22 de mayo de 2019

Deshilachada


Desdichada

Sucedió a los 23, cuando empezaba a embarnecer dejando atrás una figura esquelética que me caracterizó desde niño; cuando mis infantiles facciones faciales maduraron sentí la seguridad de estar a tu talla. Fue ahí cuando decidí utilizarte, con el objetivo principal, me duele reconocer, de sencillamente satisfacer mi orgullo y demostrarles a los fanfarrones que, siendo tú totalmente mía, nada tenía que envidiarles. E incluso serían ellos quienes se morirían de celos al ver lo perfecta que te veías conmigo, dándole un notable estilo, y hasta cierta categoría, a mi presencia en el lugar que fuera: las cafeterías, la plaza de la colonia o los bares.

Aún estabas en pleno verdor de tu existencia cuando el destino, aunado a ese asqueroso “¡qué dirán!”, impidieron que siguiéramos compartiendo nuestra compañía frente a los demás durante el día. Un imperdonable descuido, que se dimensionó en un fatal accidente que deterioró tu belleza y reputación, nos impulsó a pactar un acuerdo conveniente para ambos, acorde a nuestras necesidades y objetivos en esta vida: solo podíamos coincidir de noche, y tú estarías por siempre encerrada en mi cuarto, alejada de la vista pública, lo más oculta posible, incluso de mis seres más cercanos y de quienes mayor confianza les tenía. No tuve el valor de contarles lo acontecido, porque amaba dormir contigo, sobre todo porque la desgracia se suscitó en diciembre y tus finos brazos me protegían del frío.

Pero tu belleza la fue deformando ese fatal accidente. Perdiste el porte, tu desgaste fue evidente y tras un par de años de meditación, me quedó claro que fuiste una etapa de la cual me avergonzaba; andar contigo fue un acto egoísta en el que traté de construir una imagen que no me corresponde, y que la sencillez y el alto sentido del humanismo que por tanto tiempo me caracterizó, no encuadraba con los bares y demás lugares de mala muerte donde coincidimos. Para recuperar mi camino hacia el nirvana, no me quedó de otra que deshacerme de ti.

Ha pasado mucho tiempo y reconozco que fuiste alguien fundamental en mi vida, que me llenó de seguridad y confianza: una pieza clave para moldear lo que ahora soy… o me gusta creer que soy. Por eso esta noche que encontré tus vestigios me llené de asombro: contemplar las vísceras escurridizas y disecadas junto a tus restos ocasionó una mortal sacudida hacia el pasado. Mi hermosa deshilach… desdichada, quise decir: daría lo que fuera por volver a abrazarte con todo mi cariño, pero créeme que no es posible, porque sólo nos ensuciaríamos ambos, porque ya rato que nuestra historia terminó de escribirse.

II
 Descolorida y deshilachada

"La misma ropa de ayer, será el pijama de hoy”, pronuncia el rapero español Kase O en el coro de “Cantando (no comprendo por qué esta canción se ha vuelto tan referente en mi día a día, si ni me gusta tanto)”. Esta frase asaltó mi mente cuando vi tendida sobre el barandal del balcón lo que queda de aquella camiseta de tela ajustada, como de licra o, mejor dicho, de algodón strech, y que no fue sencillo comprarla. Y menos decidir cuándo sería apropiado vestirla: debí tardar varios meses en armarme de valor y no regresarla al gancho para guardarla nuevamente en el ropero, porque me abrumaba bastante que relucían las remarcadas clavículas y aún más, mi espantoso agujero que deforma mi pecho desde que tengo memoria.

Lo que queda de mi camisa verde musgo. Ahora más que pijama, es alfombra de las cucarachas

Pero cierto día le di prioridad a su cualidad de tonificar mis brazos y me la puse. A ella le agradó cómo se me veía. “Te va bien el verde musgo, combina con tus ojos”, fue el discreto piropo que se le escapó minutos después de nuestro encuentro en aquel bar cuyo dueño era (o es, tiene años que no lo visito) un chef español. Las primeras palabras, que describían el color de mi camisa, se dispersaron de sus bellos labios con un tono trémulo, pero ya con mayor seguridad chuleó mis ojos. ¡Es que le gustaban mis ojos (ahora recuerdo un clásico de José Alfredo)! El muy idiota me sentí ofendido: supuse que se trataba de una burla más. Bueno, no ofendido, pero asocié su comentario como parte de la carrilla a la que fui sometido por mis amigos durante toda esa noche, lo que me obligó a hacer a un lado el gran valor sentimental y sincero de parte de ella, porque así hubiera llevado mi eterno jersey de las Chivas, también me habría dicho palabras lindas y habría mimado mis ojos, puedo jurarlo.

Creo que la usaba cada quince días, o al menos una vez al mes, y no tenía ni un año con ella cuando lavando no recuerdo qué se salpicó de cloro. En la zona abdominal quedó una mancha horrible y oxidada que la echó a perder en su totalidad. Nunca más volví a ponérmela para salir, pero me gustaba usarla de pijama.

Para ese entonces ya me había alejado de ella. Emprendimos distintos caminos y muy de repente extrañaba su compañía, más en los inviernos, cuando dormía con la camisa verde que aparte de protegerme del frío, sentía que aún olía a su perfume, porque cuando pasó aquel accidente, horas antes habíamos estado juntos. De hecho, la catástrofe se debió a los efectos del alcohol y la felicidad que me produjo el estar a su lado. Me gustaba que oliera a su perfume, a pesar de las lavadas; incluso a la crema de su cabello y, si la contemplaba con cuidado el semicírculo de la parte frontal del cuello, se notaba una mancha de baba suya, que se le escurrió de sus labios cuando se quedó dormida en mi pecho.

Tantos recuerdos lindos guarda lo que hoy es un trapo viejo, que mi madre pone debajo de la puerta del balcón para impedir que entren el polvo y algunos bichos. Totalmente descolorida, deshilachada y descolorida, aún sobresale ese manchón, ahora anaranjado, provocado por manchas de cloro. En eso ha quedado la vanidad de los veinte, en una alfombra de mugre donde las cucarachas se limpian las patas.

Ajusto este escrito escuchando la misma canción grosera de los Violadores del Verso que cité recientemente, y mientras pienso en lo ridículas que son estas letras, me hace eco en las neuronas la frase “mas si quieres ser feliz no analices, no hasta que tu alma cicatrice”.
Medianoche del miércoles 15 de mayo

ASR

5 de mayo de 2019

Viaje a la velocidad de la luz



Nunca me han gustado los eventos tecnológicos masivos. Podría justificarme y decir que me abruma ver a tanto chamaco “ñoño-poser", pero siendo honestos, la principal causa es que me ha rebasado la comprensión de la ciencia, la cual avanza a pasos acelerados en este milenio.

Por cuestiones laborales asistí a la Expo Guadalajara los cinco días que duró el Talent Land 2019, desarrollado durante la etapa final de abril. El primer evento que cubrí lo impartió Martí “C de Ciencia”, un youtuber español que en su presentación “El sueño interestelar” habló de la posibilidad de viajar a través del espacio-tiempo, y por alguna extraña razón, me sentí como si fuera parte de la caricatura los Halcones Galácticos.


Foto: Travelling through time and space

Sin contemplar cuestiones como la atmósfera, condiciones planetarias y otros factores del mapa celeste, señaló que, en unos cuantos miles de años, a través de seres desarrollados mediante la inteligencia artificial, la humanidad podría viajar a la velocidad de la luz con el objetico de poblar planetas.

Como mi capacidad se limita al Sistema Solar (no imagino qué podría haber más allá de Plutón), me sentí un antagonista secundario de Dragón Ball, de esos extraterrestres verdes, azules o cafés que estaban al servicio de Freezer para conquistar distintos mundos. Y es que suena imposible y ridículo, pero de ser cierto, Martí C comentó que estos humanoides serían incapaces de conservar nuestras costumbres y sentimientos, por lo que esa “invasión interestelar” tendría cero sentido, pues en caso de que encontrase con otras especies de vida inteligente, no podrían precisar su origen, ni quiénes son realmente. Empiezo a complicarme con lo que explico, mejor sigo redactando sobre la exposición del “españolete”.

Habló de cómo los problemas bélicos también generan competencia intelectual, y como ejemplo se enfocó en la Guerra Fría, factor fundamental para que la Unión Soviética se catapultara como la máxima potencia en cuanto al estudio científico del espacio, y como respuesta los Estados Unidos visitaron la luna: hay quienes dudan de este acontecimiento, pero ese es otro tema. Dejando de siempre el lado humanitario, refirió que es muy posible que una tercera guerra mundial promueva la visita a Marte… en caso de haber sobrevivientes, pues son más de 10 los ejércitos altamente armados para defenderse y generar una destrucción fatal, con un efecto nuclear invernadero.

Únicamente sobrevivirían quienes pudieran vivir en cápsulas o escapar en un cohete al espacio (¿?), y entonces recordé la película de 2012, donde una gran nave (que bien podría ser el Arca de Noé), donde viajaban las personas más adineradas del mundo, algunas de sus mascotas, más los protagonistas pobres que lograron colarse, se estanca en los Himalaya luego de una especie de diluvio.

Yo, que me quedé en 2005, cuando se podía compartir imágenes y tonos polifónicos de celular a través del infrarrojo, que de software y hardware no entiendo ni pío. No sé hasta dónde nos alcance. No sé si la humanidad logre exponer todo su potencial intelectual científico... Desconozco de estos temas y no sé hasta qué punto sean ciertos. Hay quienes siguen creyendo que solo usamos el 5% de nuestra capacidad cerebral, y son esos “eruditos” quienes quieren poblar el universo, diversificarnos, como si los terrícolas fuéramos realmente útiles para el espacio; quieren expandir nuestra imagen, esa misma imagen que los ignorantes creen que un Dios supremo creó a su imagen y semejanza. Aquí compruebas que la extrema sabiduría bien pudiera confundirse con ignorancia o demencia: la línea que las divide es muy delgada.

El expositor vuelve a la realidad. Es consciente de la crisis global actual, que los gringos, a través de la NASA, no están en condiciones de hacer un viaje a Marte. De los rusos no habla. Es entonces cuando nos damos asco como humanidad. Sentí deseos de preguntarle que en dónde pudiéramos estar si la mitad del dinero destino a armamento bélico y seguridad social, o como se llame ese término referente a mantener policías y soldados para salvaguardar la integridad de sus habitantes, se destinara a la ciencia. Talvez ya habría inteligencia artificial al menos en nuestro vecino Marte. O talvez nosotros mismos ya lo estaríamos habitando.

“C de Ciencia” sueña con una humanidad unida. Siente lástima por Israel porque, la senda que finalmente logró llegar a la Luna, tras muchos problemas, lleva la frase "Small Country, Big Dreams": él asegura que los grandes sueños están en todos lados, incluso México. ¿Qué tendría que sacrificar un presidente tan burro y retrasado como AMLO para que nuestro país consolide una infraestructura que nos permita estudiar el espacio y viajar más allá de la capa de ozono?

Vaya que es un soñador, porque sólo en sueños podremos viajar sobre el espacio, al menos durante los siguientes tres siglos, puedo jurarlo. Ahora recuerdo al Duende Verde, de la primera película de Spiderman, cuando reniega porque “más de 40 mil años de evolución y apenas hemos tocado la vastedad del potencial humano”. Es decir, para los grandes científicos, vamos a paso lento, a pesar de que la tecnología nos tiene en un parámetro muy distinto al de hace 20 años, digo esta cifra porque en ese entonces yo aún era niño y podía creerme ciertas mentiras, como ver duendes y ovnis, y era imposible imaginarse usar un teléfono sin cables, pequeño, que pudiera tomar fotos y videos. Del internet ya ni hablamos, pues prácticamente no existía.

De hecho, un celular puede considerarse como una inteligencia artificial, con la cual podemos interactuar, y algunos químicos dicen conocer la fórmula del enamoramiento, y no sólo eso, aseguran que tiene equis o ye duración, dependiendo la persona, pero que no son más de cinco años.

La ponencia cerró con la frase "tenemos tiempo para que la energía oscura nos aleje", y recordé que recientemente se tomó la primera foto de un agujero negro. Ambos conceptos me revuelven la cabeza y me vuelvo bruto, por eso mejor pongo punto final a este escrito.

ASR

31 de marzo de 2019

Una anécdota bicicletera

"Se viaja no para buscar el destino, sino para huir de donde se parte."
Miguel de Unamuno

Qué bonito era pedalear en Ocotlán. Llegar el domingo, lunes o martes, según el semestre, tirar la maleta al suelo y en seguida ir por mi irreemplazable bicicleta, la Turbo Zero modelo 2005 negra con vivos rojos, que tan sólo costó mil pesos (tenía 50 por ciento de descuento por liquidación total) y al apreciarla de no muy lejos, sin duda podías pensar que su valor era mayor…mucho mayor.

 Partir hacia la Farmacia por alimentos chatarra para el resto de la semana, ir a la tienda de “Sanjua” por una Coca, palomitas de microondas o, de vez en cuando, unas caguamas; visitar a mis compañeros o amigos de la barra de Chivas, o bien, ir a clases…cualquier pretexto era ideal para tomar la rila y atravesar los caminos del cálido y pestilente pueblo.

Yo, pedaleando en mi Turbo Zero, allá en Oco, hace ya más de 10 años.



Incluso, en numerosas ocasiones jugué carreras con un par de niños. Jamás supe sus nombres y edades, menos dónde vivían. La competencia se realizaba en la Colonia El Porvenir, cuando los infantes salían de la primaria y yo me dirigía a la Universidad. Parecía absurdo, yo, con 18 años y ellos, dudo que superaran los 10.

La colonia en mención se localiza en el suroriente del pueblo, en un principio duraba 40 minutos para llegar al Cuciénega; semanas después, difícilmente dilataba más de 20. En cuanto doblaba para circular por la Calle Efraín González Luna (cuyos colonos le llaman, o llamaban “La Carretera”), los martes y miércoles, días que entraba a clases a las 12 horas, me interceptaban el par de escuincles, quienes salían de la primaria y para demostrarles mi superioridad, aceleraba.

En cierta ocasión casi atropellan a uno, al más pequeño, por mi culpa.

Aún corría el primer semestre, el sol ya no calaba tanto al mediodía y yo ya no trabajaba en la fábrica. Las fiestas locales habían terminado: debió ser entre noviembre y diciembre de 2006.

El tramo que va de sur a norte (hacia la Universidad), a la altura del puente del malecón, por el cual pasa el pasa el Río (ahora canal de aguas negras) Zula, está de subida. Ahí yo solía incrementar la velocidad para dejar atrás a los dos niños.

Pero aquella vez no supe cómo, pero me rebasaron. Entonces apresuré y al alcanzarlos, al más pequeño le cerré el paso para que se frenara y así ya no pudiera competirme. Pero él no se detuvo, pedaleó hacia su izquierda en un trayecto en declive. A gran velocidad, pasaban carros y uno de ellos dobló hacia el carril del sentido contrario, donde afortunadamente en ese instante no transitaban vehículos. De no haber hecho esta falta de tránsito, seguro el niño hubiese sido arrollado.

El chamaco solamente se rió. Yo me asusté, al grado de no volver a disputar otra carrerita. Las siguientes idas a la escuela los dejé que se fueran y que me ganaran y a los pocos días, antes de navidad, me cambié a un sitio más cercano a mi escuela.Con el paso de los semestres, usar la bicicleta dejó de ser costumbre.

Jamás creí sentir tal sentimiento nostálgico, pues siempre fue un simple acto de rutina impulsarme con los callejones llenos de tierra, baches, piedras, e incluso era incómodo cuando mi espalda se salpicaba de lodo en el temporal de lluvias.

Me acompaño casi cuatro años. Pocas veces falló, pese a que debí arreglarla más de diez ocasiones. Lo más lindo es que también fue útil a muchos amigos. Duró las vacaciones de 2008 arrumbada en la casa de una compañera.
Luego también la dejé junto a un árbol y al regresar, decenas de ramas se enrollaron en ella, como si me la quisieran robar;  lo comprobé al desatarla, pues las raíces y tallos parecían de acero.

Tiempo después, en febrero o marzo de 2009, volví a ver a aquellos adversarios de pedal, justo en el puente en que casi ocurre el fatal accidente. Recuerdo que llevé la bicicleta con el mecánico que la reparaba cuando vivía en esa zona y de repente, pasaron los dos imberbes, ya no parecían tan niños y como buenos ocotlenses globalizados, cambiaron sus bicis por motocicletas italika, creo que las debieron comprar en el Elektra de la calle Hidalgo, esa calle que lleva al centro estando en el CUCI.

Seguro me reconocieron: ambos voltearon hacia mí y sus rostros forjaron un gesto amable -o al menos eso percibí-, similar al que se hace cuando se quiere ser amigo de alguien;  creo que hice la misma mueca, antes de que echaran a andar sus vehículos de bajo ciclindraje y alto sonsonete al acelerar.

Publicado en mi muro de Facebook, en diciembre del 2011

ASR

27 de febrero de 2019

El miedo no anda en burro, va en bici



El barrio siempre ha sido peligroso, pero desde hace un año lo es más. No llovió pero el viento golpeaba e impedía la visibilidad como si llevara agua. Salí de mi punto de encuentro a las 10 pm. Mientras cerraba el candado de mi bicicleta y me preparaba para circular, una motocicleta me cerró el paso.

“Disculpa, bro, ¿tienes una llave que me puedas prestar?”, me preguntó el conductor de la moto, antes de que tuviera tiempo de ver su rostro. Se trataba de un chavo que difícilmente tendría la mayoría de edad: así lo intuí en ese momento por su voz, su estatura y esos rasgos con poco vello y unos cuantos granos de acné: esos rasgos característicos de la pubertad que se aferran a destruir la ternura y la suavidad de la niñez.

Tardé en responder y lo miré fijamente, no sé, dos o tres segundos. Notó mi incomodidad, entonces le dije, ¿cualquier llave?, y sin esperar respuesta, le di la del candado de mi bici, que en ese momento sostenía otras cinco: la casa donde crecí, la casa donde ahora vivo, la de otra bicicleta que tengo abandonada y la de una maleta.

"Said the stars", Deviantart


También se dio cuenta que desconfié al entregársela. Seguramente leyó mi expresión facial que demostraba con claridad cierto miedo disfrazado de timidez y que a la vez se preguntaba: “¿para qué demonios quieres una llave?”. Pero de inmediato hizo su cometido: colocó minuciosamente la punta de la llave de candado sobre el interruptor de encendido, lo giró levemente y, como por obra de magia, arrancó el motor de su moto de bajo cilindraje, en la que se disponía a hacer la entrega de un pedido de tacos (enfrente del lugar al que fui hay un pequeño puesto de comida y realizan entregas a domicilio). Me sorprendí. ¡Ahora entiendo por qué es tan fácil robarlas!

Me dio las gracias, sin antes decirme: ¡está bien chido tu llavero del Liverpool!

Nos fuimos por caminos distintos. Él por la derecha, yo por la izquierda. Rumbo a la casa pasé por un recinto funerario bastante modesto, donde también la noche anterior había gente. Desconozco si las mismas, y si a quien despedían era al mismo fallecido. Pero había muchas más personas, divididas en círculos, por así decirlo, de acuerdo a la posición que formaban alrededor de los árboles de la banqueta y de las bancas del interior. Avancé a paso semilento, porque a mi lado iba un camión a una velocidad estable, invadiendo ambos carriles, por lo que resultó complicado rebasarlo. Fue esta circunstancia la que me permitió escuchar un fuerte berrido, al parecer de un anciano; un par de gemidos, emitidos por una viejita, y desde el interior uno que otro llanto.

Debí frenar porque el camión me cerró el paso. Se detuvo para bajar a una señora que precisamente ingresó a la funeraria y entonces me ganó el morbo: giré hacia mi lado derecho para contemplar el oscuro paisaje: muchas motos, muchos tatuajes, camisas negras, algunas con el número 13 con molde estilo grafiti o tatuaje de marero salvatrucha, además de un par de ojos húmedos. Uno de esos círculos estaba integrado por jóvenes, cuyo caló pandillero se expresaba con menos “flow” a causa de los suspiros emitidos durante la conversación.

Cuando aceleré, el 258 ya se encontraba a una cuadra. Di la penúltima vuelta al lado diestro de mi viaje y al fondo se apreciaba una patrulla, con las sirenas apagadas. Más suspenso en esta noche. Traté de serenarme, porque presentí que algo malo podía estar pasando. Un escalofrío me puso en alerta y tuve un mal presentimiento: todos estos acontecimientos podrían ser una mala señal. Pensé qué podía responderles a los policías en caso de un interrogatorio, cómo debía presentarme y explicarles que me dirigía a un coto ubicado a unos 30 metros de donde se encontraban. Es que no he superado aquel par de desafortunados encuentros con este tipo de autoridades, uno en 2008, el otro un año después. En la primera ocasión me acusaron de orinar en una cancha de fútbol, lo cual no fue cierto, y me libré de ellos gracias al oficio de mi papá: los polis temen a los militares. La segunda vez no la mencionaré, pero también se impuso mi inocencia.

Pero para este probable tercer encuentro ya no había una credencial que me acreditara como hijo de un integrante de la Fuerza Aérea, o la de practicante de un periódico con cierto prestigio. Mi plan de defensa lo interrumpió un carro que apareció de repente, con las luces apagadas, y se detuvo junto a la unidad policial. Para no verme sospechoso circulé de la forma más común, lo cual fue posible al notar que el misterio que producían ambos vehículos también impresionó a dos señoras que recogían su puesto de venta de comida chatarra.

En ambas aceras también había autos estacionados, por lo que el espacio quedó muy reducido; por si fuera poco estaba abierta una puerta de la patrulla. Giré calculando no estamparme y apenas logré superar este obstáculo, sucedió un encuentro inesperado, pese a mis malos presentimientos resientes: mi mirada chocó con la de un policía, y sus ojos me estremecieron.

La situación podría compararse con el cara a cara de dos boxeadores tras la ceremonia del pesaje, donde yo era el campeón prepotente y él un novato, o un peleador a modo para lucirme. Lo digo porque se sorprendió al verme y su expresión fue lúgubre; sus ojos se nublaron, como si se hubiera encontrado con un fantasma o un ser maligno, aunque su reacción no tardó ni una milésima de segundo: dirigió la mano hacia su pistola y la sujetó. Me “enfrenté” a alguien que está expuesto constantemente al peligro, y como no soy una estrella del boxeo, mi instinto me impulsó a saludarlo con un “buenas noches” para dar mi última torcida al lado derecho y ponerle fin a tan desagradable encuentro.

Como bien se sabe, de noche todos los gatos son pardos y debo detallar, a favor de la actitud trémula del oficial, que ese día yo iba vestido todo de negro, con la capucha de mi sudadera puesta, precisamente por el viento.

Aquel miedo que sentí y que percibió el chico motociclista debió ser el mismo que experimentó el policía cuando pasé a su lado: esa inquietud de que algo malo sucederá y quizá ya no tengamos la oportunidad, el lujo de contárselo a alguien. O talvez fue mayor y no precisamente por tratarse de mí, sino simplemente es esa inquietud que siempre tenemos presente quienes radicamos en una ciudad insegura, en un país que socialmente está podrido desde hace un rato.

Además, ante el motociclista reaccioné diferente, quizás porque yo no portaba pistola, y porque a pesar del desprecio que aún siento hacia esa profesión, en aquella noche lo consideré mi aliado, aquella persona que podría auxiliarme en caso de que alguno de los asistentes al velorio le molestara mi presencia y me agrediera, o de algún otro sujeto que me atacara para después escapar en moto.

Y también yo quise ser su amigo, porque tanto me impactó el terror que reflejó su fisonomía, que cuando vi que dirigió su mano hacia la funda de su pistola, ni siquiera me asuste y mi "buenas noches" fue como para decirle: “tranquilo, no voy hacerte daño”. Seguro que recordó alguna emboscada, ya sea en un entrenamiento o peor aún, en la calle durante una rutina laboral, en uno de esos fatales ataques en los que cada año mueren muchos de sus colegas. Ya no volteé hacia atrás, porque entonces sí, habría parecido un desafío a la autoridad, o mi actitud hubiera sido sospechosa, y no habría sabido qué decir. Pero su mirada seguía en mis entrañas. Pensé en que al llegar a su casa, besaría a su esposa o a sus hijos. También recordé el semblante del reo que describe el Príncipe Mishkin, protagonista de El Idiota de Fiodor Dostoievski,  antes de ser dirigido a la guillotina. 

Siempre es emocionante lo que sucede entre la noche, conocer a las criaturas de hábitos nocturnos y lo vulnerables que somos ante ellos quienes optamos por dormir en dicho horario. Dicen que el miedo no anda en burro. Al menos aquella noche circuló en bici y después en una patrulla de la comisaría municipal.

ASR

31 de enero de 2019

Te espero en sueños

Soñar que me persigues se ha hecho una costumbre en este último año. Y me agrada demasiado. Talvez por eso permanezco en el mismo lugar, de noche y entre neblinas, con mi fe puesta en que algún día tropezarás nuevamente en mi camino.

Lonely Boy, by Hatsukochan (Deviantart)

Cuando cierro los ojos y duermo, apareces en sitios y épocas que no correspondimos. Una vez pasaste lejos y aceleraste el paso al sentir mi presencia; un par de noches después, mientras yo estaba tendido sobre el suelo, caminaste lento junto a mí, haciendo sonar tus pasos, y ni siquiera te dignaste a hablarme; posteriormente, mientras esperaba a mi novia para salir quién sabe adónde, apareciste en mi cuarto solo para besarme y te fuiste enseguida, así de rápido como llegaste.


Por eso nunca me acabo los chocolates y en otoño guardo mandarinas. Es que quiero compartirlo contigo, porque te gustan. Subrayo frases de mis libros, esas que no puedo leerte en sueños. Sé que volverás a pasar por aquí, aunque sea por curiosidad. No sé cuándo sucederá, pero de momento me preparo para ese encuentro: cierro mis ojos y me quedo dormido. Ensayo las palabras, los diálogos, pero sobre todo las miradas que intercambiamos en mis sueños. Y qué importa si no llegas, porque desde hace un tiempo también me preparo para quedarme dormido para siempre.


ASR

28 de diciembre de 2018

Mi Liverpool

En mi último día en Liverpool me paré frente a un muelle del Albert Dock. Caminé más de una hora y vislumbré el panorama porque quería convencerme, o encontrar argumentos contundentes que me permitieran comparar esta mítica ciudad inglesa con el sitio donde nací.

Evoqué recuerdos y mi mente viajó a Puerto Vallarta. No fue sencillo porque el aire, que soplaba a paso lento pero pegaba con fuerza, estaba tan helado que me quemó los cachetes. No exagero. ¿Algún día usaré bufanda, pants, gorro y chamarra en mi bello pueblito? Seguro que no. En aquel momento, finales de septiembre de este extraordinario 2018, estaría derritiéndome. ¿Se puede comparar a las playas celestes y cálidas del malecón y al delgado Río Cuale, de color café lodo, con el Río Mersey y el Atlántico, que parecieran ser una masa uniforme azul-grisácea, por así describirla, en todos los sentidos? Imposible.

Panorama desde el muelle del Albert Dock (Instagram)

Le encontré más parecido con Guadalajara, donde vivo desde hace 18 años: industrializada, gente interesante, bonita y que, a pesar de tanta mezcla cultural, se niega a perder sus raíces y su esencia; su principal arma en esta batalla contra la globalización es el dialecto “scause”, extremadamente gutural, que por momentos crees estar en Alemania y no en el Reino Unido.

Predominan las personas rubias, pelirrojas y caucásicas ante los afroeuropeos, filipinos, indios, chinos, coreanos y demás asiáticos que arrasan en ciudades más grandes como Londres, Manchester y Birmingham. Así como en Jalisco nos vanagloriamos del mariachi, el tequila y las Chivas, en Liverpool presumen a muerte a los Beatles y a sus Reds.

Al igual que en la Perla Tapatía, rápido identifican a un turista y me sentí el bicho raro de la ciudad, como esos gringos güeros de ojos azules y apellido anglosajón que caminan por los alrededores del Mercado San Juan de Dios y el Cultural Cabañas. Durante la semana que estuve en este frío puerto, a diario necesité orientación, ya sea dentro de un centro comercial o para tomar un camión, y no fue fácil, pero las personas tenían la paciencia para explicarme con señas y palabras más inglesas y menos scause.

Después de auxiliarme preguntaban por mi origen. Yo les respondía con mi acento natural: “de México… I´m from México”.  -“¿where?... ¿Morocco?... ¿Monaco?... ¿Malta?... (lo pronuncian Mooolto)”.
-“No, de Mecsicoou, from México”… -“Ah, Mexicuo!... Nice!”

Me molesta demasiado que le digan Mexicou a mi país, quizá porque me recuerda a los gringos (los londinenses lo pronuncian muy suave y con “s”: Miísico).  

Aquel último día, mientras contemplaba las cadenas repletas de candados, moda impuesta por el escritor italiano Federico Moccia, me invadió la nostalgia. ¿Cuál nombre podría escribir en un candado antes de lanzar la llave al agua? Quizá ninguno, realmente, porque en ese preciso momento, más que pensar en alguien especial, sentía más coraje y arrepentimiento que melancolía, por no haberme atrevido a cruzar el gran charco antes, durante mi primera juventud. El miedo al desafío y al fracaso generó una indiferencia mayúscula a mis sueños, y me sentí triste.

Entonces cerré los ojos y sonreí porque recordé que, al gran José Alfredo, un arriero le dijo que lo importante es saber llegar. Contemplé cuál o cuáles nombres rayaría sobre un candado. Debería ser alguien especial, capaz de acompañarme en ese momento. Honestamente, no pensé en alguien… no en alguna alma que ya se fue: más bien me imaginaba acompañado de seres que aún viven… aunque siendo honestos, preferí haber estado solo, porque se trataba de una excursión para conocerme mejor, y poco importaba no tener un candado con dedicatoria.


Los famosos candados (Instagram)

Estaba contento por haber recorrido aquellas calles en las que crecieron John Lennon y Steven Gerrard, de escuchar música agradable por todos lados y ver gimnasios de boxeo, donde probablemente llegaron a entrenar los hermanos Liam, Callum, Stephen y Paul Smith, Tony Bellew, Joseph Parker o Rocky Fielding.

Pero lo más bello, sublime e inigualable fue presenciar Anfield Stadium: ese fue el objetivo de mi viaje que soñé desde niño, el motivo por el cual me atreví a irme enfermo, a pagar hasta cuatro veces más el costo original de un boleto para entrar a la casa de mi equipo preferido y con nada podía cambiarse.

Un día antes aterricé en Manchester pensando en mi templo futbolero. Hacía un frío del demonio, debido a un huracán en Irlanda. Llevaba una maleta mediana, una cobija más una mochila repleta de medicina. Completamente aterido tomé un tren y para mi mala fortuna empezó a chispear unos 10 minutos antes de llegar a Lime Street, el último destino de la travesía a la ciudad de Liverpool.

Primer día 

Afortunadamente no me falló la respiración y, como buena ciudad primermundista, la estación de camiones se encuentra enfrente de la terminal de tren. Tomé el número 17, una de las tantas rutas que conducen a Anfield Road, talvez el destino más solicitado de la metrópoli, pues hay quienes dicen que se cuentan por cientos los visitantes que llegan cada semana exclusivamente para ver un juego del Liverpool Football Club. Y sí lo creo. De verdad es monstruoso el fervor que despierta mi amado club.

Bajé del bus frente a la casa de mis Reds y me sorprendió lo pequeño que es. Sabía que no supera la capacidad de 50 mil asistentes; aún así contemplaba un inmueble capaz de albergarnos a los millones de fanáticos que somos alrededor de todo el mundo. Apenas y caía agua pero había un miedo inmenso por enfermarme, así que esperé junto a las ventanillas donde se venden boletos para los partidos y recorridos al interior del estadio, donde me resguardé bajo la cornisa de una ventana hasta que las gotas se intensificaron.
Fue así que entré a la tienda. Compré dos jerseys, una pluma, un llavero y no recuerdo qué más. Detecté de inmediato el dialecto scouse, y de fondo sonaba esa canción que se popularizó a inicios de año que dice: “Salah, tarararararaaa, oh, Mane Mane, tarararararaa”, como si se estuviera cantando la clásica oldie “Sugar, sugar”.

Al salir seguía lloviendo y el cielo permanecía totalmente nublado. Tomé un taxi rumbo al cuarto que renté en Airbnb.  No tiene caso hacer mención del bochornoso choque cultural que tuve con los filipinos donde me hospedé. Mejor continuaré con lo acontecido aquel sábado 22 de septiembre, a las 15:30 locales, del partido contra Southampton. Fui al lugar donde acordaron entregarme un boleto, que resultó ser una tarjeta de entrada de un tal “Mrs Frances Robinson”, en el área Kop Grandstand.  

Pese al frío se vivía una fiesta en los alrededores de Anfield Road: los pubs a reventar, el “Allez Allez Allez” se entonaba a cada rato, y justo frente a la estatua de Bill Shankly se presentaba una banda de rock, que me hizo latir el corazón cuando después de una canción desconocida tocaron “Town called Malice”, un himno ochentero y que desde hace dos años reproduzco en el teléfono o en la computadora al menos una vez al mes. Otro clásico que también presencié en vivo por un grupo local, pero que por algún desconocido motivo ya no escucho tan seguido, es “Here Comes the Sun”, una de mis canciones preferidas y que sonaba desde mis neuronas a partir de enero, momento en que decidí comprar el viaje y me imaginaba caminando en Liverpool.


Here comes the sun


No existen palabras, ni suficiente cursilería, para describir lo que sentí al contemplar el campo de Anfield. Cierto es que ya no era la misma emoción porque ya no está ninguno de los grandes ídolos que soñé ver en vivo vistiendo el jersey rojo; han pasado muchos años y Owen y Gerrard ya están retirados; Fernando Torres se encuentra en el ocaso de su carrera y Suárez, al igual que el “Niño”, nos abandonó en su mejor momento futbolístico.
Tampoco quedan guerreros sólidos como Jamie Carragher o Daniel Agger y, por si fuera poco, Mohamed Salah demuestra que si brilló en el nivel más alto hasta los 25 años y no a las 17 como Messi o CR7, es porque, si bien no es un “One season wonder” como muchos aseguran, difícilmente mantendrá ese nivel por muchos años: más bien es semejante a una súper estrella que no es constante, como Zlatan Ibrahimovic, Neymar, Kaká y mil más que parecían ser inmortales por sus jugadas bellas y goles de antología, y por equis o ye razón bajaron su nivel considerablemente. Eso creo y deseo de todo corazón equivocarme, porque el “Egyptian King” es mi jugador preferido de la actualidad.


¡Anfield!

En este equipo no hay ídolos que sean el gran referente: un día la figura es Mané, el siguiente compromiso lo es Firmino y hasta Wijnaldum puede figurar como jugador del partido; en este esquema el motor y principal estrella es el estratega Jurgen Klopp. Contamos con Virgil Van Dijk, un central con una fina clase nunca antes visto en los pasillos de Anfield, que se rompe el alma cada juego demostrando por qué prefirió venir a Merseyside en lugar del Manchester City, que desquita cada una de las 65 millones de libras esterlinas que costó y que, estoy seguro, muy pronto será el capitán. Lo digo por la forma en que lo vi ordenar cada línea de la cancha en aquella inolvidable tarde inglesa, correspondiente a la jornada 6 de la Premier League.

Y si bien ya no existen los kamikazes como Agger o Carragher, es porque ya no necesitamos estar rezando cada fin de semana para ganar por un gol o por no dejarnos empatar: ya hay más ideas y clase en el once inicial y también en la banca, lo cual ha sido un arma fundamental para ganar la liga, tal como lo hicieron Arsenal, Manchester United y Chelsea durante la década pasada, lo mismo que para consolidar una hegemonía como la que buscan construir los Citizens.

Aún así Andy Robertson, James Milner, Jordan Henderson y Trent Alexander-Arnold dejan el corazón al disputar la pelota. Un caso especial es el de Xerdan Shaquiri, quien en lo poco que ha jugado ha marcado diferencia; poco a poco la gente corea su nombre y pronto se escucharán himnos en referencia a él. Ahora que lo digo, fue bellísimo sentir en Anfield cómo se canta el nombre de un futbolista cada que realizaba una jugada importante o tocaba el balón cerca del área. Muy gracioso es cómo le dicen al 9 brasileño “Bobby Fomíno”.

Todos estos cracks están a un solo paso de la grandeza, la cual quedó eclipsada en la pasada final de la Champions League, cuyo desenlace ni caso tiene mencionar (Fuck you, Ramos and Karius!), aunque sí me asusta que el meta Allison, que del poco ataque que recibe tapa casi todo, ha cometido graves errores en al menos cuatro anotaciones. En fin, hay que tenerle fe.

En las gradas de The Kop volví a reír al recordar que toda esta pasión comenzó con aquel contragolpe de Michael Owen, quien tras un excepcional pase de David Beckham, dribló a Roberto Ayala y otro defensa argentino en el Mundial de Francia 98. Yo tenía 10 años y era mi primer juego como fanático del fútbol internacional y no tenía la más remota idea de lo insignificante que es “El niño Maravilla” ante la historia del Liverpool. En ese entonces todo mundo amaba a Ronaldo, el “Fenómeno”, y Zinedine Zidane se apuntaba como la figura de la Copa. Pero a mí me maravilló el atacante de los Tres Leones.

Después de Liverpool me fui a Londres, lo cual no tenía contemplado porque no quería estar en una ciudad inmensa, que es referente de los viajeros fresas. Pero al no poder ir a Escocia ni a Irlanda por recomendación médica opté por aprovechar que se disputaría un juegazo ante Chelsea, en busca de consolidarse como líderes. No pude entrar, fue triste conocer el racismo de un gran sector de hinchas, y peor aún el fraudulento negocio de la reventa en línea. Pero lo más triste fue no poder ver desde las gradas el golazo de Daniel Sturridge con el que se empató el marcador antes de concluir el partido.

El último día en la isla Bretaña lo pasé en Manchester, que se asemeja a Guadalajara en más aspectos que Liverpool, principalmente porque también está en el oeste, no es costa y el aeropuerto se localiza en el sur de la ciudad. Además la actitud rebelde de un poeta-vagabundo, que se presentaba con una carpeta titulada “Homeless but still human” me recordó a un par de amigos y conocidos.

De la ciudad de los hermanos Gallagher me sorprendió la gran cantidad de grafitis, la nula seguridad en el metro pese a las advertencias de ser multado si no pagaste el ticket, la rivalidad entre el United y el City se percibe por doquier y hay toda clase de asiáticos de ojos rasgados, desde algunos casi rubios y ojiverdes, hasta algunos muy morenos, con ciertas facciones afro. Me hospedé en Gatley, poblado que queda a 5 minutos del aeropuerto, con una familia de coreanos, gente muy trabajadora y amable. La casa es hermosa, como la mayoría de esa región. Extrañamente en el centro no vi tantas manifestaciones musicales como en Liverpool y Londres, a pesar de que en Manchester surgieron grandes agrupaciones que han marcado tendencia, como The Stone Roses, The Smiths y por su puesto Oasis.

Quedé sorprendido porque los ingleses no son tan fríos como los pintan en muchos lugares y como creí que serían. O al menos no los que conocí. Tenía la idea de que el fútbol era mera distracción, pero es mucho más que eso. Desde luego que hay un amplio sector que lo sigue de lejos, que sólo se interesa por el balón de gajos durante el mundial. Aman a su país, comprenden que la situación global es grave y asumen la culpa histórica que tienen al haber invadido prácticamente todos los rincones del planeta: basta con ver el centro de Londres infestado de monumentos bélicos. No les incomoda que los anuncios publicitarios de tv los protagonicen personas con ojos rasgados o de piel más oscura que la mayoría de su población. Les gusta ser visitados y explicar su historia: en ningún momento me sentí un invasor. También fue sorprendente escuchar por todos lados música de Bob Marley.

Es imposible olvidar breves encuentros amistosos, como a la dulce señora londinense de unos cincuenta años, rubia y de lentes, de cabello a la altura de los hombros, al estilo He-Man o Willy Wonka, que me explicó qué rutas tomar para ir al Big Ben y al London Bridge. Charlamos más de 5 minutos y cuando el chofer no me permitió subir porque el pasaje sólo funciona vía prepago, ella se ofreció a pagar con su tarjeta, aunque tampoco se la recibieron porque el conductor está inhabilitado a hacerlo. Le expliqué que sabía llegar a la estación del Tren de Fulham Broadway, la cual estaba a siete u ocho cuadras, y nos despedimos con una sonrisa mutua en los ojos. Otra mujer mayor, Nora, con quien me hospedé, me comentó que en su juventud, allá a inicios de los 80’s, viajó con su entonces novio y hoy ex esposo a México y que sólo conoció un lugar pero quedó encantada: Puerto Vallarta, mi pueblito, y le presumí que tengo el privilegio de haber nacido allí.

Liverpool es la más pequeña de las principales urbes de Inglaterra, talvez por ese detalle la considero la mejor. Quedé enamorado de sus meseras rubias, en específico la del Café Nero que acarició mi hombro luego de decir con gran dificultad "mucho gusto" cuando le respondí que soy mexa; de sus cantantes urbanos y de sus niños alegres y bromistas, y me fui feliz porque conocí a la gente que habita esta ciudad que siempre me enajenó un tanto; mientras esperaba el tren para Londres, un señor ya mayor, empleado de la terminal, vio mi bufanda roja y se burló porque mi equipo no es campeón desde hace más de un cuarto de siglo. En eso llegó un amigo suyo y le reviró: ¡dile a cuál equipo le vas! Riéndose explicó que su equipo es de color azul… ¡el Everton! Agregó que lo único bueno del Chelsea es que visten azul. Y volvió a burlarse porque los blues londinenses nos eliminaron de la Copa Carabao a media semana.

De hecho vi ese partido que perdimos 2-1 en un pub genial llamado “The Church”, ubicado a dos cuadras de Anfield Stadium y, tal cual, es una iglesia: su arquitectura por dentro y fuera, las sillas, las alfombras y ventanales parecen que en lugar de fanáticos de fútbol, quienes llegarán a este lugar son monaguillos y curas. Fue todo un espectáculo porque me comí una hamburguesa y tomé agua. Curioso fue que al llegar estaba a reventar y debí sentarme en el suelo para comer, pero 10 minutos antes del arranque del juego todo mundo se fue: los clientes son los mismos fanáticos que van al estadio, y quienes no tienen ticket no eligen un bar o cantina: suelen irse a un restaurante.


The Church

Cuando sonó el silbatazo final, The Church y los otros pubs de alrededor volvieron a llenarse. Vi muchos rostros que habían estado aquí hace dos horas. Por las calles las personas debatían las jugadas tácticas claves que significaron haber sido eliminados por los Blues: mujeres, hombres, niños, ancianos, con o sin jersey rojo, negro, gris o amarillo de nuestro equipo destacaban todo tipo de detalle. De verdad en Liverpool se ama al fútbol como en pocos lugares, sin la falsa pasión argentina, ni el patético análisis que solemos tener los mexicanos: allá se vive el fútbol con inteligencia y colorido cálido.

Unos cuantos minutos después, ya de noche, todo se volvió penumbra: pareciera que los habitantes recordaran que esta ciudad fue por muchos años el principal centro de tráfico de esclavos, o lo desastroso que resultó la Segunda Guerra Mundial. Al menos pueden presumir que desde su puerto pudieron haber zarpado los padres de grandes atletas y pensadores afroamericanos hasta 1807, año en que Gran Bretaña aprobó la prohibición del comercio esclavista. O talvez rememoraron alguno de los más de 80 bombardeos que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial, y que mataron a más de  2,500 personas, dañando casi la mitad de los edificios.

Ese último día en Liverpool, recién salí del Museo y un músico empezó a tocar “Wild World”, de Cat Stevens, una melodía ideal para esa estampa personal compuesta de aire gélido, un sol radiante, mi mente semivacía y mi corazón melancólico, entre monumentos y honores que se rinden a las personas que fallecieron en las grandes guerras mundiales. Curiosamente, mientras redacto este escrito, vi en Youtube un dueto de Yusuf Islam (nombre musulmán de Stevens) con Chris Cornell. El coro de este bellísimo tema, que dice I'll always remember you like a child, girl, me recuerda nuevamente a Christina.

Mejor momento no podía haber para escuchar a un cantante decir que el mundo es salvaje: en lugar de una chica que amamos nos escuchaba el cielo y los turistas que grababan el momento y dejaban monedas al músico, al tiempo que apreciaban los candados y el paisaje, parecían comprendernos. También fueron testigos de que la ciudad de John, Paul, George y Ringo se presta para la nostalgia.



Wild World... video para la ocasión

Mi bello Liverpool, no entiendo por qué una tienda comercial lleva tu nombre: no hay razón si nos consta que se trata de un lugar 100 por ciento musical y futbolero. Tus habitantes te llaman “The World In One City (el mundo en una ciudad)", frase que a mi parecer encajaría mejor en Londres, aunque el lema de tu escudo, galardonado por Neptuno, Tritón y aves liver no podría ser mejor: "Deus Nobis Haec Otia Fecit (Dios nos ha dado esta tranquilidad)", tranquilidad que se manifiesta entre niebla y árboles con frutos rojos, y desaparece cada momento en que cientos de músicos que ahí se concentran invaden tus plazas, pero sobre todo cuando juegan tus Reds y, ¿por qué no destacarlo?, una que otra vez que se presenta el Everton, esos que ensucian Stanley Park con papelitos azules de los dulces Toffees y tienen cánticos creativos como el del taxi, que seguro ningún entrenador quisiera que le dedicasen.

Se asume la responsabilidad, pero en Liverpool no hay remordimientos ni rencores. En 1952 este puerto se hermanó con Colonia, Alemania, ciudad con la que compartió la terrible experiencia de los constantes y mortales bombardeos aéreos. Su gélida bahía, donde múltiples tubos y demás figuras metálicas sustituyen a los árboles amarillos que me recordaron a las primaveras tapatías, y a los de frutitas rojas que colorean las cuadras aledañas, se distingue por los muelles por donde pasaron los más de 5 mil barcos negreros ahí construidos y que cambiaban a los cautivos africanos por mercancía como azúcar, algodón o trigo, y según entendí el principal destino era Kingston, Jamaica, antes de redistribuirlos en el norte de América, principalmente. Abrí los ojos, sobre la masa grisácea del Merseyside vislumbré una de esas naves marítimas, probablemente el Zong, mientras se hundía, a pesar de que dicha tragedia sucedió en las costas del continente negro. Pero mejor hablemos de música. Aprendí que además de The Beatles, la gente presume a The Scaffold y a Frankie Goes to Hollywood.

Talvez las Chivas y los Reds no se parecen como siempre quise estar convencido: fueron los más ganadores muchos años y últimamente las sequías de títulos son monstruosas: no ganar la liga desde 29 años duele en el alma, y este año no pueden fallarle a la Premier League. Se tiene una base sólida para competirle al Manchester City. Tampoco puedo comparar al Atlas con el Everton: los azules alguna vez fueron grandes y conservan su identidad y dignidad. Y si hablamos en términos urbanísticos y sociales, realmente en casi nada coinciden las capitales de Jalisco y Merseyside. En pocas palabras, el orden europeo no concuerda con el desmadre latinoamericano. Esa es nuestra triste realidad.

El otoño ha terminado y ya van dos veces que sueño que regreso a Liverpool. Ahora entiendo por qué meses atrás, cuando sentí que agonizaba por falta de aire en los pulmones y de fuerzas en todo el cuerpo, le pedí a Dios que me permitiera realizar ese viaje, incluso como última voluntad. Se trataba de una experiencia única. Ahora quiero regresar para tomarme una pinta en The Church; ansío una revancha y quiero conocer Edimburgo, Glasgow y Dublín, pero más anhelo volver a pisar el suelo del puerto más bonito de Inglaterra, pasearme en barco, escuchar de nuevo al muchacho de cabello largo y negro que, más que inglés, parecía español o turco, y preguntarle a quién le dedicó “Wild World” aquella tarde de septiembre y si ha dejado un candado sobre las cadenas, porque no creo que la haya entonado solo para deleitar a los turistas; quiero volver a descubrir nuevas buenas bandas como Keywest, quienes tocaron en Liverpool One.

Ya en el aeropuerto de Cancún platiqué con dos señores ingleses, uno fanático del Manchester City, otro de Liverpool, que iba con sus dos hijos, digamos que de 4 y 6 años, vestidos del uniforme morado y el dorsal 11 de Mo Salah. Obviamente hablamos de fútbol y me despedí recomendándoles que visiten Mérida, en caso de estar varios días en México, con el profundo deseo de que nada malo les pase a ellos ni a los cientos de europeos que llegaron en el mismo avión que yo, que regresaran a su gran isla con una buena impresión de mi país, y, por supuesto, con el propósito más vivo que nunca de volver a Anfield Stadium y al muelle de Albert Dock, rezando para poder presumirle a mis amigos que conocí Liverpool el año en que mis rojos por fin ganaron la Premier League.


Confío en que estos cracks harán historia

ASR

2 de diciembre de 2018

Aquel primer brote de nostalgia


Corría el verano del 2005 cuando me resigné a la ausencia de mis mejores amigos de la infancia y no hubo más consuelo que impregnar en la memoria decenas de momentos que difícilmente volverían a repetirse. En aquel entonces, a punto estaba de terminar el ciclo escolar y me alistaba para asumir la mayoría de edad.

Repleto de dudas y remordimientos, planeaba cómo cerrar de la manera más digna posible los dos últimos semestres de preparatoria, etapa que fue un desastre, y estaba indeciso respecto a cuál carrera debía cursar. ¿Letras hispánicas? ¿Historia? ¿Biología?... ¿Periodismo…?

Rysunekremremkolor3res, by Natello (Deviantart)



Un jueves de aquellos días nublados, lo recuerdo como si fuera ayer porque no tuve clases, ya que solo faltaban los exámenes finales, trataba de leer Los Miserables, de Víctor Hugo, pero me era imposible superar la página 30 (debí esperar tres años más para lograrlo, duele reconocerlo). Sin nada que hacer, estuve en cama desde que desperté.

Las ideas para definir mi “futuro” se bloqueaban por recuerdos infantiles provenientes de Puerto Vallarta, Mérida y Tuxtla Gutiérrez, tales como un par de goles que anoté desde medio campo (en canchas de 11 contra 11, obviamente), los barrenos y petardos que quemábamos en navidades, los Transformers de Guerra de Bestias de a 100 pesos que me regalaban porque me iba bien en la escuela y los papalotes que volaba con mis hermanas.
Tumbado en la cama desde que amaneció, únicamente me paré a desayunar y a comer. Debían ser las cinco de la tarde cuando me armé de valor para interrumpir aquel “oblomovismo” o “Síndrome de la Inacción” (recién leí a Iván Turgueniev y debo presumir). Mientras me lavaba la cara vi mis ojos brillosos a causa de la pena, silencio, tristeza y demás síntomas que conforman a la nostalgia: eso fue, porque a pesar de estar acostado, no tenía sueño ni flojera, puedo jurarlo.

Aquel jueves, luego de secarme el rostro y ponerme un jersey de las Chivas, salí a la calle, sin saber precisamente adónde. El clima era acorde a mi estado de ánimo: las nubes bloqueaban hasta al más ligero rayo solar y el piso estaba levemente húmedo, como mis ojos, por una constante llovizna. No está demás precisar que se sentía un poco de frío, ese que se siente a mediados de junio durante el inicio del temporal de lluvias, y que en menos de una semana sucumbe ante el formidable rey sol.

Doblé a la izquierda y seguí el camino que da a la Secundaria No. 14, donde cursé segundo y tercer grado. Llegué a una tienda donde vivía y trabajaba (porque atender el negocio familiar también es un empleo) una chica a la que yo le gustaba. Aún recuerdo aquel momento tan nefasto en que me la presentaron sus amigos. Lo habían intentado un par de veces, pero ella escapaba, por eso me hice un tanto del rogar, pero terminé accediendo y me acerqué caminando lo más natural posible a la jardinera en la que se reunía con sus amigas.

Justo cuando estiré la mano para presentarme, de nueva cuenta ella salió corriendo, muriéndose de risa. Hubo burlas, no sé si para ella, para mí o para ambos, pero me sentí un tanto ofendido, talvez porque pensé que algunas personas, que no sabían bien el contexto de la situación y vieron esa acción, creyeron que era yo quien quería conocerla y me mandaron aún más lejos que la “friend zone (no existía esta área en los primeros años del actual milenio)”. Por eso hice como si nada hubiera pasado y cada recreo evitaba pasar junto con ella. También evadí a sus amigos. No era guapa y estaba un tanto llenita, pero sus facciones me interesaban: piel muy blanca y ojos oscuros, cabello largo y negro, bastante bien cuidado, y su nariz grande sin llegar a lo grotesco y afilada… pero sobre todo su sonrisa, de verdad me gustaba. Pero yo era fantoche, un tanto arrogante y orgulloso (¿no son sinónimos esta tripleta de palabras egoístas?) y también traté de convencer a mi corazón de que que era una chavita equis más: una fanática de UFF o cualquier otro grupito chafa de moda en ese entonces. Ella iba en segundo, no recuerdo en cuál grupo, y yo en tercero. Llegamos a cruzarnos en los pasillos de la escuela no más de cinco veces. Nos reíamos luego de analizarnos de reojo casi al instante. Después supe que se llama o se llamaba Miroslava.

Talvez aquel día melancólico quería volver a sentirme querido, porque las miradas de las chicas de la preparatoria eran muy diferentes a las de secundaria. Ya no había respeto ni timidez, sino más directo, incluso sin amor. Por eso fui por una coca cola a la tienda de  Miroslava. La vi, me reconoció y casi aseguro que se sonrojó un poco. Al darme el cambio también sentí que acarició mis dedos. Como no sabía qué decir ni qué hacer, salí del local y seguí caminando hacia la secundaria. Luego fui por calles con nombres de haciendas que jamás había conocido. Crucé por algunas como La Rojeña, Jaramillo y Candelaria, donde vivían algunos compañeros que nunca visité en sus casas.

Esos terrenos no los conocí porque los mejores años de mi infancia los pasé en Mérida y en Tuxtla Gutiérrez: de la ciudad blanca recordaba muchos caminos: el de mi primaria, los supermercados San Francisco de Asís y Súper Maz. Me dolía haber cambiado Mérida por Chiapas: a Marco, Alonso, Fernanda, Alejandra, José Luis, José Manuel y Ecaterina por muchos niños que no me querían porque mi aspecto y mi acento en nada se parecía al de ellos. De Chiapas nada quería recordar: fui mal agradecido porque también tuve grandes amigos: Álvaro, Luis Enrique, Diego, Xóchitl, Ángeles, Raquel, Walter… tanto intenté olvidar mi estadía en aquel estado selvático, que cuando me agregaron a mi Facebook, me hice el de la mente nublada y aseguraba no recordarlos a todos, o distinguir si coincidimos en la unidad militar, en los 18 meses que estuve en la primaria o el primer grado de secundaria.  

Doblé hasta Circunvalación y llegué a Gigante para comprarme creo que otra coca. En ese entonces era la única tienda de autoservicio grande de la zona Oblatos y era imposible imaginar que siete años después se inauguraría una plaza grande, con tiendas como Liverpool y Office Depot. Ya era de noche cuando llegué al templo de San Onofre. Seguí imaginando una vida en Mérida… haber regresado a Guadalajara hasta la preparatoria, cuando ya encajé de lleno con todos los grupos… porque mi regreso a la Perla Tapatía, en el verano del 2000, también fue muy complicado…Ya no recuerdo qué hice al regresar a casa, pero seguro que no estudié por jugar futbol con Omar, Mauricio y Jonathan: supongo que ya estaban jugando y me uní a ellos, como sucedía cada que regresaba de la prepa a la casa (iba en el turno vespertino).

El siguiente verano sucedió lo mismo, esperando el resultado del examen para ingresar a la carrera de periodismo, imaginando cómo sería vivir en Ocotlán y seguro de que López Obrador era la mejor opción para ser nuestro presidente nacional (¡ja!). Pero de aquel ataque nostálgico no recuerdo con precisión el día en que cayó: pudo ser lunes, jueves o viernes con la misma facilidad: sólo sé que no fue en fin de semana porque cuando pasé por la secundaria se escuchaban ruidos y vi al maestro del taller de electrotecnia. Estuve todo el día en cama, pero ahora sí me había enfermado: no fui a clases toda una semana, aunque ya no era necesario, porque los trabajos finales ya estaban entregados. Desde las 8 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde, leí como 80 páginas de “Oliver Twist”, de la edición Porrúa Sepan Cuantos, que se caracterizan por tener las letras muy chicas y las hojas son grande: lo detallo porque quiero presumir que daba mis primeros pasos como asiduo lector de novelas y no solamente relatos cortos.

Por la tarde súbitamente me sentí mejor y después de estar tirado tantas horas salí a la calle. Para combatir el estrés busqué a Omar y a Mauricio, pero no estaban en su casa. No se me ocurrió sacar mi balón, como para dominarlo o patearlo a lo tonto mientras llegaban, y me senté en un tronco que estaba en forma de banco, justo en el portón del baldío de nuestra cuadra. Contemplé el cielo, que más bien parecía de otoño: muy gris con tintes rojizos, y recordé que justo un año había caminado melancólico mientras repasaba mi niñez. Pero en esa segunda ocasión evoqué los recuerdos de la secundaria, de lo complicado que fue no encajar en mi “flamante regreso” a Guadalajara, el lugar al que creía pertenecer: las bromas, la falta de respeto a los maestros y a los amigos que sí extrañaba y que debí valorar… y también de los compañeros que debí defenderme.

Repetí mi camino pero ya no encontré a Miroslava: en la tienda me atendió un señor muy panzón, con camisa de resaque, de esas que los gringos llaman “wife-beaters (golpea esposas, algo así”, como la que vestía el Chapo Guzmán cuando lo capturaron en un motel). Desilusionado pagué la coca cola y al llegar a la secundaria fue cuando en el estacionamiento vi al maestro de electrotecnia, de aquel que ya no recuerdo su nombre y que, según la leyenda, era velador antes de enseñarnos a soldar e impartir cátedra sobre inventores como Edison y Tesla.

Ese profesor tenía un hijo que daba clases de inglés. Si mal no recuerdo, cuando yo estaba en segundo él entró como suplente y después se quedó de forma permanente. Aunque de ninguno recuerdo su nombre, de ambos tengo buenos recuerdos: el padre fue el primer maestro que me llamó la atención cuando inicié mi etapa rebelde, ya en tercer grado. Cierto día me habló de los riesgos que corría al juntarme con X o Y compañero, y me dio a entender que yo no había nacido para ser estúpido: me dijo que era una persona de bien, de las que están para servir, o al menos no dañar, a la sociedad. Agradecí sus palabras, pero aún así seguí actuando como un estúpido otros tres años. Y su hijo jugaba basquetbol con nosotros. Brincaba mucho, lo cual se notaba más debido a su corta estatura. Era muy joven, creo que no tenía más de 25 años, porque estaba preparando su titulación.

No sé por qué olvidé sus nombres. Resulta un tanto incómodo porque recuerdo hasta los apellidos de unos cuantos docentes más que pasaron sin pena ni gloria por las aulas. No era malo enseñando en el taller, sabe si realmente fue velador antes de impartir clases. Al respecto hacíamos muchas bromas: equis o ye maestro eran cocineros o repartidores de agua antes de dar clases. Además asegurábamos que los intendentes darían clases dentro de unos cuantos años: unos de química, otros de español, según su lenguaje y trato que teníamos, porque con algunos nos llevábamos como si fueran un alumno más de la escuela.

Seguí leyendo Oliver Twist. Hoy duele confesar que me atrapó su cursilería que hoy tanto detesto: esos nefastos finales felices donde los villanos que no corrigen sus comportamientos deben morir, y los protagonistas, que siempre son buenos, viven felices para siempre. Como las telenovelas. Seguro Cuento de Navidad y Nicholas Nickebly han inspirado a papeles que interpretaron Thalía, Fernando Colunga, Eugenio Derbez y demás basura de actores televisivos. Poco después de aceptar que sus cuentos y novelas son lineales y predecibles, me decepcionó saber que Dickens fue un escritor bastante racista y falso.

Durante este otoño del 2018, por fin vi la última parte de El Padrino, esa mítica trilogía que, para muchos, solamente debieron realizarse dos entregas. Ya estoy en la tercer década de la vida y la nostalgia no nada más me hace suspirar: me exprime el corazón y me impulsa a proponerme metas que aún puedo realizar. En esta película se plasma a un Michael Corleone cansado, enfermo y afligido, enajenado con su hija Mary y arrepentido por haber asesinado a su hermano Fredo; sincero y expresivo, capaz de compartir el secreto de su primera esposa, por quien en las primeras películas jamás mostró sentimiento alguno tras su fallecimiento. Prolonga esa melancolía que apareció al final de la segunda parte, cuando recuerda una reunión con sus hermanos para celebrar el cumpleaños de su padre: ahí se ilustra con un solo acto la personalidad de cada uno de sus familiares.

                                            La escena más triste de El Padrino III

La número tres me pareció una película entretenida, muy lejos de las obras maestras que le antecedieron. Lo que más rescato es la expresión del gran Al Pacino cuando muere su hija. Y lo que sigue es una escena del heredero de Vito Corleone, totalmente anciano, que emplea sus últimos suspiros en recordar a Mary. Después muere, aislado de toda la riqueza que lo rodeó, sin estar junto a sus seres queridos.

Nostalgia también es saber perdonar, reconocer nuestros errores y regalarnos un poco de ternura que talvez nunca nadie nos regale. Hoy ya no me avergüenza decir que fui muy fan de Blink 182: que, a ese trío de chavorrucos de San Diego los veneré más que a los hermanos Gallagher; tampoco que, en sexto de primaria, gasté casi todo mi dinero en mirindas para completar el álbum de Pokemon, serie animada que un par de años después detesté demasiado.


No me cansaré de decir que quiero morir joven. Debe ser horrible estar lleno de recuerdos en un cuerpo cansado, que no reacciona como quisiera, y sin las personas que más quieres no sólo alejados de ti, sino que ya no estén en este mundo. Espero no llegar a las seis décadas y recordar con nostalgia cuando decía que no quería llegar a viejo.

Respecto a los libros, tengo dos pequeños libreros, con un par de obras de Dickens (Oliver Twist lo presté en 2006 y jamás me lo regresaron). Me quedan por leer como 15 ejemplares y ahora quiero volver a hojear todos aquellos que adornan mi cuarto y que invertí como siete años en coleccionar. A ver si alcanza la vida, y a ver cuántas nostalgias aparecen o renacen.

 ASR