21. Creo que es así, porque así suelo mirar a los chicos que ahora tienen esas edades, y trato de analizar cómo era yo a mis 15 añitos, e imagino que estoy con mis amigos de aquel entonces, cuando con nuestra juventud dábamos colorido a las aulas, a nuestras cuadras y otros lugares; cuando éramos las promesas de un futuro lejano, del cual no había ninguna prisa por enfrentar. En ese entonces, quienes ahora son chavos de ahora, seguramente apenas estaban aprendiendo a gatear.

El buen Robert: su perro cuidaba la chatarra igual de bien que él defendía en los partidos: sin hacer ruido y con mucha determinación; tan bien, que incluso podrías soñar que eras profesional jugando en su equipo. Luego de ser descubiertos, Robert me dijo que lo espiaban desde otro árbol más lejano que sólo les permitía ver un breve espacio junto a la barda, donde Max se arrinconaba para ser observado por mucho tiempo.

Al igual que el noble canino, me alejé de él por un incidente mínimo, insignificante, y de repente se esfumó la amistad: así suele ser la vida antes de los 20, edad en la no es fácil enraizarnos ante la voluntad espiritual; nuestro cuerpo exige cambios y volamos de un lado a otro, porque bajo nuestra perspectiva el mundo es pequeño e insulso; queremos experimentar toda clase de aventuras, aunque somos ingratos y exigimos lealtad extrema a quienes nos rodean.

Y después de tanto tiempo, cuando el destino volvió a juntarnos, Robert y yo nos conformamos con intercambiar un par de miradas que expresaban que nuestro tiempo de convivir pasó hace mucho tiempo; a pesar de que rondamos los 30, actuamos igual de inmaduros que cuando terminamos la prepa. ¿Cómo iba vestido? No lo vi con atención, talvez por miedo a creer que llevaría un overol manchado de grasa de neumáticos, motores o alguna otra pieza de carros.


ASR

4 de junio de 2017

Una tortuga sabia

Una tortuga sabia

15 de abril de 2017

El jueves pasado más bien parecía sábado o domingo, debido a los festejos de Semana Santa. Sin deseos de hacer algo productivo, encendí la televisión. A cuadro apareció el mismísimo Morgan Freeman, estelarizando el documental “La historia de Dios”.

“¿Cómo se llama ese actorazo?”, preguntó mi madre, mientras tejía en el sillón más grande de la sala, al escuchar la respetable e inigualable voz del actor de doblaje Rubén Moya. Le respondí y noté que veía con atención el programa, mientras yo pendejeaba en el teléfono.

De repente, en pantalla, una persona con apariencia de monje que dialogaba con Morgan, dijo palabras más, palabras menos: “cierra los ojos y recuerda algún momento agradable que hayas compartido con una persona que detestes (seguro fue otro calificativo menos visceral, pero este me agrada), o que tengas algo pendiente que platicar”. Creo que era de la religión jainista, o alguna de la India. Contemplé algunas escenas tontas, como cuando festejé goles de las Chivas al mismo tiempo que algunos compañeros de escuela y del trabajo que no me agradaban del todo. En fin.

Pasaron dos días y este sábado, mientras “stalkeaba” en Instagram, vi una imagen que guardé en cuanto la vi, compartida por la cuenta Terrific Turtles. Es una pequeña tortuga nadando, y lo más notorio es que en la parte superior de su cuerpo se reflejan varios colores, como si encima de ella estuviera un arcoíris.



Entonces recordé que hace mucho tiempo, casi 20 años, cuando mi hermana Flor y yo empezamos a obsesionarnos con las tortugas, mi papá nos contó que de niño, junto con sus amigos, iba a la barranca de Oblatos y veían unas tortugas que tenían el caparazón del color del arcoíris. A esa edad, difícilmente se duda de lo que te cuenta un padre, pero se nos hizo extraño, porque no habíamos escuchado de ellas, ni las habíamos visto en libros o documentales de animales, que teníamos al por mayor.

Aun así formulamos muchas preguntas para él: ¿cuántas vio? ¿Por qué no se quedó con una? Incluso llegamos a pedirle que nos llevara a ese sitio cuando nos regresáramos a Guadalajara (vivíamos en Chiapas). Creo que nos respondió que de repente dejó de verlas en sus escapadas a la barranca. Creí que podría tratarse de alguna especie única de Jalisco.

Tuve varias pláticas al respecto con mi hermana y ya más grandes, cuando yo estaba por entrar a la secundaria, le mencioné que quizá eran tortugas de río y que tenían tanta lama y hongos encima, que cuando nadaban, el reflejo les hacía parecer que el caparazón era de varios colores. Otra “teoría” fue que pertenecían a alguien y se entretenía pintándolas… Contemplé varias respuestas porque compartimos la historia con algunos de nuestros amigos, y nadie nos creía.

Juró que sentí como si me hubiera caído un relámpago cuando en la pantalla de mi Samsung Galaxy vi el caparazón color arcoíris con atención, porque en mi mente continuaba presente el capítulo de “La historia de Dios” del jueves, en específico esa frase referida a los seres que “detestamos”, o con quienes tenemos una plática pendiente, sin café de por medio. Cuando nos contó la historia debió ser 1998, cuando nos compraron un par de reptilitos verdes, uno para cada quien, en la feria de Tuxtla Gutiérrez.
Después en nuestra sala había un tortuguero enorme, con más de 15 tortuguitas japonesas, y mi papá nos ayudó a arreglarlo, pegándole piedras en una de las bases para que nuestras mascotas pudieran reposar a gusto, también cuando estaban bajo el agua. Además recordé que construyó una jaula enorme para Pepe, un loro que tenía mi hermana.

Aunque sentí una paz que jamás había presenciado, ya no quise seguir memorizando mi niñez. Sólo traté de comprender por qué un tipo cuarentón inventó esa historia tan infantil, o al menos en cómo eran realmente aquellos quelonios que observó haría unos 30 años, y por qué creyó conveniente unirse a la fascinación de sus hijos por las criaturas verdes.

¿De verdad se atrevía a irse en bicicleta a la barranca desde Tlaquepaque, donde vivió de niño, hasta la barranca, un lugar remoto en los 60’s? Y si en verdad lo hizo, ¿cuál era el propósito? Dudo que buscara tortugas. También fue extraño que nos narrara ese suceso, porque nos tenían prohibido salir a lugares lejanos, aunque sea en compañía de amigos o de nuestra hermana mayor: todo debía ser obediencia total a los padres, como él se jactaba de haber sido de niño: como una orden castrense más.

También llegué a cuestionarme si las tortugas tenían un significado especial para él. Tal vez anhelaba una de mascota y nunca pudo tenerla; a lo mejor le emocionaba apreciar la fauna silvestre. Quizá su gran imaginación lo ayudó a creer haber visto aquellos caparazones multicolores, nadando en un charco o en un riachuelo.

O tal vez mucho después, a sus 15 o 20 años, cuando sintió escapar su niñez o cuando se refugió erróneamente en un cuartel militar, su cerebro inventó ese pasaje, en el que se reunía con sus amigos (quién sabe si reales o imaginarios) para encontrar tortugas. O quizá se le ocurrió esa historia en ese preciso momento, sólo para impresionar a sus hijos. O simplemente de él heredamos el cariño por esas criaturas verdes, sagradas en la mitología china y asociadas con deidades como Buda y Visnú.

He leído muchos artículos en los que relacionan a distintas especies de tortugas con la sabiduría, la paciencia y mil virtudes más. Me gusta creer que es verdad, que estos animales, cuya hembra regresa 30 o 50 años después a la misma playa donde nació para incubar a sus primeras crías, son seres sagrados. Abrí los ojos, creyendo haber tomado un café con aquel ser que me regaló mi primer reptil con caparazón, y no sé si fue por la magia o por cuestión divina, pero contemplar la foto de la tortuga arcoíris, me ha quitado un gran peso del alma.


ASR

1 de mayo de 2017

La Jaula (parte 1)

La Jaula (parte 1)
“Revivamos nuestra infancia al recordar esta joya de comercial. Nike nos regaló uno de los mejores promocionales de toda la historia con...’La Jaula’ ¿Cuántos lo recuerdan?”, dice el enlace que publicó la página de Facebook AS México el jueves 27 de abril por la noche.

Roberto Carlos, quizá el mejor lateral izquierdo de la historia, fue uno de los estandartes de "Scorpion", como Nike nombró a su campaña publicitaria de 2002 y 2003.

Al abrirlo me decepcioné porque simplemente aparece el video, sin algún texto informativo respecto aquel “torneo secreto” disputado en un barco, compuesto por ocho equipos, de tres jugadores cada uno, y, como lo indica al inicio el astro francés Eric Cantona, el ganador resultaba ser quien anotara primero en una portería diminuta: un “mete-su-gol”, como se diría en la primaria cuando había un chingo de retas, o el “gol gana”, cuando sonaba la chicharra que nos indicaba que debíamos regresar al salón. Me pareció una publicación muy simple y decidí describir aquel emotivo anuncio, que fue causa de muchas pláticas previas y posteriores a las cascaritas que jugaba en la calle, en el ya muy lejano 2002, y también durante el recreo, estando en la secundaria.
Pequeñas canoas, tan simples que son incapaces de inquietar al mar oscuro y calmado, transportaron a las estrellas de Nike rumbo a un viejo barco; al llegar a su destino, ingresaron a una cancha más chica que las de fútbol sala, y que en realidad era una jaula, ya que también estaba cercada por la parte de arriba. Como si se tratara de un domador de circo y no de un árbitro, Cantona figuraba por encima de las rejas; trajeado y con bastón, se movía a paso de catrín mientras ensalzaba a los cracks que exhibían sus mejores cualidades. Aunque los comerciales se transmitieron por partes y sin orden, describiré el video final, donde se respeta la cronología.
La primera tercia en aparecer fue el “Equipo de Fuego”, conformado por elementos de la Lazio: los atacantes argentinos Hernán Crespo y Claudio López (el famoso “Piojo” que llegaría al América en lugar de Cuauhtémoc Blanco en 2004), acompañados por el mediocampista Gaizka Mendieta, a quien muchos recordamos porque el conjunto romano pagó como 40 millones de euros al Valencia, y no tanto por su estilo de juego. Su rival, “Tutto Bene”, conformado por los defensas Rio Ferdinand y Fabio Cannavaro, junto con el volante checo Tomás Rosicky, quien hasta el año pasado militó en el Arsenal y actualmente pertenece al Sparta Praga, club donde se formó.
Pese a tener a dos de los mejores zagueros centrales de aquellos bellos tiempos, el “Tutto Bene” fue despachado en su primera intervención, en lo que fue juego insulso, repleto de taconcitos sin chiste, empujones y barridas criminales al más puro estilo sudamericano, que ameritan sanciones de cárcel. Quizá para justificar el costo de su traspaso a la Serie A o Calcio, la marca de la palomita ordenó que Mendieta figurara en ese clip: tras una vistosa jugada que incluía una bicicleta, el español anotó el gol, el cual Crespo festejó como si él hubiera sido el autor.
En verano de 2002, pocos meses después de estrenarse este comercial y de concluir la Copa Mundial de Corea-Japón, Fabio Cannavaro pasó del Parma al Inter de Milán, y el Manchester United pagó 48 millones de euros al Leeds United por Rio Ferdinand, la cifra más alta por un defensa hasta 2014, cuando el PSG adquirió a David Luiz, por 49.5 mde. Rosicky brillaba en el Borussia Dortmund, que en ese año perdió la Final de la UEFA Europa League.

En el segundo compromiso se presentó el equipo más carismático: “Os tornados”, que derrochaba la magia brasileña de Ronaldo y Roberto Carlos, junto a la clase del portugués Luis Figo. Estas estrellas se midieron a los “Funk Seoul Brothers”, donde también había representantes del “jogo bonito”: Ronaldinho y Denilson, quien a mi juicio, fue más espectacular en los anuncios televisivos que en la cancha. El tercer elemento era Seol Ki-Hyeon, de quien hasta ahora me vengo a enterar que militaba en el Anderlecht de Bélgica, y siendo honestos, nunca me interesé en saber en él y ya ni me acordaba de su aparición. ¿Qué hacía en la jaula? Se aproximaba el primer mundial del nuevo siglo y del nuevo milenio; sería la primera copa en Asia y había que invitar a un coreano. Seguro por eso fue.
Denilson es el primero en lucirse, con jugadas o, mejor dicho piezas de baile repletas de “crema”, en una zona de campo innecesaria. En la escuela, quienes se atrevieron a imitarla, siempre quedaban como idiotas, pues les faltaba el feeling y la seguridad que suele tener un crack brasileño. El “Fenómeno”, tal vez enojado por no ser él quien atrajo los reflectores, lo encaró y le jaló la casaca, aunque para la mala suerte del volante del Betis, no contaban las faltas en este certamen; Ronaldinho, con un peinado al estilo afro, encaró a su tocayo por faltarle el respeto al balón con esa actitud, pero termina empujándolo.
Un juego sucio, sin duda, pero colmado de magia: quien conduce el balón, simula tenerlo pegado a su pie -incluso al hacer fintas-, al pecho o en los hombros. En la jugada clave, “Dinho” burló a sus oponentes, con túnel incluido para el “Feno”, pero su disparo pegó en el poste y en el contragolpe, Ronaldo y Figo triangulan y cuando aparece la figura de Roberto Carlos, surgió la jugaba más espectacular del torneo. El excelso lateral izquierdo del Real Madrid colocó el esférico entre sus dos tobillos y como si fuera a realizar una “lagartija”, lo impulsó hacia el arco, recordando un poco aquel “escorpión” que inmortalizó el portero colombiano René Higuita.
Mis amigos y yo no comprendíamos cómo Ronaldinho jugaba en el PSG, que en ese entonces no acaparaba los reflectores como en la actualidad: era un club pobre, lo mismo que el Betis, donde Denilson pasó años haciendo jugabas alegres para las gradas, pero que de poco servían para conseguir logros importantes. De Seol, según Wikipedia jugó los mundiales 2002 y 2006, militó en el Fulham entre 2007 y 2010 (en ese entonces yo era ferviente seguidor de la Premier League… y no lo recuerdo). Figo, Ronaldo y Roberto Carlos, poquito después serían parte de los “Galácticos” merengues y hasta me siento menso al tratar de describir lo mejor de sus trayectorias.
Toros Locos VS Cerberus fue el tercer encuentro. Fredrick Ljumberg, quien se distinguía por su mechón rojo, acompañaba a los blaugranas Luis Enrique y Javier Saviola, juvenil de 20 años surgido en River Plate que tras un magnífico primer año en la Liga Española, apuntaba a ser el futuro goleador de un alicaído Barca. Los contrincantes que debían derrotar estaban comandados por Edgar Davids, figura de la Juventus. Su compañero de club Lilian Thuram, y Sylvain Wiltord, eterno suplente de Thierry Henry en Arsenal y la selección francesa, completaban el equipo.
Asombrado por el potencial de los Toros Locos, el “Pitbull” hizo una seña de reconocimiento por las fintas que le aplicó el “Conejito” y el buen toque del mediocampista sueco, pero a la vez parecía advertirles que les tenía una sorpresa guardada. Pero el dominio seguía perteneciendo al conjunto que comandó el ahora entrenador del Barcelona, hasta que Wiltord robó el balón, realizó un disparo fatal que sorprendió a sus colegas, pero se lanzó de palomita para sellar el pase a las semifinales. Un partido muy intrascendente.

Grata sorpresa fue que Saviola no fuera convocado para el mundial, debido a que Marcelo Bielsa prefirió a los experimentados Claudio López, Claudio Canigggia y Gabriel Batistuta, además de Hernán Crespo, quien vivía el mejor momento de su carrera en la Lazio. Sobre Luis Enrique, me gusta preguntar a mis amigos si creen que fue mejor jugador que Pep Guardiola, y hasta hace poco, cuando anunció que ya no dirigiría al Barcelona, me enteré que jugó, y varios años, en el Real Madrid. De Ljumberg, recuerdo que nadie de la secundaria me creía que era modelo (lo sabía porque siempre lo decía el Bambino Pons en los partidos del Arsenal). A Edgar Davis le debo mi simpatía por la Juve, pasión que se incrementó gracias a jugadores como Thuram, de quien me sorprendió saber que nació en la casi inapreciable Isla Guadalupe; a Wiltord, ya lo describí arriba como el eterno suplente de “Tití”. 

Para ponerle fin a la primera ronda, entraron a la jaula el “Triple Espresso”, compuesto por Thierry Henry, Francesco Totti y Hidetoshi Nakata (estos dos últimos coincidieron en la Roma), junto con Paul Scholes, Rud Van Nistelrooy y Patrick Vieira, astros de la Premier League que se hacían llamar los “Onetouchables”.
Las primeras jugadas son destellos de Totti y Scholes, los capitanes, aunque tiene más trascendencia la soberbia barrida de Vieira sobre la línea de meta para evitar el gol. Pese a que era letal en el Manchester United, Van Nistelrooy falló una clara, pero su error no costó debido a que en la respuesta de sus rivales, el tiro cruzado del “10” de la Roma se impactó en el travesaño. No obstante, la segunda desatención del atacante holandés sentenció el encuentro, luego de que al perder el balón se generó una serie de rebotes que concluyó con una media tijera de Francesco. Desde lo alto, el elegante francés vitoreó al “guerrero italiano” y menospreció a los perdedores, como sentenciando un “pollice verso”, sin bajar el dedo pulgar; este festejo bien pudiera compararse con el final de una batalla en el coliseo romano. 
Totti se retirará este año y nunca salió de la Roma. Aunque Japón clasificó a Octavos en el Mundial de 2002, sin tanta polémica como Corea del Sur -el otro local-, no recuerdo que Nakata haya sido un verdadero referente; aún así, en 2004 me compré una camisa gris que simulaba ser un jersey de Japón con su nombre: le guardaba cariño por el video. Henry debió ganar la Champions con el Arsenal: en realidad fue un club que marcó época, y se le reconoce poco; gran parte de la grandeza de los Gunners durante la década pasada se debe a Vieira. En 2002 ya simpatizaba con el Liverpool, pero no se me podía llamar fan porque respetaba al Man U, en gran medida por Ruud y Paul; hoy puedo decir que son putos y me es indiferente su trayectoria. 


CONTINUARÁ…

ASR

12 de febrero de 2017

Vagar sin preocupaciones

Vagar sin preocupaciones

La primera vez que le presté atención, aún quedaban cenizas de aquellas “trifulcas ardientes” entre barristas, que desencadenaron en mi barrio, a mediados y finales de la década pasada, Chivahermanos y Rojinegros. Vestía una camiseta negra percudida, como su cabello, con una leyenda en letras rojas que decía, en el lado de frente: “la gloriosa barra 51”, mientras que atrás se leía una ofensa hacia el Rebaño. Algo así como “chivo cagón”.

Debo reconocer (y me avergüenzo) que sentí desprecio para aquel anciano flaco, jorobado y un tanto canoso. En aquel momento pensé que traía la camiseta de alguno de sus nietos “desquehacerados” (me caga esta palabra, pero es la que pensé utilizar y sería muy falso cambiarla por alguna que suene “más acá”), pero al cabo de una semana de verlo casi a diario, noté que siempre la portaba.
Su andar lento y su postura cabizbaja me hicieron olvidar muy pronto la insignia atlista. Observé que sus otras dos prendas, un pantalón deshilachado y unos tenis blancos que se les veía lo roto desde cualquier ángulo, lo acompañaban en todo momento durante su deambular por los alrededores de la Glorieta del Obrero.

Estoy seguro que esto sucedió como a mediados del 2009, porque recuerdo que fue cuando se me quitó la costumbre de irme al estadio en el mismo camión que viajaba la barra, y también cuando estaba por concluir la universidad. Lo veía cuando iba a tomar el 27 para dirigirme al Jalisco, o el 80B para el Álamo, siempre caminando a un paso lentísimo, como si estuviera reptando, con un cigarro apagado en una mano, y en la otra una botella de coca cola casi vacía.
A la fecha desconozco el nombre de este señor, y por qué rara vez sale del cuadrante Artesanos-Hacienda La Calera-Hacienda del Carmen. No sé si vivió en alguna de las casas ubicadas en esas calles, o si algún amigo suyo que es vecino de la zona se encarga de alimentarlo o socorrerlo en momentos graves.

"Homeless", by Getoart (Deviantart)

Sólo sé que ahí deambula, entre hojalateros que laboran pisteando cerveza, y que son culpables de que la calle Hacienda La Calera, por la que paso de ida y vuelta al trabajo, está sucia por la lateral derecha en el sentido poniente-oriente; los desechos que caen cuando pintan carros han trazado un riachuelo plateado óxido. Mientras chambean, él escucha sus pláticas, pero pareciera que no existe para ellos. Así es la imagen: él hincado o tirado en el piso, con el cigarro en la boca o en la mano, y una botella de coca a su lado, siempre inadvertido ante las carcajadas de los borrachos y una grabadora que reproduce corridos norteños y de banda.

¿Por qué rememoro esto? Porque el domingo 29 de enero pasé un gran susto. Me tocó trabajar temprano y contrario a cualquier “Godínez”, me sentía muy feliz. Ver tantos árboles en Colomos y respirar el frescor del amanecer de ese lugar, más ir leyendo en el camión “El único y su propiedad”, de Max Stirner, fueron los motivos. Pero de regreso a casa, a eso del mediodía, pasé por La Calera, y justo al cruzar el área de los hojalateros, vi un pie que sobresalía de entre la maleza del pasto de una cochera, donde generalmente duerme o descansa el protagonista de este relato.

El pie tenía varias moscas y se veía muy pálido: apenas se distinguía de la tonalidad de piel muerta de los abundantes callos del talón. Me detuve, cerré los ojos y tras varios suspiros miré hacia atrás, para tratar de encontrar una respuesta en el semblante de los hojalateros, quienes como de costumbre estaban alegres, lo que me dio cierta tranquilidad.

Caminé lento y vi su cuerpo completo. Yacía de lado, con una mano y una pierna (la que no observé en un principio) en posición fetal, y las otras dos extremidades extendidas totalmente. Más despeinado de lo habitual, en realidad parecía un cadáver, porque tenía los ojos entrecerrados pero asustaba con la mirada perdida y su palidez. No obstante, sus costillas parecían bombear aire con dificultad, así que continué con mi camino, no sin antes asombrarme porque en lugar de la coca cola había un pomito de alcohol del 96 a lado suyo.

Lo volví a ver el miércoles por la tarde, en pleno inicio de febrero, afuera de la cochera. Ahora había un pomito de jugo artificial de naranja. Parece ser que se ha enfadado de la coca… como yo. Desde que supe que no le va al Atlas, o al menos, que no anda exaltando a un grupo de animación chafa, siento que me parezco demasiado a él. Por lo flaco y lo jorobado, pero sobre todo, por andar en el mismo círculo, sin una brújula.

Cuando concluí la escuela tardé en encontrar trabajo, y al regresar a casa sin éxito, salía de nuevo a la calle, a caminar, con los audífonos escuchando canciones de cursilería barata como “Un millón de cicatrices”, de El Canto del Loco, sin pensar en lo mucho que mi andar se aproximaba al del vagabundo. Lo que más me incomodaba era escuchar el “¿qué tal te fue?”, de mi madre.

Desde niño me ha aterrado la idea de terminar en la calle. Luego surgió otra fobia: llegar a viejo; aunque teóricamente ya no lo soy, permanece un fuerte deseo de morir joven. O de no llegar a la vejez, para no depender de un bastón para caminar, o de una persona que me auxilie para comer o bañarme (creo que son los pretextos ideales para disfrazar a la vanidad y a la irresponsabilidad de actuar como adultos). Lo que sí es cierto, es que me sentiría mal si un trastorno me incita a asustar gente, a golpearla sin razón, o a gritar como loco en la calle, como hacen muchos vagabundos. Y también está el miedo de morir atropellado o alcoholizado por esta causa.

Pero a inicios de este año me imaginé “pensionado”, por así llamar a un panorama donde estoy cincuentón y sin necesidad de trabajar. Me vi leyendo mis libros en un patio lleno de árboles y una fuente en medio, infestada de tortugas. Disfrutaba cada una de las páginas de libros como “Tartufo”, “Cándido” “Fausto” y “Ulises”, de los cuales no capté sus más profundos mensajes. Y por supuesto también de obras como “El príncipe idiota”, “El peregrino encantado”, “El Coleccionista” y “Extraños en un tren”, colmadas de personajes muy interesantes (no precisamente los protagonistas) y que ya he olvidado sus nombres.

Caminar por la calle sin estar pensando en una empresa que administrar, o que la fábrica donde laboras se está cayendo a pedazos, debe ser bastante agradable; el siguiente gran paso para incrementar la felicidad de este viaje es que te valga madre estar descalzo, no sentir lástima por ti, ni importarte si a alguien le afectará tu decisión (una madre, una pareja, un hijo); si consigues 100 pesos, los gastarás en el vicio: no hay forma de pensar en ahorrarlos para unos tenis, o reservar la mitad para usarlos en una consulta médica, en caso de que la coca irrite la garganta o descalcifique los huesos.

Sólo así podemos suprimir los problemas familiares y nuestros complejos, o mandarlos al diablo, y seguir nuestro peregrinaje sin ningún tipo de responsabilidades u obligaciones, únicamente con la convicción espiritual de que a nadie afectas y simplemente disfrutas del recorrido; entonces, imagino que vagar por las calles, parques y mercados de tu barrio es como leer una obra de un autor local contemporáneo, ingenuo, un “millenial” que desconoce lo que escribe, y puedes contradecirlo con dos o tres clásicos, porque conociste tu entorno cuando estaba en mejores condiciones: lo que quiero dar a entender, es alguna de esas trilladas frases que decimos al crecer: “ya no es como antes”, “antes era mejor”: “ya no hay iconos como Muhammad Ali, Maradona o Los Beatles”.

Extrañas, pero no quieres volver, ni que aparezca alguien mejor (Messi no es ni la sombra de Diego, y Tom Brady, a pesar de ser el más ganador de la historia, no le llega ni a los talones a Montana): es decir, todo es nostalgia, deseas que el tiempo se detenga en tu entorno, pues el presente y el futuro ya no tienen sentido. Esto lo imagino como una vía “razonable” que me conduzca a la calle sin hundirme en la locura.

Al analizar lo externo, observamos desde un ángulo en el que creemos estar en un escenario mejor posicionado que aquellos a quienes juzgamos, por los que sentimos lástima, y es aquí cuando pienso que sería extraordinario conocer la contrarréplica de un vagabundo: qué piensa acerca de las personas que al mirarlo, sienten que Dios es misericordioso con ellos al no permitir que se encuentren en semejantes condiciones como la suya; de aquellos que imaginan que un “homeless” los ve con admiración, o con envidia de la buena; con anhelos de querer estar en sus zapatos, de desear ser como ellos, o estar en su posición de tener un hogar adonde llegar, donde alguien lo espere.

Me gusta creer que muchos vagabundos, los que aún no son almas poseídas por la demencia o alguna otra enfermedad mental, tienen la cualidad de reconocer a los demás, y de responder a ese intento fallido de psicoanálisis con que los juzgamos; que saben que muchos tienen un “hogar”, del cual salen huyendo rumbo al trabajo porque ahí los espera una madre enferma, una esposa histórica, un hijo irresponsable, una amante infiel o peor aún, llegar a casa y no tener con quién compartir el espacio.

Dudo que alguien que se animó a vagar por las calles y dormir en la cochera de una finca abandonada anhele o desee la vida de quien llega a una estructura techada; al verlos sucios en la miseria, sentimos compasión, y quizá el estremecimiento de ellos sea recíproco: “debe ser estresante llegar a casa tras una larga jornada en un trabajo donde no son felices, ni les da los recursos para intentar serlo”, imagino estas palabras en la mirada un vagabundo cuando siente que es el centro de atención de los transeúntes que invaden su banqueta.

Porque ellos también recapacitan, no todos han sido consumidos por los trastornos mentales; no todos hablan consigo mismos, como sí lo hacemos muchos que no vagamos por las calles, y no todos insultan a la gente sin razón alguna, como también solemos hacerlo cuando nos alteramos, o cuando envidiamos y criticamos a espaldas.

Me agrada este personaje porque sé que prefiere espulgar los basureros de bares y billares de quinta que hay en Oblatos, que andar de limosnero afuera de los templos o fondas del mercado del barrio: lo digo porque he sido testigo una y otra vez de la primera afirmación, y nunca lo he visto pedirle dinero a la gente, ni caminar afuera de la supuesta casa de Dios. Y creo que además de la delgadez y la joroba, en eso me parezco a él. 

PD: Más que llegar a viejo o terminar loco, lo que me aterra realmente es convertirme en chavorruco.


ASR

30 de enero de 2017

¿Importa el invicto?

Concluyó la jornada boxística de este sábado y vi una foto donde Carl Frampton y Leo Santa Cruz se abrazan tras la pelea, y lo primero que pensé fue que ya ninguno está invicto: que de momento, cada uno es el “némesis” del otro y hace un año, ambos parecían invencibles. Y esa noche me acosté reflexionando la frase: “arriba del ring nadie es inoqueable, tú, Carlitos”, que dijo Julio César Chávez en el round que le detuvieron la pelea a Francisco “Bandido” Vargas, quien se presentó como campeón pluma con marca inmaculada ante Miguel “Alacrán” Berchelt, el ahora campeón.

   

Aún no se sabe si Leo y Carl se verán las caras arriba del ring por tercera ocasión, y es muy pronto para cuestionarse si sus combates ya están a la altura de épicas rivalidades como Erik Morales-Marco Antonio Barrera, Manny Pacquiao-Juan Manuel Márquez, Arturo Gatti-Micky Ward o Israel Vázquez y Rafael Márquez (hablar de Alí-Frazier o Leonard-Durán es exagerado).

Hace casi un año, “El Chacal” decidió subir a peso pluma luego de unificar en las 122 con Scott Quigg, a quien le propinó su primera derrota. Al anunciarse que enfrentaría al “Terremoto”, no fue considerado como favorito, pero sorprendió el 30 de julio en Nueva York al imponerse por decisión dividida, en un combate muy competitivo entre dos invictos, que quizá fue el mejor del 2016.

Ante esta hazaña, Ring Magazine y la BWAA (Boxing Writers Association of America) lo nombraron “boxeador del año”. En la revancha -ahora realizada en Las Vegas-parecía que el norirlandés ganaría con facilidad debido a que dominó claramente a su rival en los rounds que ganó, pero los ajustes del michoacano rindieron frutos y vengó la caída. El domingo Santa Cruz amaneció como súper campeón de la AMB y candidato a estar entre los mejores libra por libra del mundo; en cambio, Frampton sin cinturón y sin la carta de presentación de invicto. Así es el boxeo.

Fueron dos peleas épicas, sumamente cerradas: cualquiera pudo ganar la primera y también la segunda. Sería injusto calificar de robo si los resultados hubieran sido opuestos. Ante la sorpresa de los medios, el michoacano mencionó que, en caso de perder, consideraría retirarse del boxeo, a pesar de que apenas tiene 28 años y tres campeonatos en diferentes divisiones que lo respaldan como un peleador taquillero.

Y es que es común escuchar cada fin de semana a muchos “expertos” argumentar que existen combates que pueden marcar un repunte o un retiro, o en casos como este, donde se enfrentan dos exponentes en el mejor momento de su carrera, suelen destruir con sus críticas al boxeador que pierde por primera vez. Así pasó en julio con Santa Cruz, y seguramente ya hay genios en el deporte de los puños que están desacreditando al “Chacal”, de 29 años y ex campeón en dos divisiones.



Pero es preferible recordar estas peleas que enaltecer a un boxeador que no ha perdido, principalmente por no enfrentar a la mejor oposición, en el momento indicado. No todos recuerdan el orden de los resultados de las trilogías de Barrera-Morales, o el de las cuatro guerras de Márquez y “Pacman”, pero en la mente de la afición permanece que fueron dramáticas y que sus ídolos no decepcionaron en cada una de ellas.

Lo menciono por lo que sucede actualmente la categoría de peso mediano, donde apenas este año Daniel Jacobs se atrevió a enfrentar a Gennady Golovkin, a quien ciertos promotores y boxeadores tratan de empolvarle su fenomenal marca invicta de 33 nocauts en 36 triunfos, asegurando que no ha enfrentado a alguien de élite, y sin embargo, son los primeros en darle la vuelta a la hora de firmar la contienda.

Como ejemplo, difícilmente el público olvidará que Saúl Álvarez, a quien muchos quieren vender como el mejor libra por libra actual, renunció a su cinturón de las 160 libras días después de decir: “hay que dejarnos de mamadas”, respecto a su combate con el kazajo. Lo mismo sucede con la pelea entre Pacquiao y Floyd Mayweather, que debió realizarse en 2010, pero el famoso “Money” pidió mil condiciones, todas a su favor, y cuando por fin se firmó 5 años después, el filipino ya no lucía igual de espectacular.

Santa Cruz y Frampton son boxeadores serios. No andan de bocones y atraen a los fanáticos suficientes para llenar las arenas. Fue emotivo escuchar los cánticos europeos, al puro estilo del fútbol, y las porras de “¡Leo, Leo!” y “!México, México¡”, tanto en el Barclays Center, en julio, y el sábado en el MGM Gran de Las Vegas.



Es lo que necesita el boxeo: exponentes serios, no payasos. “Canelo” prefirió pelear con Chávez Jr., quien no brinda un buen combate desde mayo de 2012 ante Andy Lee, cuando demostró que tenía toda la casta para ser un campeón decente, pero hizo el ridículo en su siguiente compromiso y de no ser por “una bala perdida”, como las nombra su padre, quién sabe con qué cartas se presentaría para medirse al consentido de Óscar de la Hoya.

Será 164.5 libras, ante un tipo que en su última pelea marcó 167.5 y parecía un cadáver embalsamado (A Golovkin quería bajarlo hasta las 155). De momento no habrá un campeonato en juego y ninguno termina de convencer a los fieles seguidores; aún así hay quienes se atreven a decir que será la pelea más grande entre mexicanos, y su principal argumento es el morbo que genera y la gran cantidad de gente que la verá.

Ni “Canelo” ni “Chávez” están invictos. El jalisciense cayó ante el mejor estilista de la historia, y en condiciones desiguales de peso. Justo como han sido muchas de sus peleas (pero a su favor), mientras que en el caso de Julio, fue más la falta de preparación: esa bala perdida al “Maravilla” Martínez pudo conectarla en el 4to o 10mo round si hubiera entrenado como se debe, y de ser responsable, nada tenía que hacer en las 175 ante Fonfara. Me conformo con que este “mega combate” sea la mitad de bueno que el brindado por Berchelt y el “Bandido”.

Son pocos los ídolos que se van invictos. Mayweather y Ricardo “Finito” López nunca perdieron. Pero se sabe que ambos se vieron favorecidos por los jueces ante José Luis Castillo y Rosendo Álvarez, respectivamente. Aun así, de haberse hecho justicia en las tarjetas, su legado seguiría intachable.
En marzo se medirán dos buenos campeones welter que no conocen la derrota: Danny García y Keith Thurman; pareciera que por la edad, Gennady Golovkin y Andre Ward están a un par de peleas de perder su mejor nivel, y en breve perderán por primera vez, y el futuro apunta a que Vasyl Lomachenko, Mikey García, Terence Crawford, Naoya Inoue y Román González, aún les queda rato para presumir un récord inmaculado.

La calidad de estar invicto y ser campeón sin duda genera morbo, aunque desafortunadamente se presta para proteger a los boxeadores más populares, o a los prospectos que los promotores creen que les darán grandes ventas pay per view. Pero al mismo tiempo que se esperan las excusas que pondrán De la Hoya y “Canelo” para no enfrentar a Golovkin luego de Chávez Jr., algunos se preguntan si Santa Cruz aceptaría viajar a Belfast, la casa de Frampton, para sellar una inolvidable trilogía.


ASR

9 de noviembre de 2016

Insectos voladores de mala suerte que atacan en Día de Muertos

Lunes por la noche, durante los últimos suspiros de octubre.

Lo reconozco, me aterraron sus ojos. Voló juntó a mí por segunda ocasión en esa misma noche, pero ahora fue más tétrico, porque estaba oscuro; porque, como si se tratara de un kamikaze, se estrelló en mi pecho y sentí el hormigueo de sus patas.

Y después “aterrizó”. Digo aterrizar, porque desconozco si existe una palabra para especificar la acción de reposar “de cabeza” sobre el techo, como lo hacen los murciélagos. Fue así como me sorprendió de nueva cuenta la polilla gigante, justo al momento de abrir la puerta del balcón, aún con el candado en mano.

Esos tenebrosos ojos, junto con mi consciencia, seguirán generándome pesadillas por un buen rato.

Me asombró que pese a la oscuridad, noté claramente su figura. Retrocedí un paso y, como la puerta mide poco menos que mi estatura, me golpee en la nuca sobre el dintel. Luego, sus horribles ojos diminutos brillaban en un tono rojizo, debido a una luz lejana que los reflejaron, quiero pensar. Encendí el foco, y antes de prender el boiler, consideré matarla. Sobre el tanque de gas estaba una toalla, sumamente sucia, ya que ahora funge como tapete. La tomé.

Suspiré muy profundamente: ¿por qué habría de eliminarla? Porque hay quienes dicen que son del diablo, y otros supersticiosos menos incrédulos, aseguran que las mariposas nocturnas presagian la muerte, o anuncian una desgracia, o simplemente causan mala suerte. De ser cierto, ¿matándolas se soluciona todo? ¿Es su presencia la culpable de todas nuestras estupideces, errores y maldiciones que hemos tenido, y que cometeremos en esta vida? Lo dudo.

Estoy leyendo La Ladrona de Libros, donde quien narra la historia es la muerte, y en esta obra, el autor Markus Suzak la describe como alguien noble, obediente con su misión, aunque susceptible al dolor ajeno. Y me agrada esta idea, porque la muerte, desde hace un par de años, la defino como un “recolector de basura”, esos señores que avisan con su campana que ha llegado la hora de sacar los desperdicios para trasladarlos a un vehículo cuyo destino es un vertedero, que bien podría ser como un infierno sin lava, donde los pepenadores interpretarían el papel de almas en pena, exprimiendo las miserias y los desechos de los demás.

Una linda ilustración respecto a la superstición de las polillas, que encontré en Deviantart.

Lo que quiero decir es que la muerte ocupa el cargo que nadie ha querido tener, ni soñó con poseerlo: de niño quieres ser bombero, astronauta, policía o doctor, pero no recolector de basura; de puberto, futbolista, actor o actriz, o político, pero no recolector de basura. Ese es el punto. Que es un oficio sucio, poco agradecido, pero que debe realizarse con nobleza.

Quién sabe qué siga al morir, apenas voy a la mitad del extenso libro y la muerte no lo ha mencionado, y dudo que lo haga. Quizá no exista el espíritu y sólo se conserve el polvo en que nos convertiremos, y si bien nos va, en petróleo. O a lo mejor comience un camino a la eternidad, una felicidad incomparable con los momentos mágicos que podemos tener en este planeta, o seremos luces que brillen por todo el universo. Seguramente la muerte tampoco lo sabe: ella se limita a mandar las bolsas de basura al camión. 

Y pensándolo mejor, los pepenadores del vertedero no son almas en pena, sino ángeles que segregan lo rescatable entre tantos desperdicios y tanta mierda (pensé en la bolsa de baño de mi casa, y en algunos ex compañeros de trabajo y familiares). Aunque creo he ido al extremo de mi primera teoría, eso de que todo es relativo y que "todo depende del cristal donde se mira", pareciera volvernos indecisos a nuestras ideas y ajenos o escépticos a las doctrinas… en fin.

Otra linda ilustración de Deviantart. Se titula: "Rebirth of a black moth".

Total, quise escribir sobre estas polillas porque no vuelan igual que las mariposas diurnas: aquellas, cuyo colorido embellece el paisaje con la luz solar, vuelan despreocupadas, van de un lado a otro, mostrando su belleza, inocencia y pureza, como niños inquietos de guardería; en cambio, las negras, o grises o cafés pálido, pareciera que les agrada hostigarte, y su aleteo, similar al de un pájaro en apuros para despegar, o al de una paloma al aterrizar, de verdad asusta.

Además hay antecedentes. Hace ya mucho tiempo -tendría yo unos 7 u 8-, una de ellas entró a la casa, a plena luz del día. Creo que recién habíamos llegado de la escuela. Mi hermana Iris, casi 4 años mayor que yo, se asustó al verla y mi madre aprovechó la ocasión para decirnos que el diablo la había enviado para llevarnos porque nos habíamos portado mal. No le creímos, pero nos asustamos, y nos quedamos como con cierta duda.

Recordé aquella anécdota justo cuando moría octubre, con mi cabeza llena de sucesos fantásticos, fúnebres y tenebrosos. Y es que se acercaba el festejo de Día de Muertos, y recién había concluido un artículo laboral respecto a la Leyenda de Nachito y su tumba, la más famosa del Panteón de Belén. Al desocuparme, bajé (me mudé al segundo piso de mi casa hace meses) a cenar, y al apagar la luz, me desafió la mariposa negra por primera vez. Le tiré un manotazo y vi cómo se salió por la ventana del segundo cuarto, y no vi hacia dónde se fue.

Este es el F-117 Nighthawk, conocido como "avión fantasma". Se popularizó durante la Guerra del Golfo Pérsico, y por su forma sorpresiva de ataque -y también por su fisionomía- me recordó a la polilla protagonista de este escrito. 


Ya no recuerdo qué comí esa noche, pero subí en cuanto terminé y antes de prender otra vez la computadora o la luz, me fui directo al boiler. Y como la puerta que da al balcón estaba cerrada, me sorprendió reencontrármela, ahora por fuera de mi cuarto, como si fuera un F-117 Nighthawk (¡vaya que se parece!). Aunque igual pudo ser una distinta mariposa, pero quiero creer que no fue así.

Ya no quise verla y un poco agitado, fui a la sala, a ver el Monday Night Football de la NFL, jugaban los Vikingos VS los Osos. Quince minutos después regresé al balcón para apagar el boiler, y traté de relajarme y prepararme para un tercer encuentro, el cual no sucedió.

Fue emocionante, porque ese mismo día estuve en las tumbas del panteón de Belén, donde con los ojos cerrados traté de imaginarme cómo fue que enterraron a algunos de sus inquilinos, hace ya más de 150 años. Fue un viajecito bello, y cardiaco porque escuché a la perfección cuando caían las guayabas. Es que debo presumir el plus de haber estado solo, casi totalmente. El 31 de octubre fue lunes y esos días no abren al público. Sólo estaba un policía, que no me dejó pasar en un principio, y ya después llegó uno de los chalanes del director, quien me acompañó hasta la lápida (fui a tomar fotos), ubicada en uno de los fondos, y se regresó a la puerta de ingreso. Bueno, así concluyo este relato. 

Y ese soy yo, junto a la tumba de Nachito. En ese momento no pensaba que por la noche, una polilla me inspiraría a escribir en este blog :) .
  

PD: Al concluir este escrito, investigué y suele usarse “perchar” para definir la acción que realizan los murciélagos cuando duermen o reposan, y también hay mariposas negras que no son nocturnas, aunque quizá sí sean del diablo, como los gatos negros, cuervos, serpientes y lobos.


ASR 


1 de noviembre de 2016

Primera y única visita a Carrefour, más monedas de 10 pesos

Primera y única visita a Carrefour, más monedas de 10 pesos
Medianoche del miércoles 19 de octubre- madrugada del 20.

Un día pésimo ameritaba un despeje mental. Afortunadamente fue en miércoles, día del recorrido ciclista de mi colonia, al que no había asistido desde medio año, y qué mejor opción que pedalear por la noche para tratar de relajar la mente y consolar el alma.

No consulté la ruta: el destino me fue indiferente. Aunque iba a un ritmo lento, casi todo el trayecto junto a la patrulla que nos custodiaba, reconocí pocas calles, debido a que también mi mirada apuntaba al suelo la mayor parte del tiempo.

De repente estábamos en los límites de Tonalá con Guadalajara, donde hay una academia de la Policía estatal. Llegamos a un Oxxo para descansar y de frente vi el súper mercado Chedraui, que hace ya mucho tiempo fue un Carrefour, al cual fui con mi familia durante la semana de su inauguración.

Era la navidad del 95, estaba nublado y hacía un frío del diablo (honestamente no recuerdo la hora, pero seguro alrededor del mediodía). Había globos y muchos animadores, y me sorprendió la gran cantidad de escaleras eléctricas. A mi padre le habían dado un ascenso importante en el trabajo y estábamos preparando las maletas para partir al siguiente día rumbo a Mérida. Quizá por eso no nos llevó a Gigante, como de costumbre. A más de 20 años, he olvidado qué regalos nos compraron ese día, pero de repente, esta noche, justo después de tomarme un Red Bull de cereza, surgió un recuerdo.

Íbamos a entrar cuando junto a nosotros pasó un niño, como de unos 10 años, o al menos un par de años más grande que yo. Su cuerpo despedía un olor desagradable, y donde más se reflejaba la mugre era en su esponjada cabellera castaña, “tirándole” a rubia. Tenía los ojos muy claros, como miel, y era muy blanco. Realmente parecía gringo. Pero hablaba español en un dialecto muy tapatío, y pidió dinero a todas las personas que interceptaba.

Mi padre le dio 10 pesos, y me sentí orgulloso, porque siempre nos inculcó ayudar a los necesitados, y en las pocas ocasiones que salíamos, solía darnos pequeñas monedas para entregárselas a los vagabundos. Pero también hubo celos, porque esta era una moneda grande, de orillas doradas y centro plateado, y nunca me habían dado una de esas, con las que en 1995 podrías comprarte 5 latas de refresco y 5 papas Sabritas, las mismas que ahora cuestan 9 o 10 en las tiendas, o 14 y 15 en el Oxxo o en el Seven Eleven.

Retomé la pedaleada y seguí como oveja a los demás ciclistas. Distraído, cabizbajo, pero ahora tratando de recordar más de aquel día, como la reacción del chamaco que recibió 10 pesos, o el discurso de mi madre, o los regalos que nos compraron ahí. Y vaya que me esforcé, pero sin resultados favorables.

Ahora que escribo y aplico un poco de lógica, seguramente nos regalaron ropa, porque unos días antes, en Medrano, me compraron unos Power Rangers pirata que me hicieron muy feliz, porque tenían un mecanismo que al apretar el botón de sus cinturones, giraba su cabeza y ora aparecía enmascarado, ora nada más su rostro. Creo que me compraron el azul, el rojo y el verde.

Recordé que pagaron 30 pesos cada uno y mi papá pidió un descuento por los tres. No lo hubo, porque el comerciante aseguró que era lo menos en que podía ofrecerlos, y en ningún otro lado los hallarían tan baratos. Y tenía razón, porque los buscamos por varios días, y uno sólo costaba más de 50, cuando menos. Por eso se animó a comprarme tres.

Pagó con un billete de 100 y de cambio le dieron una moneda de 10. Por un segundo pensé en pedírsela, pero por la discusión con el comerciante, no creí que fuera oportuno. Quizá también por eso me impactó que le diera la moneda a aquel chaval, porque nunca me atreví a pedirle una moneda de 10 a mi papá. Llegamos a Mérida y ahí también había un Carrefour, pero no recuerdo haberlo visitado.  Y tampoco recuerdo alguna otra propina o limosna de a diez.

*Va sin foto, porque la que tomé la borré sin querer, y las de internet están muy chafas


ASR

28 de octubre de 2016

¿Qué vemos?

¿Qué vemos?
Miércoles, 26 de octubre:

Este miércoles me sentí fotógrafo por un rato, y creí que podía compartir historias interesantes a través de las capturas de mi teléfono nuevo. Bueno, no es mío realmente, pertenece a la empresa donde trabajo, pero lo uso todo el día y lo quiero y cuido como si fuera mío. Puedo decir con orgullo que, en 10 días, no se ha caído una sola vez. Todo un récord, una proeza, si se compara con otros celulares que han pasado por mis manos.

Viajaba en camión, el 258, el que más veces he usado en mi vida, y quise aprovechar la buena posición ocular que un vehículo de estas dimensiones brinda a quienes contemplamos lo que sucede en las calles. La primera foto se fue a Instagram. Bastó una cita de un artista urbano, de esos que hacen malabares a cambio de monedas en los semáforos, y listo. Todo un suceso tapatío. Pero no quedé conforme y como todos los asientos estaban ocupados, seguí buscando momentos relevantes.


Y lo encontré de inmediato, un par de cuadras antes de cruzar la glorieta de la Minerva. Me llamó la atención que “el protagonista” reposaba sobre el suelo, como en cuclillas, a unos pasos de una parada de camiones, con mucha gente aguardando su ruta, aunque nadie estaba sentado en la banca metálica de espera. Observé su pantalón azul, roto y sucio por todos lados, sabrá Dios de qué líquido o sustancia (café quizá), vi que su camisa blanca y los tenis complementaban un atuendo perfecto, digno de un vagabundo.

La barba y el bigote, igual de desacomodados y deslavados que su ropa, cubrían casi la mitad del rostro, que estaba alzado, haciendo notar aún más las arrugas expandidas a lo largo y ancho de la piel, y que desembocaban en la nariz. Sus ojos examinaban el interior del autobús donde yo viajaba, de atrás hacia adelante. Observaba, entre 5 y 10 segundos, a cada una de las personas, reparando más en los que estaban sentados junto a las ventanillas, que en quienes veníamos parados.

Yo tenía ganas de “filosofar”. De sentirme él, o al menos de tratar de adivinar qué buscaba, o qué opinaba, de cada individuo que analizaba. Aunque no quise ver a los pasajeros. Me enfoqué en él, en sus ojos deslavados como su ropa: tenues, débiles o pálidos, como se quiera calificar mejor. Sentí que su mirada se acercaba a la mía, y no me rehusé al encuentro. De inmediato notó que indagaba en él y creo que lo confundí. Porque bajó la barbilla un par de ocasiones y modificó drásticamente la rotación de su cabeza, virándola de repente, a toda velocidad, hacia su izquierda.

Entonces me sentí mal. El camión avanzó, pero se detuvo casi al instante. El tráfico era pesado sobre López Mateos. Aún faltaba para cruzar Aurelio Aceves, por lo que decidí seguir viendo al protagonista, que bien podía tener 40, 50 o 60 años. Tras contemplar el suelo varios segundos, volvió su vista hacia el camión, pero esta vez directamente hacia mí, aunque trató de hacerlo con discreción. Pero yo estaba alerta y esta vez no quise “desafiarlo” y de inmediato bajé la mirada y fue cuando me acordé que necesitaba disparar con la cámara del teléfono.

Saqué el celular y batallé para desbloquearlo (necesito colocar mi dedo pulgar o el índice para hacerlo… ¡esa seguridad no la tiene ni Obama!). Cuando preparé la cámara vi que ya no estaba. Se paró y caminó a paso lento. Titubeó en entrar al Oxxo, y mejor dio vuelta a su derecha. Y cuando el camión cruzó el semáforo aceleró como a 70 u 80 km p/h. Al pasar la Minerva se desocupó un lugar y me senté. Leí mi libro La ladrona de libros.

En la venta superior de enmedio se aprecia al señor que creo es un vagabundo.

Antes de llegar a “Chapu”, mi destino inesperado, vi una muchacha que dormía, exactamente en el primer asiento (de izquierda a derecha) de los cinco que suelen estar colocados hasta atrás del bus. “Yo también le voy a las Chivas”, pensé en decirle luego de ver sus grandes pechos, que le daban mejor forma y deseo de veneración al escudo del glorioso Club Deportivo Guadalajara. Vestía el jersey de visitante de la actual temporada, blanco con dos franjas juntas en azul y rojo. También destacaban sus largas pestañas, y las facciones de su rostro toscas (algo trompuda), pero sumamente atractivas.

Seguro tiene entre 22 y 25 años. A su lado, una jovencita probablemente menor que la dormilona, un poquitín gorda, leía. No alcancé a ver cuál libro era (quise saberlo porque prestaba una concentración al máximo en la lectura). Creí que podía salir una foto “nais”, titulada en Instagram: “De esa gente que dignifica mi ciudad”, por eso de que amo los libros, y a las Chivas. Pero recordé que últimamente las denuncias de acoso en los camiones han incrementado. Arrimones y caricias repentinas de cabello es lo que más se presenta.

No he escuchado de un acoso por fotografiar, y no quería ser el primero, a pesar de que una chava dormía, y la otra no despegó ni un momento la vista de las páginas. No me pareció correcto. Además, esa ruta recorre las colonias que más frecuento, donde viven la mayoría de mis conocidos. Probablemente uno de ellos conocería a la bella chivahermana. O a la simpática lectora.

Me dio miedo ser “de esa gente que ofende mi ciudad” y me contuve. Además, ganas reales nunca existieron. Sólo quería destacar una fotillo y ya. Llegué a avenida Chapultepec y me dirigí hacia el bar donde más tarde vi a mis amigos. Mientras caminaba pensé en la mirada del supuesto vagabundo. ¿Qué habrá pensado de mí? ¿Por qué bastó mi jodida mirada para que interrumpiera su inspección de usuarios de camión?... ¿Qué buscaba en la gente?... ¿Por qué cuando encontró mi mirada, que traté de ablandarla lo más posible, se desanimó?... ¿Convivirá con personas?... ¿Tendrá casa, familia o compañía?... ¿Duerme en la calle?...  ¿Qué vemos en los demás?

Recordé al primer chavo que fotografié, al greñudo que alertó a los conductores que no intenten en casa hacer malabares con machetes, y sin embargo puso el mal ejemplo. Su camiseta morada, su barba igual que la del señor sentado en el suelo, aunque totalmente oscura; sus tenis Adidas, también negros, pero sobre todo, el gusto con que recibió las monedas y su saludo al ver que le tomé fotos. Fue su buena vibra la que me motivó a ver al anciano e intentar un mediocre ejercicio de psicoanálisis. Y fue la triste reacción que mostró dicho anciano luego de verme, lo que frustró mi intento de fotografiar a las chavas del camión.

"Esto es muy peligroso, ¡por favor, no lo intenten en casa!, gritó, y enseguida lanzó malabares con los machetes



¿Será que no todo lo que vemos es digno de tomarle una foto y compartirlo al ciberespacio?

PD: ¡Cada día tomo peores fotos!

 ASR