5 de octubre de 2017

Hermano desconocido, te conoceré algún día

Hermano desconocido, te conoceré algún día

“Amamos la santidad de la familia cuando en verdad es santa, no sólo porque constituya un firme puntual del Estado”
Fiodor Dostoievski

Cuando tenía 16 y 17 me interesé por agrupaciones recomendadas en artículos de revistas musicales. En días pasados retomé dicha costumbre y leyendo un artículo en un fanpage de Oasis, aparecieron varias propuestas interesantes, entre ellos The Black Keys, que ya había escuchado, pero sin prestarles atención. Aceptable sonido, buena voz y también me agradó la razón del nombre, el cual supuestamente hace referencia a que un conocido de ellos, esquizofrénico, llama o llamaba “black keys” a aquellas personas que él consideraba que “no estaban del todo bien”...

Luego de identificarme con la canción “Lonely Boy”, busqué el disco “Brothers”. Como segunda opción en Youtube apareció el tema “Unknown brother”, el cual me llamó la atención. Excelente inicio: acordes lentos, como raspando las cuerdas (muy similar al comienzo de la pegajosa “Te quiero”, de Hombres G) y un “feeling” excepcional del vocalista, que no sé cómo se llama, ni investigaré en Wikipedia su nombre sólo por quedar bien con las cuatro o cinco personas que leerán este escrito.

FOTO: Let's play, brother, by Nekozumi (Deviantart)


Me atrapó la melodía y fue imposible no acordarme de él, de mi “hermano desconocido”, con aquel que no coincidí en este planeta porque nació dos años antes que yo, y murió poco después de salir del vientre de mi madre. Según me contaron, un mal día ella cayó y el bebé debió nacer prematuro, a los 7 u 8 meses de gestación, creo en los primeros días de octubre.

Es triste aceptar que no lo recordaba hacía mucho tiempo. Solía evocarlo constantemente entre los 16 y 21 años, cuando renegaba de mi familia, y sobre todo de mi nombre, porque indirectamente me lo heredó; así es, se llamó Arnulfo Saavedra Regla, justo como yo, y nació y murió en 1985. Si él no hubiese fallecido, mi suerte y mi autoestima serían diferentes, así pensaba durante la adolescencia, pues este es el único nombre ojete que hay en la familia paterna. Incluso también llegué a creer que, si no hubiera ocurrido aquel accidente, pude haber nacido en otra época y/o en otro lugar, como Londres, Montevideo o la colonia Santa Cecilia en vez de Puerto Vallarta.

Pero ahora que no padezco de los efectos que generan la taurina, cafeína, azúcar y demás cochinadas que contiene la Coca Cola, las cervezas artesanales, el Monster y los frapés, aunado a la melancolía de ver por las tardes a los Súper Campeones, a los Caballeros del Zodiaco (¡no le digan Saint Seiya, please!) y a Dragon Ball Z, son otros mis recuerdos: más dulces, más sinceros y más leales, conectados a mi infancia.

Sentí como escalofríos al escuchar la frase “Big brother, big brother, don’t worry a bit”. Recientemente pensaba en cómo habrían sido nuestras peleas, y llegué a odiarlo, dando por hecho que él sí habría adoptado esa postura del “hombre de la casa” que exigía mi papá, de estar jodiendo a las mujeres y actuando acorde a un panorama de dar a respetar ante los demás la “reputación” del apellido y de la familia; sí, en ese orden.

Lo bueno es que el siguiente fragmento de esta melodía dice: “your flame has not faded, since the day it was lit”. Algo así como “tu flama no se ha apagado, desde el día en que se encendió”. Entonces recordé que, a los seis años, antes de salirme a la calle con mis amigos, me gustaba creer que jugaba con conmigo, con los carritos que me compraban en el tianguis.

Aunque debiera ser mayor que yo, lo contemplaba pequeño, como dando sus primeros pasos, explicándole qué era cada juguete y cómo se utilizaban; cuál carrito era el suyo y cuál el mío.  En este entonces, y como hasta los 10 años, a cada rato preguntaba a mis papás por él, por “mi hermanito que se murió”. Pero siempre recibí respuestas -cuando las había- que dirigían a otro tema de conversación. 

No recuerdo cómo me hablaron de él por primera vez, pero debió ser viendo un álbum familiar, con una foto de un bebecito peludo, muy moreno, con sus rasgos faciales hinchados, más porque aún estaba recién llegado a este mundo, que por el deterioro físico que produce la muerte; de hecho, ni su boquita abierta es un indicativo preciso de haber fallecido; puedes creer, ¡quiero creer!, que simplemente duerme.

Siempre me ha gustado dormir solo, incluso cuando sentía miedo. Lo juro, es una adrenalina que a la fecha me satisface. Recuerdo que de muy pequeño me dejaban en una cuna, que estaba rodeada de juguetes y peluches de mi hermana, y por la noche se veían sus sombras. Imaginaba que se movían, que caminaban, y me asustaba. Simplemente me acurrucaba y cerraba los ojos. Años después, ya cuando dormía en mi propia cama, sentí que alguien me abrazaba cuando estaba acostado, esto sucedió 3 o 4 veces, curiosamente cuando estaba solo en mi cuarto. Pero no sentí miedo, no del todo, porque estaba convencido de que era él, que venía del cielo a visitarnos.

Al 2:40 parece que la canción va terminar, pero un pandero impide que llegue el silencio. Diez segundos después, reaparece el acorde rasposo y lento, que bendito Dios es el único tono de esta bella melodía de rock, que pudiera considerarse similar a la música simple y llana de los Hombres G. Sigue una frase desgarradora que se me dificulta escribir en español: “We'll smile like pictures, if you as a boy, long before you retired to heavenly joy”. Se repite el coro: Unknown, unknown brother, I'll meet you someday, unknown, unknown brother, We'll walk through fields where children play”.

Talvez a mi hermano desconocido sí le gustaría su nombre, o le sería de total indiferencia. Quién sabe. Lo cierto es que nunca nos dijeron qué pasó con él: si lo cremaron, lo enterraron o lo tiraron a una alcantarilla. Tan sólose trata de una rara situación de una exótica y falsa familia. Lo bueno es que últimamente mis insomnios son más cortos y me obligan a recordar tiempos aún más lejanos y bellos, y esta canción no evocó reproches, sino simplemente a decir en voz alta mientras canto por primera vez esta melodía: “unknown brother, I’ll meet you someday”…

ASR

18 de septiembre de 2017

Un globo pelirrojo que vuela en la exosfera

Un globo pelirrojo que vuela en la exosfera

La noche del 16 de septiembre del 2017 será muy difícil de olvidar, porque además de cuatro cinturones de peso mediano, en la T-Mobile Arena de Las Vegas estaba en juego la credibilidad de Saúl Álvarez, aquel "globo" que comenzaron a inflar el Consejo Mundial de Boxeo (CMB) y Televisa hace casi una década.

Como lo haría el más hábil payasito urbano, Óscar de la Hoya, recién retirado y en busca de una figura naciente que le diera poder a su empresa Golden Boy Promotions para consolidarse como un promotor serio, se apropió de ese “globito”; en vez de soplarle más, lo protegió con su abrigo de los niños problemáticos y sólo permitió jugar con él a los más chicos, débiles y presumidos; lo estiró una y otra vez para moldearlo en forma de perro, caballo o cualquier figura que el público quisiera ver.


Dos campeonatos mundiales, un par de demandas y cientos de millones de ganancias después, llegó la prueba de fuego para “Canelo”, quien como dijeron sus entrenadores Eddy y “Chepo” Reynoso, estaría sentado en un barril de pólvora al retar a Gennady Golovkin, el boxeador que supo mantener en lo más alto la categoría de las 160 libras, como lo hicieron sus antecesores Sergio “Maravilla” Martínez y Bernard Hopkins.

Sonó la campana y ambos tardaron más de 20 segundos para soltar los antebrazos y demostrar su poder: había respeto de los dos lados. La izquierda del mexicano fue más rápida y nulificó el poderoso jab de “Triple G”, lo mismo que su cintura ante los volados: a ese son bailó Saúl para adjudicarse con cierta facilidad los primeros tres asaltos.



Sin embargo, “Canelo” jamás había peleado en reversa y el cansancio comenzó a notarse muy pronto. El kazajo, con el pómulo ligeramente inflamado, no se desesperó y encontró la guardia de su oponente. El primer aviso se registró en el cuarto episodio, con un volado de derecha que sacudió la cabeza del jalisciense. Fue en el centro del ring donde el consentido del “Golden Boy” vivió sus mejores momentos, lanzando combinaciones de más de cinco golpes y con maestría conectó al menos tres ganchos cortos a la quijada.

Sobre las cuerdas, Álvarez pudo defenderse, aunque también fue donde más sufrió. Cerraba a tope los asaltos, como queriendo convencer a los jueces que había sido mejor, pero perdió importantes puntos al fajarse: la potencia de “GGG” era superior y entre los rounds 8 y 9, a punto estuvo de visitar la lona. Para el round 10, el mexicano tuvo segundo aire. Entró agresivo y logró lo que parecía imposible: hacer retroceder a Golovkin y tambalearlo; ahora fue él quien a nada estuvo de caer.



Con el orgullo lastimado, el campeón respondió y logró meterlo al ritmo de pelea que le convenía. En los dos asaltos finales, Saúl retomó su estrategia de contragolpear, pero ahora escapaba con sus piernas y no con la cintura. Ambos terminaron exhaustos, se les dificultaba subir la guardia. “Canelo” logró una proeza, pues Golovkin no fue capaz de cortar el ring a merced como había sucedido en sus anteriores peleas: detractores y fanáticos fueron testigos que subió al ring como buen guerrero azteca; sin miedo golpeó al robot kazajo y asalto tras asalto hizo frente al incesable bombardeo.

Quizá no fue un desempeño excelso, como cuando Julio César Chávez noqueó a Meldrick Taylor en el último suspiro del combate, o su plan de pelea no fue tan arriesgado y preciso, si se le quiere comparar con el triunfo de Juan Manuel Márquez ante Manny Pacquiao, pero Álvarez soportó la potencia de uno de los mejores noqueadores del boxeo actual. Quienes vieron robo, a favor o en contra del jalisciense, es simplemente porque no saben analizar peleas y, de nueva cuenta, se dejaron llevar por el fanatismo o por el odio.


“El ‘Canelo’ fue más que Golovkin”, dijo el reconocido analista de boxeo Eduardo Lamazón, al concluir la pelea, y talvez tiene razón, porque en muchos aspectos el ídolo mexicano superó ampliamente al múltiple monarca de los pesos medianos. Nada mal un empate en una pelea que hace dos años parecía imposible de realizarse, debido a las 155 libras en que exigía enfrentar a sus rivales.
Tras los aplausos para ambos gladiadores, la jueza Adalaide Byrd anotó un inexplicable 118-110 Canelo; quien vio ganar a Golovkin lo hizo por la mínima: 115-113, y finalmente, la tercera calificación que leyó Michael Buffer fue el 114-114 que decretó el empate.

El resultado me parece justo: Golovkin pegó más, pero “Canelo” lo hizo mejor; por grandes lapsos, el punch de “GGG” frustró la estrategia del pecoso, y viceversa. Pese a no ser un triunfo, se trata de un golpe de credibilidad como el boxeador más taquillero. Aunque a muchos les duela reconocerlo, “Canelo” es un boxeador de élite, corroboró que Golovkin no es invencible y ahora no se ve quién pueda derrotar al pelirrojo, quien lució mejor en las 160 que cuando militaba en súper welter, con buena movilidad y quijada de acero.

Orgulloso, pidió el desempate y no la revancha, pues no se sintió superado por el euroasiático en una noche donde ganó el boxeo. Tras la espeluznante derrota de Román “Chocolatito” González, no hay dudad que Saúl se erige como el mejor latino entre los libra por libra. Finalmente, De la Hoya amarró el cuello de su “globo”. El promotor Bob Arum tiene a los boxeadores más completos y finos del mundo: Terence Crawford y Vasyl Lomachenko, pero este deporte, como todos, es negocio y en las filas de Golden Boy Promotions milita el más taquillero.



El globo no se reventó con las espinas malinchistas, tampoco con el filo de las “plumas” especializadas en el deporte de los puños que se empeñan en menospreciar su carrera y credibilidad, ni con el veneno que escupen supuestos expertos, resentidos porque les negó una entrevista, o simplemente porque jamás tendrán una novia tan extravagante como Marisol González, ni siquiera en un “montaje telenovelero”.


“Cuando nací ya se había repartido el miedo”, dijo “Canelo” cuando se oficializó su combate con Golovkin, aquella noche de mayo cuando desmanteló a Chávez Jr. Y no mintió.  Hay quienes seguirán lanzando dardos, pero lo que no saben es que “Canelo”, en plenitud a sus 27 años, es un globo de gas y su vuelo en la exosfera apenas comienza.

 ASR

11 de septiembre de 2017

Sor Rungvisai y Estrada, nuevos mandones de los pesos chicos

Sor Rungvisai y Estrada, nuevos mandones de los pesos chicos

En una tarde-noche californiana, el tailandés Sor Rungvisai y Juan Francisco “Gallito” Estrada se consolidaron como los nuevos grandes referentes de la categoría súper mosca, función celebrada en el StubHub Center de Carson y que no decepcionó a las expectativas. Todo se encamina a que ambos se enfrentarán iniciando el 2018.


Némesis de Tailandia para ‘Chocolatito’

En una formidable velada donde se presentaron los mejores exponentes de las 115 libras, y que fue diseñada para que Román “Chocolatito” González regresara a ser considerado entre los mejores libra por libra del mundo, Srisaket Sor Rungvisai se robó la noche y realizó su primera defensa del cinturón del Consejo Mundial de Boxeo, luego de propinarle al nicaragüense un sorprendente y escalofriante nocaut en la pelea estelar.

Casi seis meses después de perder su invicto en una pelea donde al tailandés le permitieron lanzar todos los cabezazos que quiso y de exigir de inmediato la revancha, Román inició precavido, quizá evitando ser sorprendido otra vez por su rival, quien en aquella ocasión lo depositó en la lona apenas en el primer round.



El asiático lo presionó de inmediato y antes del campanazo se produjo el primer choque de cabezas. Más concentrado en dialogar con el réferi que en el combate, González se vio abrumado por los constantes ataques de su contrincante, quien se fajó y aunque recibió castigo en corto, movía con pulcritud la cintura para evitar los volados y salir bien librado.

En el tercero, “Chocolatito” conectó sus mejores golpes, pero Sor Rungvisai quería demostrar que es digno de portar el fajín verde y no cesó de atacar, consciente de que su potencia es mayor y confiado por haber resistido los embates de su oponente en la pelea anterior. 

Para el cuarto episodio, Román salió en busca de un golpe de autoridad, sin embargo cayó en el juego del tailandés y lo pescaron con la derecha en corto. Con las piernas tambaleantes y mareado, fue abrumado por una lluvia de golpes provenientes de todos lados. Finalmente le aplicaron la misma dosis, con un derechazo explotó en la quijada, aún más contundente que el primero, el nicaragüense de desplomó en el centro del ring.


El réferi ya no le permitió tratar de levantarse a “Chocolatito”, quien quedó tendido en el suelo un par de minutos y sufrió su segunda derrota, la cual transformó por completo el panorama de los súper mosca; supuestamente, el vencedor deberá enfrentar a Francisco Estrada, quien derrotó en la pelea de eliminatoria a Carlos Cuadras. Ahora no hubo sangre, vendajes en la cabeza ni tarjetas controversiales, sino una fulminante bala que difícilmente estará fuera de los mejores cloroformos del 2017.

Wisaksil Wangek, mejor conocido como Sor Rungvisai, de 30 años y marca de 44 (40KO)-4-1, se proclamó como el némesis de quien hasta hace un año era considerado entre los mejores del mundo, sin dejar dudas de su calidad y demostró ser un peleador élite. Cabe destacar que perdió sus dos primeras peleas como profesional (debutó ante el ex campeón Akira Yaegashi), y después con “Príncipe” Cuadras, en la primera oportunidad que tuvo para convertirse en campeón.

Nada más contundente que un nocaut. El tailandés pasó de ser un boxeador sucio y beneficiado por los jueces, al caballo negro de las 115 libras. Ahora lo verán con otros ojos y sus dos nombres deberán ser más fáciles de aprenderse  y de pronunciar al hablar del deporte de los puños.

Estrada, un ’gallo’ fino que busca reinar en las 115 libras

En una auténtica guerra azteca, el “Gallito” Estrada volvió a los primeros planos y mostró estar preparado para conseguir su segunda corona en dos divisiones distintas, luego de derrotar por decisión unánime al también ex campeón Carlos “Príncipe” Cuadras, en una pelea eliminatoria del cinturón súper mosca del CMB.



Ambos subieron al ring con la misión de tener una revancha ante “Chocolatito” y Cuadras parecía ser el más deseoso, ya que lució mayor movilidad y precisión, trabajando en el centro de ring y contragolpeando contundentemente con envíos que desconcertaban a su oponente.

Pese a que suele iniciar a medio gas, el sonorense lucía incómodo, sin lograr imponer su distancia como solía hacerlo cuando militaba en las 115 y 112 libras; ahora se enfrentaba a un rival más alto y de mayor alcance, ante el cual no lograba terminar las combinaciones.



Hasta el cuarto asalto, Cuadras era el amo del cuadrilátero: conectaba los golpes más fuertes y claros, esos que hacen gritar al público y en ocasiones confunden a los jueces. Consciente de su dominio, el púgil sinaloense realizó sus primeros pasos de baile, aunque esta burla jugó en su contra, ya que “le picó la cresta al Gallo”, quien comprendió que debía actuar como un rey si quería poner al “Príncipe” en su lugar.

En el quinto llegó la reacción de Francisco, demostró que mantiene el mismo poder que cuando fue campeón y tambaleó a su oponente, obligándolo a pelear en reversa, ya que logró romper la distancia, conectándolo en corto: ahora sí aterrizaba sus envíos. En tanto, Carlos volvió a cerrar con intensidad los asaltos, pero sus volados quedaban en el aire. Solamente acertó un uppercut que inflamó el pómulo de su adversario en el noveno.

La presión de Estrada continuó, acertando cada jab que lanzaba, en tanto que Cuadras se movía con lentitud, respiraba por la boca y bajaba la guardia, error que pagó caro en el décimo, cuando el pupilo de Alfredo Caballero aprovechó que iniciando el round lo hizo trastabillar, y pudo rematarlo justo un minuto después con un derechazo.



Aunque el “Príncipe” no se dejó sorprender y mostró por qué pertenece a la realeza del boxeo. Lejos de retroceder o abrazarse, entró al intercambio y colocó un fuerte gancho a la zona hepática del oriundo de Puerto Peñasco, quien optó por una “retirada momentánea” como método de ataque y se olvidó del nocaut.

El penúltimo episodio continuó con la misma tónica: un “Gallo” metódico y sereno, ante un oponente que se olvidó de la estrategia y sin orden buscó retomar la ventaja que consiguió en el primer tercio del combate.

Estrada se guardó el mejor arsenal para el último asalto para cerrar con broche de oro, pero el de Guamúchil, Sinaloa volvió a dejarle en claro que podía prenderlo con una “bala perdida”, e incluso pudo arrinconarlo sobre las cuerdas. Nuevamente Francisco salió bien librado y atinó varios golpes de poder.



Ante una lluvia de aplausos del público, el anunciador Michael Buffer cometió un error garrafal al indicar como vencedor a “Carlos Estrada”; en cuanto escuchó su nombre de pila, el “Príncipe” festejó; unos minutos después, el autor de la frase “Let’s get ready to romble…” corrigió e indicó que las tres tarjetas de 114-113 fueron a favor del sonorense: la caída evitó el empate, según la apreciación de los jueces.

Parece que las lesiones, principalmente la de su mano derecha, han dejado en paz al “Gallito”, de 27 años y quien ahora posee una marca de 36 (25KO)-2-0, mientras que Cuadras, de 29 años y ahora con récord de 36-2-1, no sería extraño verlo muy pronto en otra pelea de campeonato, debido a la excelente exhibición que brindó.

Otro “monstruo” asiático dice presente en América

Naoya Inoue salió del anonimato del lejano oriente para demostrar por qué muchos lo consideran no sólo el mejor de la categoría súper mosca en la actualidad, sino también entre los grandes japoneses de todos los tiempos, a pesar de tener apenas un récord de 14(12KO)-0-0.



El “Monstruo” de 24 años realizó la sexta defensa del cinturón de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) tras derrotar por nocaut técnico a Antonio “Carita” Nieves, quien venía de perder la calidad de invicto en su anterior combate que disputó con Nikolai Potatov, en peso gallo.

La presión de Inoue fue constante desde el primer round, con la combinación básica de jab-recto derecho-gancho izquierdo, pero ejecutada a la perfección, con potencia y a gran velocidad. Nieves, un digno rival oriundo de Cleveland y de raíces boricuas quien también logró conectar al asiático, sin causarle daño.

En el segundo, el “Monstruo” a punto estuvo de noquear al “Carita”, sólo que cesó el ataque justo cuando sonó la alerta de los 10 segundos, creyendo que se trataba de la finalización del episodio: así de confiado y sereno subió, sin prisa de regresarse a Japón, donde había realizado toda su carrera.



El momento más emocionante se suscitó en el quinto capítulo, cuando Inoue por fin pudo conectar un gancho a la zona hepática, el cual intentó sin éxito en numerosas ocasiones, y aunque Nieves se fue a la lona y esperó el conteo justo para levantarse, logró sobrevivir al terrible castigo. Sin embargo, su esquina decidió que no valía la pena continuar y ya no salió a disputar el sexto asalto.


No lució implacable como suele hacerlo en su país, pero Naoya comprobó que los nipones también pueden pelear fuera de la isla y tienen la clase para enfrentar en territorio americano a los más grandes exponentes. No obstante, en esta velada, quien demostró ser un verdadero monstruo fue el tailandés Sor Rungvisai.

ASR

11 de julio de 2017

Esta tarde no llovió

Esta tarde no llovió

Sábado, 8 de julio

Caían pocas gotas, pero el nubladísimo cielo gris amenazaba en convertirse negro, y no precisamente porque estuviera a punto de anochecer: el reloj apenas marcaba las cuatro de la tarde. El viento soplaba con gran intensidad, a tal grado que dolían en las mejillas y en la nariz las finísimas ráfagas de agua disparadas desde lo alto; en pocas palabras, se avecinaba un tormentón.

Me fui trotando desde que bajé del camión y durante el trayecto vi cómo las personas colocaban con preocupación los adornos para la Virgen de Zapopan, que este sábado recorrió algunas calles de mi barrio. Lazos rosas y azul pastel, colgados horizontalmente y amarrados de los árboles y postes de luz, son la señal de que por ahí pasará o ya pasó “La Generala”.

Di vuelta para llegar a casa y me topé con un largo camino de aserrín que abarcaba varias cuadras, en todos las direcciones. Es difícil aceptar que me dio gusto ver que el principal adorno eran muchas flores de distintos colores, pegadas una a otra en lo que más bien parecía una alfombra. Lo digo porque yo realicé el molde, justo una semana antes, cuando mi vecina Doña Concha me lo pidió de favor.

“¿Sabes dibujar?”, me preguntó en aquella ocasión, y se me hizo fácil responder que sí. Ya me explicó el motivo y me bastó tomar un vaso grande para trazar el óvulo de la flor, aunque acomodar a su alrededor los siete pétalos se me dificultó: invertí casi una hora dibujarlos sobre una tabla de madera, que después llevarían con un carpintero para realizar el molde. Juro que creí que no les gustaría la sencillez de la flor y mandarían hacer otra.

Caminé lento. Las gotas ya no eran finas, y aunque no viajaban a tanta velocidad como hacía dos minutos, eran más constantes y de mayor grosor. Vi a la señora Concha, junto con sus nietos que jugaban felices sobre el aserrín y bajo la lluvia. A su lado estaba uno de ellos, vestido de traje brilloso, color plateado, porque recién había hecho la Primera Comunión: el chamaco, de 9 o 10 años, tenía un semblante orgulloso: aparentaba no caber en el mundo de júbilo, como cuando hace poco más de un mes festejó por toda la calle el campeonato del Rebaño Sagrado, con su jersey original que luce en la espalda el dorsal 9 de Alan Pulido. En aquella ocasión vi en su casa el juego, por Chivas TV. Pero ese es otro cuento.

Doña Concha me saludo. Dijo: “mira qué bonita quedo la calle, gracias a Dios, y también gracias a ti que nos ayudaste a dibujar la flor”. Hice un gesto de humildad y moví la cabeza hacia varias direcciones, tratando de hacer esa señal que significa: “no fue nada”, o “pudo haber quedado mejor”. Me impresionó su semblante, lleno de preocupación, porque de verdad el cielo amenazaba con quebrarse en mil pedazos. Aunque no me agradan estos festejos, desde lo más profundo de mi alma deseé que no lloviera fuerte, y le compartí este sentimiento a mi vecina.

Las flores que están en medio del camino de aserrín, se hicieron con el molde que dibujé :) 


Entré a casa y enseguida me bañé, muy deprisa porque nos invitaron a una fiesta familiar, los 15 años de unos primos, Andrea y Ángel, los gemelos; cuates, para ser exactos y justos, porque desde que nacieron fueron muy distintos, física e intelectualmente. Pero este texto no es para describirlos, y espero nunca hacerlo. Sólo puedo decir que son buenos muchachos, porque les gusta el rock en inglés a ambos.

Antes de la fiesta hubo misa y fue extraño reencontrarme con aquellas figuras que resguardan y 
adornan esos cuartos inmensos, las cuales me conmocionan desde que tengo uso de razón, principalmente la mujer blanquísima, que viste túnica y una manta en la cabeza, y cuyo gesto de extrema sumisión le resta belleza a sus finas facciones. Creo que es la Virgen María. El otro ser que me atormenta cuelga desde lo más alto de una de las paredes del templo y tiene lesiones por todo el cuerpo. A la fecha me resulta difícil apreciar su rostro. Si en verdad Jesucristo existió y buscó dejar un mensaje de paz a la humanidad, ¿se sentirá orgulloso que luego de 2 mil años, la mayoría de quienes honran su nombre, lo recuerden en semejantes condiciones? Quiero pensar que no, y que le duele que haya tantas religiones que comercializan y explotan su imagen.

Fue raro volver a escuchar frases como “¡por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!”. A mi alrededor, entre los asientos que enfrente tienen una base de madera para que te hinques al menos cinco veces durante la misa, había gente que ha rezado toda su vida, que se sabe las canciones y las entona con profundo fervor, que se arrodilla con real devoción. Lo digo porque me consta: casi todos son mis familiares, venían de Vallarta y algunos aquí viven. Son católicos de hueso colorado. Y algunos son de la gente que más detesto.

Al contemplarlos junto a los ídolos que describí, fue inevitable recordar aquella mugrosa oración que una mugrosa tía nos obligaba a declamar antes de comer, cuando visitábamos a la abuela: “gracias, Dios padre, por estos sagrados alimentos que me das sin merecerlo”. ¿Sagrados? A veces era huevo con cátsup (siempre he sido delicado para comer, pero no es el punto).

También recordé las noches que debíamos rezar con el abuelo Nazario, el único momento que me incomodaba estar junto a él. En ese entonces, era de ley escuchar a varias tías decir que “si Dios quiere, ahorita mismo nos morimos todos y se acaba el mundo”: siempre esa maldita devoción, y la jodida lealtad de no preguntarse un “¿por qué?”: ¿un meteorito, o el calentamiento global? Nada de eso, bastaba con que Dios alzara el dedo e hiciera estallar la tierra, y si estuviese de buen humor, tal vez nos daría alguna razón del porqué sucederá la catástrofe. algo así como cuando Freezer explotó el planeta Vegeta.

No recuerdo cuándo fue la última vez que había estado en un templo: esta capilla es en Zapopan, por Plaza Patria, y ni siquiera me digné en preguntar su nombre


Esa tarde no llovió. Bueno, sí, pero no como se esperaba. Seguramente fueron muchos “oblatenses” y “sanonofrenses” los que aplaudieron y echaron flores a la zapopana, sin que el clima los incomodara, pues apenas y siguió chispeando por toda la ciudad, y la tormenta apareció, como ha sido toda esta semana, durante la madrugada. Sólo espero que la Virgen  haya circulado a paso lento, no como sucedió hace unos 15 años, que en cuanto agarró velocidad en la bajadita de la calle Hacienda La Calera, la camioneta aceleró y más de uno quedó decepcionado, porque pasaron varias horas en el solazo esperándola.

En ese entonces yo iba en la secundaria, y todo el día jugaba fútbol. Recuerdo que algunos señores nos dijeron, muy molestos, que nos fuéramos a otro lado porque podríamos romper algún adorno con el balón. Pero algunos nos acercamos más hacia el camino y usamos como portería uno de los postes donde acomodan las enormes coronas. Tiré varios centros y disparos al ángulo, aunque debo reconocer que me dio miedo romper un palo y tener que pagarlo. Entendí que lo que estábamos haciendo era estúpido y mejor nos retiramos (los chavitos que jugaban conmigo aún iban en primaria, y solían obedecerme en las cascaritas).

Es bonito tener tradiciones, es bonito elegir no creer en ellas… es bonito respetar y convivir con tus vecinos, aunque no coincidas en sus gustos religiosos, y es bonito no saludar ni voltear a ver a aquellos seres viles que por caprichos del cochino destino son tu familia.

No me gusta rezar ni creo en esa clase de ritos, pero me sorprende que Doña Concha ha salido airosa en dos eventos de gran magnitud en el barrio y en toda la ciudad: que el paseo de la virgen sea exitoso, y que las Chivas sean campeones. Porque previo al pitazo inicial de la final del torneo, congregó a los más de 30 invitados y colados que se reunieron en su cochera para ver el juego en la computadora de mi amigo Jorge, y con los ademanes que se hacen al rezar el Padre Nuestro, dedicó una oración para que el Rebaño Sagrado tuviera un buen desempeño y fortuna aquella histórica tarde del domingo 28 de mayo… y así fue. Y estoy seguro que este sábado pidió al cielo para que una tormenta no irrumpiera en el paseo de la Generala.


ASR

7 de julio de 2017

Un viejo amigo

Un viejo amigo

(Dedicado a mis amigos de la secundaria y de la prepa que no supe apreciar, y a aquellos que en la calle, en las aulas o en algún otro lado me tendieron la mano, me contaron sus secretos, y por andar de 'rockrillo', simplemente no los creí dignos de ser mis compillas).
I

Ayer vi a Robert afuera del templo, luego de más de un lustro sin coincidir. Lo conocí en la secundaria y éramos del mismo grado, sólo que él iba en el grupo “A”, y yo en el “D“. Durante tres años compartimos decenas de partidos de fútbol en el patio de la escuela.

Esta tarde cruzamos miradas por instinto; era un hecho que no quisimos reconocernos. Unos siete u ocho pasos después de pasar a su lado, volteé hacia atrás y pensé en su perro Max, un rottweiler muy gordo pero veloz; que ladraba demasiado, sin ser bravo; que sentí haberme encariñado con él, sin haberlo conocido: sí, suena extraño, pero es verdad. Puedo describirlo porque así lo vi en fotos, y Robert lo nombraba con un tono muy tierno al recordarlo. Antes de hablar de este formidable can, es necesario describir, y recordar con “pelos y señales”, la amistad que me unió con su dueño.
II

Hasta la fecha debo seguir siendo de los delanteros más débiles y fáciles de marcar que ha tenido la Secundaria N, lo que pude contrarrestar con una buena puntería en tiros de larga distancia y velocidad; él era un excelente defensa, capaz de competir con muchachos de grados mayores. Jugaba en una escuela de fútbol de un equipo de primera división, y algunos compañeros aseguraban que era el capitán.

Amaba su lugar en la retaguardia: no era como el clásico niño que juega resignado o molesto cuando se les coloca de medio campo para abajo, y en la primera oportunidad que tiene de adelantar filas, lo hace sin regresar a su posición inicial. Sin ser muy alto, en los centros generalmente ganaba por el aire; aún así, rara vez subía a cabecear cuando su equipo atacaba, solo cuando estaban en desventaja, y llegó a marcar un par de testarazos. Era tan buen defensa, que cuando le anotaban a su equipo, los goles parecían valer el doble.

Cuando ingresé a la preparatoria me dio mucho gusto verlo sentado en una butaca del 1-F, turno vespertino. Él también se mostró conforme con esta unión que el destino nos brindaba, y media hora después, parecía que habíamos sido los mejores amigos durante los tres años de la secundaria. Éramos muy fanáticos del mismo club de fútbol, del máximo exponente del brit-pop y detestábamos desde lo más profundo de nuestras entrañas al reggaetón y al hip-hop.

Con Robert las chicas exageraban. Se impactaban con sus brazos, que si bien lucían cierta musculatura, estaban muy poco anchos; lo mismo con su rostro: sin ser atractivo, tampoco era tan feo como para que le dijeran el “Camarón”, apodo que se le quedó durante los seis semestres, y que contrarrestaba terriblemente con “Roberto Carlos”, como le decíamos en honor al excelso lateral brasileño.

No le importó semejante cambio de identidad. Y es que sabía tratar a cualquier tipo de jovencitas: ñoñas o fresas, e incluso darketas y cholas… aunque luego hablaba mal de ellas. Por eso tuvo muchas novias, hasta tres en un solo semestre. En segundo se olvidó de nuestras conversaciones musicales y de fútbol, y me hablaba más de mujeres; de sus chicas, para ser específico. Si alguna de sus relaciones pasaba por momentos complicados, yo era el primero en saberlo. Incluso lloró un par de ocasiones, cuando terminó con sus únicos dos romances verdaderos.

Fui a su casa al menos unas 20 veces, porque quedaba muy cerca de la prepa y su mamá seguido nos invitaba a comer o a cenar. Él sólo asistió una vez a la mía. Por razones que no explicaré, como en cuarto semestre dejé de jugar fútbol y ahí hubo un leve distanciamiento. Y cuando por fin tuve novia, me reclamó que nunca saliéramos juntos, con nuestras parejas.

Luego se molestó porque me alejé del grupo de amigos que más frecuentábamos… y de él. En quinto semestre nos separaron, ya que debíamos cursar materias optativas a las carreras que queríamos cursar: él ingeniería, yo ciencias de la comunicación. Ya en sexto, él se cambió al turno de la noche, porque además de entrenar fútbol en la mañana, empezó a trabajar en el taller mecánico de su padre, ya que su familia atravesaba una situación económica complicada.

Ayer me impactó su obesidad. Caminaba lento, agarrando de una mano a una niña pequeña, y con la otra a una mujer, quien a su vez cargaba a un bebé. Vi el rostro de su compañera y no me resultó familiar. Robert fue de mis mejores amigos en una época difícil para mí, y quizá la mejor para él: tenía demasiadas amistades, buenas notas escolares, era del agrado de las chicas y, efectivamente, fue muchos años el capitán de un importante equipo de fútbol en las divisiones menores. Así lo arropaba la fortuna hasta antes de cambiarse de turno.

Como un año después de que ingresé a la Universidad, supe que a los 18 lo dieron de baja del equipillo en que militaba, y nunca más se atrevió a volver a jugar a nivel profesional. También me enteré que sus padres se divorciaron, y falleció su hermana mayor: tenía lupus. Algunos conocidos me dijeron que no pudo obtener el título de la preparatoria.

Fue raro saber que no siguió estudiando, porque además de sus “doncellas”, de los partidos y de canciones, en muchas ocasiones me compartió su propósito de ser ingeniero y futbolista a la vez. Cuando hablábamos al respecto, mencionaba con orgullo su determinación por no haber ingresado al bachillerato para especializarse como mecánico; se jactaba de saber lo necesario, pues a este negocio se dedicaban al menos cinco familiares cercanos, y además no quería heredar el oficio. En esos momentos yo me sentía afortunado, porque de haber obedecido a su padre, no habríamos coincido en la prepa. Y también porque era amigo de una persona con propósitos definidos.

III

Como ya mencioné, Robert solía llorar cuando contaba sus penas. Discusiones con las novias, la enfermedad de su hermana, o cuando lo regañó un entrenador al enterarse que bebió con sus compañeros de equipo. Pero el momento que me conmovió más, y no precisamente porque fue cuando más lágrimas derramó y más se le cortó la voz, fue la primera vez que habló de Max.


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Nos contó (estábamos como cinco o seis amigos) que un mal día, Max mordió –intentando jugar- a un niño de la cuadra, hijo de un señor muy déspota y que frecuentemente tenía problemas con los vecinos, por causas insignificantes. Al ser policía, casi nadie se involucraba con él, y el padre de Robert no fue la excepción. 

Para evitar un conflicto mayor regalaron a Max. Lo llevaron con un dentista que tenía un consultorio justo enfrente del taller mecánico. Y es que el día del incidente, por la noche el policía tocó su puerta, y con pistola en mano amenazó con matar al perro. Esto sucedió cuando Robert tenía entre 8 y 9 años. Los fines de semana, el nuevo dueño de Max lo llevaba al taller, para que jugara con sus antiguos amos.

Desafortunadamente el dentista, un señor ya de la tercera edad, enfermó y debió deshacerse de Max, quien terminó sirviendo como guardián de un depósito de chatarra, ubicado como a cinco cuadras del taller. Robert y su hermano mayor juntaban latas de aluminio con la intensión de verlo, pero nunca estaba entre las láminas viejas de automóviles y las botellas de plástico y de vidrio, hasta que un día encontraron cerrado el local (si la memoria no me falla, mi amigo especificó que los dueños salieron de vacaciones).

A su hermano se le ocurrió subirse a un árbol grande, y desde las ramas podían sentarse con facilidad y observar, por encima de la barda, el interior del predio. No era fácil treparse, incluso se raspaban en la corteza, pero ante la posibilidad de encontrarse con Max, era un riesgo que valía la pena tomar.

No se me olvida la expresión de Robert al mencionar que al saludarlo con un silbido, Max dejó de deambular entre los fierros oxidados y se quedó mirándolos, sorprendido y temblando; súbitamente agitó la cola, pero sus patas se tambaleaban, como si fueran de gelatina, o como si en el piso hubiera algún pegamento que le impedía saltar y revolcarse, como lo recibía siempre que regresaba de la primaria.  Después, Max soltó leves chillidos y permaneció fijo.

La ternura que reflejaron sus ojos mientras narró este recuerdo, debió de ser la misma del can aquella vez que se reencontró con sus familiares. ¿Qué habrá pasado por la mente de Max al percatarse que Robert y su hermano mayor lo espiaban por encima del árbol? Me gusta creer que recordó cuando llegó por primera vez a la que fuera su casa por más de 7 años, siendo un cachorrito, o cuando lo llevaron a la playa y le pusieron unos lentos negros, como se veía en una de las fotos que estaban junto al televisor.

Aquél domingo, asegura mi amigo, se quedaron más de una hora arriba, observando a su perro. Llegaron tarde al taller para regresarse a casa y los castigaron. Y como cada domingo sucedía lo mismo, su papá optó por dejarlos en casa los fines de semana. En una ocasión le pregunté a mi amigo por qué no se quedaron con él y lo escondieron en el taller, luego del incidente con el policía. Aparte de ser muy juguetón, un tío suyo, el que tenía más voz y derechos sobre las decisiones del negocio, al parecer no lo quería.

Cuando Robert entró a la secundaria, su hermano ya estaba en la prepa y rara vez pedía permiso para salir. Seguido iban juntos a espiar a Max saliendo de clases. Desafortunadamente los descubrieron y llamaron a la policía. No les creyeron que solamente iban a ver al perro y les advirtieron que de volverlos a encontrar en las mismas circunstancias, llamarían a sus padres, sin antes llevárselos en la patrulla. Luego la chatarrera simplemente cerró y nunca más volvieron a saber de su amado ex compañero.

Cuando me acuerdo de Robert, en mi mente se imprime otra de las fotografías que tapizaban la sala de su casa, donde salía al lado de sus hermanos; estaba pequeño, no fuerte y hábil para el fútbol como lo conocí, ni obeso, como lo vi ayer. Tal vez de ocho años, abrazando a Max, y lo visualizo trepado en una rama gruesa, nostálgico, contemplando a su fiel amigo, al único que, estoy seguro, amó más que el fútbol y aquellas novias por las que derramó lágrimas.

Fue mi amigo en una etapa de la vida donde eres como el centro de atención en todos los lugares donde te conocieron de chico, porque al superar en estatura a tus padres, se supone que dejas de ser niño. Los maestros, los amables de entre 30 y 40 años, te contemplaban con una sonrisa extraña: no de amor ni de burla, simplemente les alegraba verte. En ese tiempo no entendía –incluso este fenómeno se repitió en la universidad-, pero ahora quiero pensar que es nostalgia, que en nosotros se veían a ellos mismos cuando tenían 15, 16 o 21. Creo que es así, porque así suelo mirar a los chicos que ahora tienen esas edades, y trato de analizar cómo era yo a mis 15 añitos, e imagino que estoy con mis amigos de aquel entonces, cuando con nuestra juventud dábamos colorido a las aulas, a nuestras cuadras y otros lugares; cuando éramos las promesas de un futuro lejano, del cual no había ninguna prisa por enfrentar. En ese entonces, quienes ahora son chavos de ahora, seguramente apenas estaban aprendiendo a gatear.

El buen Robert: su perro cuidaba la chatarra igual de bien que él defendía en los partidos: sin hacer ruido y con mucha determinación; tan bien, que incluso podrías soñar que eras profesional jugando en su equipo. Luego de ser descubiertos, Robert me dijo que lo espiaban desde otro árbol más lejano que sólo les permitía ver un breve espacio junto a la barda, donde Max se arrinconaba para ser observado por mucho tiempo.

Al igual que el noble canino, me alejé de él por un incidente mínimo, insignificante, y de repente se esfumó la amistad: así suele ser la vida antes de los 20, edad en la no es fácil enraizarnos ante la voluntad espiritual; nuestro cuerpo exige cambios y volamos de un lado a otro, porque bajo nuestra perspectiva el mundo es pequeño e insulso; queremos experimentar toda clase de aventuras, aunque somos ingratos y exigimos lealtad extrema a quienes nos rodean.

Y después de tanto tiempo, cuando el destino volvió a juntarnos, Robert y yo nos conformamos con intercambiar un par de miradas que expresaban que nuestro tiempo de convivir pasó hace mucho tiempo; a pesar de que rondamos los 30, actuamos igual de inmaduros que cuando terminamos la prepa. ¿Cómo iba vestido? No lo vi con atención, talvez por miedo a creer que llevaría un overol manchado de grasa de neumáticos, motores o alguna otra pieza de carros.


ASR

4 de junio de 2017

Una tortuga sabia

Una tortuga sabia

15 de abril de 2017

El jueves pasado más bien parecía sábado o domingo, debido a los festejos de Semana Santa. Sin deseos de hacer algo productivo, encendí la televisión. A cuadro apareció el mismísimo Morgan Freeman, estelarizando el documental “La historia de Dios”.

“¿Cómo se llama ese actorazo?”, preguntó mi madre, mientras tejía en el sillón más grande de la sala, al escuchar la respetable e inigualable voz del actor de doblaje Rubén Moya. Le respondí y noté que veía con atención el programa, mientras yo pendejeaba en el teléfono.

De repente, en pantalla, una persona con apariencia de monje que dialogaba con Morgan, dijo palabras más, palabras menos: “cierra los ojos y recuerda algún momento agradable que hayas compartido con una persona que detestes (seguro fue otro calificativo menos visceral, pero este me agrada), o que tengas algo pendiente que platicar”. Creo que era de la religión jainista, o alguna de la India. Contemplé algunas escenas tontas, como cuando festejé goles de las Chivas al mismo tiempo que algunos compañeros de escuela y del trabajo que no me agradaban del todo. En fin.

Pasaron dos días y este sábado, mientras “stalkeaba” en Instagram, vi una imagen que guardé en cuanto la vi, compartida por la cuenta Terrific Turtles. Es una pequeña tortuga nadando, y lo más notorio es que en la parte superior de su cuerpo se reflejan varios colores, como si encima de ella estuviera un arcoíris.



Entonces recordé que hace mucho tiempo, casi 20 años, cuando mi hermana Flor y yo empezamos a obsesionarnos con las tortugas, mi papá nos contó que de niño, junto con sus amigos, iba a la barranca de Oblatos y veían unas tortugas que tenían el caparazón del color del arcoíris. A esa edad, difícilmente se duda de lo que te cuenta un padre, pero se nos hizo extraño, porque no habíamos escuchado de ellas, ni las habíamos visto en libros o documentales de animales, que teníamos al por mayor.

Aun así formulamos muchas preguntas para él: ¿cuántas vio? ¿Por qué no se quedó con una? Incluso llegamos a pedirle que nos llevara a ese sitio cuando nos regresáramos a Guadalajara (vivíamos en Chiapas). Creo que nos respondió que de repente dejó de verlas en sus escapadas a la barranca. Creí que podría tratarse de alguna especie única de Jalisco.

Tuve varias pláticas al respecto con mi hermana y ya más grandes, cuando yo estaba por entrar a la secundaria, le mencioné que quizá eran tortugas de río y que tenían tanta lama y hongos encima, que cuando nadaban, el reflejo les hacía parecer que el caparazón era de varios colores. Otra “teoría” fue que pertenecían a alguien y se entretenía pintándolas… Contemplé varias respuestas porque compartimos la historia con algunos de nuestros amigos, y nadie nos creía.

Juró que sentí como si me hubiera caído un relámpago cuando en la pantalla de mi Samsung Galaxy vi el caparazón color arcoíris con atención, porque en mi mente continuaba presente el capítulo de “La historia de Dios” del jueves, en específico esa frase referida a los seres que “detestamos”, o con quienes tenemos una plática pendiente, sin café de por medio. Cuando nos contó la historia debió ser 1998, cuando nos compraron un par de reptilitos verdes, uno para cada quien, en la feria de Tuxtla Gutiérrez.
Después en nuestra sala había un tortuguero enorme, con más de 15 tortuguitas japonesas, y mi papá nos ayudó a arreglarlo, pegándole piedras en una de las bases para que nuestras mascotas pudieran reposar a gusto, también cuando estaban bajo el agua. Además recordé que construyó una jaula enorme para Pepe, un loro que tenía mi hermana.

Aunque sentí una paz que jamás había presenciado, ya no quise seguir memorizando mi niñez. Sólo traté de comprender por qué un tipo cuarentón inventó esa historia tan infantil, o al menos en cómo eran realmente aquellos quelonios que observó haría unos 30 años, y por qué creyó conveniente unirse a la fascinación de sus hijos por las criaturas verdes.

¿De verdad se atrevía a irse en bicicleta a la barranca desde Tlaquepaque, donde vivió de niño, hasta la barranca, un lugar remoto en los 60’s? Y si en verdad lo hizo, ¿cuál era el propósito? Dudo que buscara tortugas. También fue extraño que nos narrara ese suceso, porque nos tenían prohibido salir a lugares lejanos, aunque sea en compañía de amigos o de nuestra hermana mayor: todo debía ser obediencia total a los padres, como él se jactaba de haber sido de niño: como una orden castrense más.

También llegué a cuestionarme si las tortugas tenían un significado especial para él. Tal vez anhelaba una de mascota y nunca pudo tenerla; a lo mejor le emocionaba apreciar la fauna silvestre. Quizá su gran imaginación lo ayudó a creer haber visto aquellos caparazones multicolores, nadando en un charco o en un riachuelo.

O tal vez mucho después, a sus 15 o 20 años, cuando sintió escapar su niñez o cuando se refugió erróneamente en un cuartel militar, su cerebro inventó ese pasaje, en el que se reunía con sus amigos (quién sabe si reales o imaginarios) para encontrar tortugas. O quizá se le ocurrió esa historia en ese preciso momento, sólo para impresionar a sus hijos. O simplemente de él heredamos el cariño por esas criaturas verdes, sagradas en la mitología china y asociadas con deidades como Buda y Visnú.

He leído muchos artículos en los que relacionan a distintas especies de tortugas con la sabiduría, la paciencia y mil virtudes más. Me gusta creer que es verdad, que estos animales, cuya hembra regresa 30 o 50 años después a la misma playa donde nació para incubar a sus primeras crías, son seres sagrados. Abrí los ojos, creyendo haber tomado un café con aquel ser que me regaló mi primer reptil con caparazón, y no sé si fue por la magia o por cuestión divina, pero contemplar la foto de la tortuga arcoíris, me ha quitado un gran peso del alma.


ASR

1 de mayo de 2017

La Jaula (parte 1)

La Jaula (parte 1)
“Revivamos nuestra infancia al recordar esta joya de comercial. Nike nos regaló uno de los mejores promocionales de toda la historia con...’La Jaula’ ¿Cuántos lo recuerdan?”, dice el enlace que publicó la página de Facebook AS México el jueves 27 de abril por la noche.

Roberto Carlos, quizá el mejor lateral izquierdo de la historia, fue uno de los estandartes de "Scorpion", como Nike nombró a su campaña publicitaria de 2002 y 2003.

Al abrirlo me decepcioné porque simplemente aparece el video, sin algún texto informativo respecto aquel “torneo secreto” disputado en un barco, compuesto por ocho equipos, de tres jugadores cada uno, y, como lo indica al inicio el astro francés Eric Cantona, el ganador resultaba ser quien anotara primero en una portería diminuta: un “mete-su-gol”, como se diría en la primaria cuando había un chingo de retas, o el “gol gana”, cuando sonaba la chicharra que nos indicaba que debíamos regresar al salón. Me pareció una publicación muy simple y decidí describir aquel emotivo anuncio, que fue causa de muchas pláticas previas y posteriores a las cascaritas que jugaba en la calle, en el ya muy lejano 2002, y también durante el recreo, estando en la secundaria.
Pequeñas canoas, tan simples que son incapaces de inquietar al mar oscuro y calmado, transportaron a las estrellas de Nike rumbo a un viejo barco; al llegar a su destino, ingresaron a una cancha más chica que las de fútbol sala, y que en realidad era una jaula, ya que también estaba cercada por la parte de arriba. Como si se tratara de un domador de circo y no de un árbitro, Cantona figuraba por encima de las rejas; trajeado y con bastón, se movía a paso de catrín mientras ensalzaba a los cracks que exhibían sus mejores cualidades. Aunque los comerciales se transmitieron por partes y sin orden, describiré el video final, donde se respeta la cronología.
La primera tercia en aparecer fue el “Equipo de Fuego”, conformado por elementos de la Lazio: los atacantes argentinos Hernán Crespo y Claudio López (el famoso “Piojo” que llegaría al América en lugar de Cuauhtémoc Blanco en 2004), acompañados por el mediocampista Gaizka Mendieta, a quien muchos recordamos porque el conjunto romano pagó como 40 millones de euros al Valencia, y no tanto por su estilo de juego. Su rival, “Tutto Bene”, conformado por los defensas Rio Ferdinand y Fabio Cannavaro, junto con el volante checo Tomás Rosicky, quien hasta el año pasado militó en el Arsenal y actualmente pertenece al Sparta Praga, club donde se formó.
Pese a tener a dos de los mejores zagueros centrales de aquellos bellos tiempos, el “Tutto Bene” fue despachado en su primera intervención, en lo que fue juego insulso, repleto de taconcitos sin chiste, empujones y barridas criminales al más puro estilo sudamericano, que ameritan sanciones de cárcel. Quizá para justificar el costo de su traspaso a la Serie A o Calcio, la marca de la palomita ordenó que Mendieta figurara en ese clip: tras una vistosa jugada que incluía una bicicleta, el español anotó el gol, el cual Crespo festejó como si él hubiera sido el autor.
En verano de 2002, pocos meses después de estrenarse este comercial y de concluir la Copa Mundial de Corea-Japón, Fabio Cannavaro pasó del Parma al Inter de Milán, y el Manchester United pagó 48 millones de euros al Leeds United por Rio Ferdinand, la cifra más alta por un defensa hasta 2014, cuando el PSG adquirió a David Luiz, por 49.5 mde. Rosicky brillaba en el Borussia Dortmund, que en ese año perdió la Final de la UEFA Europa League.

En el segundo compromiso se presentó el equipo más carismático: “Os tornados”, que derrochaba la magia brasileña de Ronaldo y Roberto Carlos, junto a la clase del portugués Luis Figo. Estas estrellas se midieron a los “Funk Seoul Brothers”, donde también había representantes del “jogo bonito”: Ronaldinho y Denilson, quien a mi juicio, fue más espectacular en los anuncios televisivos que en la cancha. El tercer elemento era Seol Ki-Hyeon, de quien hasta ahora me vengo a enterar que militaba en el Anderlecht de Bélgica, y siendo honestos, nunca me interesé en saber en él y ya ni me acordaba de su aparición. ¿Qué hacía en la jaula? Se aproximaba el primer mundial del nuevo siglo y del nuevo milenio; sería la primera copa en Asia y había que invitar a un coreano. Seguro por eso fue.
Denilson es el primero en lucirse, con jugadas o, mejor dicho piezas de baile repletas de “crema”, en una zona de campo innecesaria. En la escuela, quienes se atrevieron a imitarla, siempre quedaban como idiotas, pues les faltaba el feeling y la seguridad que suele tener un crack brasileño. El “Fenómeno”, tal vez enojado por no ser él quien atrajo los reflectores, lo encaró y le jaló la casaca, aunque para la mala suerte del volante del Betis, no contaban las faltas en este certamen; Ronaldinho, con un peinado al estilo afro, encaró a su tocayo por faltarle el respeto al balón con esa actitud, pero termina empujándolo.
Un juego sucio, sin duda, pero colmado de magia: quien conduce el balón, simula tenerlo pegado a su pie -incluso al hacer fintas-, al pecho o en los hombros. En la jugada clave, “Dinho” burló a sus oponentes, con túnel incluido para el “Feno”, pero su disparo pegó en el poste y en el contragolpe, Ronaldo y Figo triangulan y cuando aparece la figura de Roberto Carlos, surgió la jugaba más espectacular del torneo. El excelso lateral izquierdo del Real Madrid colocó el esférico entre sus dos tobillos y como si fuera a realizar una “lagartija”, lo impulsó hacia el arco, recordando un poco aquel “escorpión” que inmortalizó el portero colombiano René Higuita.
Mis amigos y yo no comprendíamos cómo Ronaldinho jugaba en el PSG, que en ese entonces no acaparaba los reflectores como en la actualidad: era un club pobre, lo mismo que el Betis, donde Denilson pasó años haciendo jugabas alegres para las gradas, pero que de poco servían para conseguir logros importantes. De Seol, según Wikipedia jugó los mundiales 2002 y 2006, militó en el Fulham entre 2007 y 2010 (en ese entonces yo era ferviente seguidor de la Premier League… y no lo recuerdo). Figo, Ronaldo y Roberto Carlos, poquito después serían parte de los “Galácticos” merengues y hasta me siento menso al tratar de describir lo mejor de sus trayectorias.
Toros Locos VS Cerberus fue el tercer encuentro. Fredrick Ljumberg, quien se distinguía por su mechón rojo, acompañaba a los blaugranas Luis Enrique y Javier Saviola, juvenil de 20 años surgido en River Plate que tras un magnífico primer año en la Liga Española, apuntaba a ser el futuro goleador de un alicaído Barca. Los contrincantes que debían derrotar estaban comandados por Edgar Davids, figura de la Juventus. Su compañero de club Lilian Thuram, y Sylvain Wiltord, eterno suplente de Thierry Henry en Arsenal y la selección francesa, completaban el equipo.
Asombrado por el potencial de los Toros Locos, el “Pitbull” hizo una seña de reconocimiento por las fintas que le aplicó el “Conejito” y el buen toque del mediocampista sueco, pero a la vez parecía advertirles que les tenía una sorpresa guardada. Pero el dominio seguía perteneciendo al conjunto que comandó el ahora entrenador del Barcelona, hasta que Wiltord robó el balón, realizó un disparo fatal que sorprendió a sus colegas, pero se lanzó de palomita para sellar el pase a las semifinales. Un partido muy intrascendente.

Grata sorpresa fue que Saviola no fuera convocado para el mundial, debido a que Marcelo Bielsa prefirió a los experimentados Claudio López, Claudio Canigggia y Gabriel Batistuta, además de Hernán Crespo, quien vivía el mejor momento de su carrera en la Lazio. Sobre Luis Enrique, me gusta preguntar a mis amigos si creen que fue mejor jugador que Pep Guardiola, y hasta hace poco, cuando anunció que ya no dirigiría al Barcelona, me enteré que jugó, y varios años, en el Real Madrid. De Ljumberg, recuerdo que nadie de la secundaria me creía que era modelo (lo sabía porque siempre lo decía el Bambino Pons en los partidos del Arsenal). A Edgar Davis le debo mi simpatía por la Juve, pasión que se incrementó gracias a jugadores como Thuram, de quien me sorprendió saber que nació en la casi inapreciable Isla Guadalupe; a Wiltord, ya lo describí arriba como el eterno suplente de “Tití”. 

Para ponerle fin a la primera ronda, entraron a la jaula el “Triple Espresso”, compuesto por Thierry Henry, Francesco Totti y Hidetoshi Nakata (estos dos últimos coincidieron en la Roma), junto con Paul Scholes, Rud Van Nistelrooy y Patrick Vieira, astros de la Premier League que se hacían llamar los “Onetouchables”.
Las primeras jugadas son destellos de Totti y Scholes, los capitanes, aunque tiene más trascendencia la soberbia barrida de Vieira sobre la línea de meta para evitar el gol. Pese a que era letal en el Manchester United, Van Nistelrooy falló una clara, pero su error no costó debido a que en la respuesta de sus rivales, el tiro cruzado del “10” de la Roma se impactó en el travesaño. No obstante, la segunda desatención del atacante holandés sentenció el encuentro, luego de que al perder el balón se generó una serie de rebotes que concluyó con una media tijera de Francesco. Desde lo alto, el elegante francés vitoreó al “guerrero italiano” y menospreció a los perdedores, como sentenciando un “pollice verso”, sin bajar el dedo pulgar; este festejo bien pudiera compararse con el final de una batalla en el coliseo romano. 
Totti se retirará este año y nunca salió de la Roma. Aunque Japón clasificó a Octavos en el Mundial de 2002, sin tanta polémica como Corea del Sur -el otro local-, no recuerdo que Nakata haya sido un verdadero referente; aún así, en 2004 me compré una camisa gris que simulaba ser un jersey de Japón con su nombre: le guardaba cariño por el video. Henry debió ganar la Champions con el Arsenal: en realidad fue un club que marcó época, y se le reconoce poco; gran parte de la grandeza de los Gunners durante la década pasada se debe a Vieira. En 2002 ya simpatizaba con el Liverpool, pero no se me podía llamar fan porque respetaba al Man U, en gran medida por Ruud y Paul; hoy puedo decir que son putos y me es indiferente su trayectoria. 


CONTINUARÁ…

ASR