Nunca me han gustado los eventos
tecnológicos masivos. Podría justificarme y decir que me abruma ver a tanto
chamaco “ñoño-poser", pero siendo honestos, la principal causa es que me
ha rebasado la comprensión de la ciencia, la cual avanza a pasos acelerados en
este milenio.
Por cuestiones laborales asistí a
la Expo Guadalajara los cinco días que duró el Talent Land 2019, desarrollado
durante la etapa final de abril. El primer evento que cubrí lo impartió Martí
“C de Ciencia”, un youtuber español que en su presentación “El sueño
interestelar” habló de la posibilidad de viajar a través del espacio-tiempo, y por
alguna extraña razón, me sentí como si fuera parte de la caricatura los
Halcones Galácticos.
Foto: Travelling through time and space
Sin contemplar cuestiones como la
atmósfera, condiciones planetarias y otros factores del mapa celeste, señaló que,
en unos cuantos miles de años, a través de seres desarrollados mediante la
inteligencia artificial, la humanidad podría viajar a la velocidad de la luz
con el objetico de poblar planetas.
Como mi capacidad se limita al
Sistema Solar (no imagino qué podría haber más allá de Plutón), me sentí un
antagonista secundario de Dragón Ball, de esos extraterrestres verdes, azules o
cafés que estaban al servicio de Freezer para conquistar distintos mundos. Y es
que suena imposible y ridículo, pero de ser cierto, Martí C comentó que estos
humanoides serían incapaces de conservar nuestras costumbres y sentimientos,
por lo que esa “invasión interestelar” tendría cero sentido, pues en caso de
que encontrase con otras especies de vida inteligente, no podrían precisar su
origen, ni quiénes son realmente. Empiezo a complicarme con lo que explico,
mejor sigo redactando sobre la exposición del “españolete”.
Habló de cómo los problemas
bélicos también generan competencia intelectual, y como ejemplo se enfocó en la
Guerra Fría, factor fundamental para que la Unión Soviética se catapultara como
la máxima potencia en cuanto al estudio científico del espacio, y como
respuesta los Estados Unidos visitaron la luna: hay quienes dudan de este
acontecimiento, pero ese es otro tema. Dejando de siempre el lado humanitario,
refirió que es muy posible que una tercera guerra mundial promueva la visita a
Marte… en caso de haber sobrevivientes, pues son más de 10 los ejércitos altamente
armados para defenderse y generar una destrucción fatal, con un efecto nuclear
invernadero.
Únicamente sobrevivirían quienes pudieran
vivir en cápsulas o escapar en un cohete al espacio (¿?), y entonces recordé la
película de 2012, donde una gran nave (que bien podría ser el Arca de Noé),
donde viajaban las personas más adineradas del mundo, algunas de sus mascotas,
más los protagonistas pobres que lograron colarse, se estanca en los Himalaya
luego de una especie de diluvio.
Yo, que me quedé en 2005, cuando
se podía compartir imágenes y tonos polifónicos de celular a través del
infrarrojo, que de software y hardware no entiendo ni pío. No sé hasta dónde
nos alcance. No sé si la humanidad logre exponer todo su potencial intelectual
científico... Desconozco de estos temas y no sé hasta qué punto sean ciertos. Hay
quienes siguen creyendo que solo usamos el 5% de nuestra capacidad cerebral, y
son esos “eruditos” quienes quieren poblar el universo, diversificarnos, como
si los terrícolas fuéramos realmente útiles para el espacio; quieren expandir
nuestra imagen, esa misma imagen que los ignorantes creen que un Dios supremo
creó a su imagen y semejanza. Aquí compruebas que la extrema sabiduría bien
pudiera confundirse con ignorancia o demencia: la línea que las divide es muy
delgada.
El expositor vuelve a la
realidad. Es consciente de la crisis global actual, que los gringos, a través de
la NASA, no están en condiciones de hacer un viaje a Marte. De los rusos no
habla. Es entonces cuando nos damos asco como humanidad. Sentí deseos de
preguntarle que en dónde pudiéramos estar si la mitad del dinero destino a
armamento bélico y seguridad social, o como se llame ese término referente a
mantener policías y soldados para salvaguardar la integridad de sus habitantes,
se destinara a la ciencia. Talvez ya habría inteligencia artificial al menos en
nuestro vecino Marte. O talvez nosotros mismos ya lo estaríamos habitando.
“C de Ciencia” sueña con una
humanidad unida. Siente lástima por Israel porque, la senda que finalmente
logró llegar a la Luna, tras muchos problemas, lleva la frase "Small
Country, Big Dreams": él asegura que los grandes sueños están en todos
lados, incluso México. ¿Qué tendría que sacrificar un presidente tan burro y
retrasado como AMLO para que nuestro país consolide una infraestructura que nos
permita estudiar el espacio y viajar más allá de la capa de ozono?
Vaya que es un soñador, porque
sólo en sueños podremos viajar sobre el espacio, al menos durante los
siguientes tres siglos, puedo jurarlo. Ahora recuerdo al Duende Verde, de la
primera película de Spiderman, cuando reniega porque “más de 40 mil años de
evolución y apenas hemos tocado la vastedad del potencial humano”. Es decir,
para los grandes científicos, vamos a paso lento, a pesar de que la tecnología
nos tiene en un parámetro muy distinto al de hace 20 años, digo esta cifra
porque en ese entonces yo aún era niño y podía creerme ciertas mentiras, como
ver duendes y ovnis, y era imposible imaginarse usar un teléfono sin cables,
pequeño, que pudiera tomar fotos y videos. Del internet ya ni hablamos, pues
prácticamente no existía.
De hecho, un celular puede
considerarse como una inteligencia artificial, con la cual podemos interactuar,
y algunos químicos dicen conocer la fórmula del enamoramiento, y no sólo eso,
aseguran que tiene equis o ye duración, dependiendo la persona, pero que no son
más de cinco años.
La ponencia cerró con la frase
"tenemos tiempo para que la energía oscura nos aleje", y recordé que
recientemente se tomó la primera foto de un agujero negro. Ambos conceptos me
revuelven la cabeza y me vuelvo bruto, por eso mejor pongo punto final a este
escrito.
"Se viaja no para buscar el destino, sino para huir de donde se parte."
Miguel de Unamuno
Qué bonito era pedalear en Ocotlán. Llegar el domingo, lunes o martes, según el semestre, tirar la maleta al suelo y en seguida ir por mi irreemplazable bicicleta, la Turbo Zero modelo 2005 negra con vivos rojos, que tan sólo costó mil pesos (tenía 50 por ciento de descuento por liquidación total) y al apreciarla de no muy lejos, sin duda podías pensar que su valor era mayor…mucho mayor.
Partir hacia la Farmacia por alimentos chatarra para el resto de la semana, ir a la tienda de “Sanjua” por una Coca, palomitas de microondas o, de vez en cuando, unas caguamas; visitar a mis compañeros o amigos de la barra de Chivas, o bien, ir a clases…cualquier pretexto era ideal para tomar la rila y atravesar los caminos del cálido y pestilente pueblo.
Yo, pedaleando en mi Turbo Zero, allá en Oco, hace ya más de 10 años.
Incluso, en numerosas ocasiones jugué carreras con un par de niños. Jamás supe sus nombres y edades, menos dónde vivían. La competencia se realizaba en la Colonia El Porvenir, cuando los infantes salían de la primaria y yo me dirigía a la Universidad. Parecía absurdo, yo, con 18 años y ellos, dudo que superaran los 10.
La colonia en mención se localiza en el suroriente del pueblo, en un principio duraba 40 minutos para llegar al Cuciénega; semanas después, difícilmente dilataba más de 20. En cuanto doblaba para circular por la Calle Efraín González Luna (cuyos colonos le llaman, o llamaban “La Carretera”), los martes y miércoles, días que entraba a clases a las 12 horas, me interceptaban el par de escuincles, quienes salían de la primaria y para demostrarles mi superioridad, aceleraba.
En cierta ocasión casi atropellan a uno, al más pequeño, por mi culpa.
Aún corría el primer semestre, el sol ya no calaba tanto al mediodía y yo ya no trabajaba en la fábrica. Las fiestas locales habían terminado: debió ser entre noviembre y diciembre de 2006.
El tramo que va de sur a norte (hacia la Universidad), a la altura del puente del malecón, por el cual pasa el pasa el Río (ahora canal de aguas negras) Zula, está de subida. Ahí yo solía incrementar la velocidad para dejar atrás a los dos niños.
Pero aquella vez no supe cómo, pero me rebasaron. Entonces apresuré y al alcanzarlos, al más pequeño le cerré el paso para que se frenara y así ya no pudiera competirme. Pero él no se detuvo, pedaleó hacia su izquierda en un trayecto en declive. A gran velocidad, pasaban carros y uno de ellos dobló hacia el carril del sentido contrario, donde afortunadamente en ese instante no transitaban vehículos. De no haber hecho esta falta de tránsito, seguro el niño hubiese sido arrollado.
El chamaco solamente se rió. Yo me asusté, al grado de no volver a disputar otra carrerita. Las siguientes idas a la escuela los dejé que se fueran y que me ganaran y a los pocos días, antes de navidad, me cambié a un sitio más cercano a mi escuela.Con el paso de los semestres, usar la bicicleta dejó de ser costumbre.
Jamás creí sentir tal sentimiento nostálgico, pues siempre fue un simple acto de rutina impulsarme con los callejones llenos de tierra, baches, piedras, e incluso era incómodo cuando mi espalda se salpicaba de lodo en el temporal de lluvias.
Me acompaño casi cuatro años. Pocas veces falló, pese a que debí arreglarla más de diez ocasiones. Lo más lindo es que también fue útil a muchos amigos. Duró las vacaciones de 2008 arrumbada en la casa de una compañera.
Luego también la dejé junto a un árbol y al regresar, decenas de ramas se enrollaron en ella, como si me la quisieran robar; lo comprobé al desatarla, pues las raíces y tallos parecían de acero.
Tiempo después, en febrero o marzo de 2009, volví a ver a aquellos adversarios de pedal, justo en el puente en que casi ocurre el fatal accidente. Recuerdo que llevé la bicicleta con el mecánico que la reparaba cuando vivía en esa zona y de repente, pasaron los dos imberbes, ya no parecían tan niños y como buenos ocotlenses globalizados, cambiaron sus bicis por motocicletas italika, creo que las debieron comprar en el Elektra de la calle Hidalgo, esa calle que lleva al centro estando en el CUCI.
Seguro me reconocieron: ambos voltearon hacia mí y sus rostros forjaron un gesto amable -o al menos eso percibí-, similar al que se hace cuando se quiere ser amigo de alguien; creo que hice la misma mueca, antes de que echaran a andar sus vehículos de bajo ciclindraje y alto sonsonete al acelerar.
Publicado en mi muro de Facebook, en diciembre del 2011
El barrio siempre ha sido
peligroso, pero desde hace un año lo es más. No llovió pero el viento golpeaba
e impedía la visibilidad como si llevara agua. Salí de mi punto de encuentro a
las 10 pm. Mientras cerraba el candado de mi bicicleta y me preparaba para
circular, una motocicleta me cerró el paso.
“Disculpa, bro, ¿tienes una llave
que me puedas prestar?”, me preguntó el conductor de la moto, antes de que
tuviera tiempo de ver su rostro. Se trataba de un chavo que difícilmente
tendría la mayoría de edad: así lo intuí en ese momento por su voz, su estatura
y esos rasgos con poco vello y unos cuantos granos de acné: esos rasgos
característicos de la pubertad que se aferran a destruir la ternura y la suavidad de la niñez.
Tardé en responder y lo miré
fijamente, no sé, dos o tres segundos. Notó mi incomodidad, entonces le dije,
¿cualquier llave?, y sin esperar respuesta, le di la del candado de mi bici,
que en ese momento sostenía otras cinco: la casa donde crecí, la casa donde
ahora vivo, la de otra bicicleta que tengo abandonada y la de una maleta.
"Said the stars", Deviantart
También se dio cuenta que
desconfié al entregársela. Seguramente leyó mi expresión facial que demostraba con claridad cierto miedo disfrazado de timidez y que a la vez se preguntaba: “¿para qué demonios quieres una llave?”. Pero de inmediato
hizo su cometido: colocó minuciosamente la punta de la llave de candado sobre
el interruptor de encendido, lo giró levemente y, como por obra de magia,
arrancó el motor de su moto de bajo cilindraje, en la que se disponía a hacer
la entrega de un pedido de tacos (enfrente del lugar al que fui hay un pequeño
puesto de comida y realizan entregas a domicilio). Me sorprendí. ¡Ahora
entiendo por qué es tan fácil robarlas!
Me dio las gracias, sin antes
decirme: ¡está bien chido tu llavero del Liverpool!
Nos fuimos por caminos distintos.
Él por la derecha, yo por la izquierda. Rumbo a la casa pasé por un recinto
funerario bastante modesto, donde también la noche anterior había gente.
Desconozco si las mismas, y si a quien despedían era al mismo fallecido. Pero había
muchas más personas, divididas en círculos, por así decirlo, de acuerdo a la
posición que formaban alrededor de los árboles de la banqueta y de las bancas
del interior. Avancé a paso semilento, porque a mi lado iba un camión a una
velocidad estable, invadiendo ambos carriles, por lo que resultó complicado
rebasarlo. Fue esta circunstancia la que me permitió escuchar un fuerte
berrido, al parecer de un anciano; un par de gemidos, emitidos por una viejita,
y desde el interior uno que otro llanto.
Debí frenar porque el camión me
cerró el paso. Se detuvo para bajar a una señora que precisamente ingresó a la
funeraria y entonces me ganó el morbo: giré hacia mi lado derecho para
contemplar el oscuro paisaje: muchas motos, muchos tatuajes, camisas negras, algunas
con el número 13 con molde estilo grafiti o tatuaje de marero salvatrucha,
además de un par de ojos húmedos. Uno de esos círculos estaba integrado por
jóvenes, cuyo caló pandillero se expresaba con menos “flow” a causa de los
suspiros emitidos durante la conversación.
Cuando aceleré, el 258 ya se
encontraba a una cuadra. Di la penúltima vuelta al lado diestro de mi viaje y
al fondo se apreciaba una patrulla, con las sirenas apagadas. Más suspenso en
esta noche. Traté de serenarme, porque presentí que algo malo podía estar
pasando. Un escalofrío me puso en alerta y tuve un mal presentimiento: todos
estos acontecimientos podrían ser una mala señal. Pensé qué podía responderles
a los policías en caso de un interrogatorio, cómo debía presentarme y explicarles
que me dirigía a un coto ubicado a unos 30 metros de donde se encontraban. Es
que no he superado aquel par de desafortunados encuentros con este tipo de
autoridades, uno en 2008, el otro un año después. En la primera ocasión me
acusaron de orinar en una cancha de fútbol, lo cual no fue cierto, y me libré
de ellos gracias al oficio de mi papá: los polis temen a los militares. La
segunda vez no la mencionaré, pero también se impuso mi inocencia.
Pero para este probable tercer
encuentro ya no había una credencial que me acreditara como hijo de un
integrante de la Fuerza Aérea, o la de practicante de un periódico con cierto
prestigio. Mi plan de defensa lo interrumpió un carro que apareció de repente,
con las luces apagadas, y se detuvo junto a la unidad policial. Para no verme
sospechoso circulé de la forma más común, lo cual fue posible al notar que el
misterio que producían ambos vehículos también impresionó a dos señoras que
recogían su puesto de venta de comida chatarra.
En ambas aceras también había autos
estacionados, por lo que el espacio quedó muy reducido; por si fuera poco estaba
abierta una puerta de la patrulla. Giré calculando no estamparme y apenas logré
superar este obstáculo, sucedió un encuentro inesperado, pese a mis malos
presentimientos resientes: mi mirada chocó con la de un policía, y sus ojos me
estremecieron.
La situación podría compararse
con el cara a cara de dos boxeadores tras la ceremonia del pesaje, donde yo era
el campeón prepotente y él un novato, o un peleador a modo para lucirme. Lo
digo porque se sorprendió al verme y su expresión fue lúgubre; sus ojos se
nublaron, como si se hubiera encontrado con un fantasma o un ser maligno, aunque
su reacción no tardó ni una milésima de segundo: dirigió la mano hacia su
pistola y la sujetó. Me “enfrenté” a alguien que está expuesto constantemente
al peligro, y como no soy una estrella del boxeo, mi instinto me impulsó a
saludarlo con un “buenas noches” para dar mi última torcida al lado derecho y
ponerle fin a tan desagradable encuentro.
Como bien se sabe, de noche todos
los gatos son pardos y debo detallar, a favor de la actitud trémula del
oficial, que ese día yo iba vestido todo de negro, con la capucha de mi
sudadera puesta, precisamente por el viento.
Aquel miedo que sentí y que percibió
el chico motociclista debió ser el mismo que experimentó el policía cuando pasé
a su lado: esa inquietud de que algo malo sucederá y quizá ya no tengamos la
oportunidad, el lujo de contárselo a alguien. O talvez fue mayor y no
precisamente por tratarse de mí, sino simplemente es esa inquietud que siempre
tenemos presente quienes radicamos en una ciudad insegura, en un país que
socialmente está podrido desde hace un rato.
Además, ante el motociclista
reaccioné diferente, quizás porque yo no portaba pistola, y porque a pesar del
desprecio que aún siento hacia esa profesión, en aquella noche lo consideré mi
aliado, aquella persona que podría auxiliarme en caso de que alguno de los
asistentes al velorio le molestara mi presencia y me agrediera, o de algún otro
sujeto que me atacara para después escapar en moto.
Y también yo quise ser su amigo,
porque tanto me impactó el terror que reflejó su fisonomía, que cuando vi que
dirigió su mano hacia la funda de su pistola, ni siquiera me asuste y mi
"buenas noches" fue como para decirle: “tranquilo, no voy hacerte
daño”. Seguro que recordó alguna emboscada, ya sea en un entrenamiento o peor
aún, en la calle durante una rutina laboral, en uno de esos fatales ataques en
los que cada año mueren muchos de sus colegas. Ya no volteé hacia atrás, porque
entonces sí, habría parecido un desafío a la autoridad, o mi actitud hubiera
sido sospechosa, y no habría sabido qué decir. Pero su mirada seguía en mis entrañas. Pensé en que al llegar a su casa, besaría a su esposa o a sus hijos. También recordé el semblante del reo que describe el Príncipe Mishkin, protagonista de El Idiota de Fiodor Dostoievski, antes de ser dirigido a la guillotina.
Siempre es emocionante lo que
sucede entre la noche, conocer a las criaturas de hábitos nocturnos y lo
vulnerables que somos ante ellos quienes optamos por dormir en dicho horario. Dicen
que el miedo no anda en burro. Al menos aquella noche circuló en bici y después
en una patrulla de la comisaría municipal.
Soñar que me persigues se ha
hecho una costumbre en este último año. Y me agrada demasiado. Talvez por eso
permanezco en el mismo lugar, de noche y entre neblinas, con mi fe puesta en
que algún día tropezarás nuevamente en mi camino.
Lonely Boy, by Hatsukochan (Deviantart)
Cuando cierro los ojos y duermo,
apareces en sitios y épocas que no correspondimos. Una vez pasaste lejos y aceleraste
el paso al sentir mi presencia; un par de noches después, mientras yo estaba
tendido sobre el suelo, caminaste lento junto a mí, haciendo sonar tus pasos, y
ni siquiera te dignaste a hablarme; posteriormente, mientras esperaba a mi
novia para salir quién sabe adónde, apareciste en mi cuarto solo para besarme y
te fuiste enseguida, así de rápido como llegaste.
Por eso nunca me acabo los
chocolates y en otoño guardo mandarinas. Es que quiero compartirlo contigo,
porque te gustan. Subrayo frases de mis libros, esas que no puedo leerte en
sueños. Sé que volverás a pasar por aquí, aunque sea por curiosidad. No sé
cuándo sucederá, pero de momento me preparo para ese encuentro: cierro mis ojos
y me quedo dormido. Ensayo las palabras, los diálogos, pero sobre todo las
miradas que intercambiamos en mis sueños. Y qué importa si no llegas, porque
desde hace un tiempo también me preparo para quedarme dormido para siempre.
En
mi último día en Liverpool me paré frente a un muelle del Albert Dock. Caminé
más de una hora y vislumbré el panorama porque quería convencerme, o encontrar
argumentos contundentes que me permitieran comparar esta mítica ciudad inglesa
con el sitio donde nací.
Evoqué
recuerdos y mi mente viajó a Puerto Vallarta. No fue sencillo porque el aire,
que soplaba a paso lento pero pegaba con fuerza, estaba tan helado que me quemó
los cachetes. No exagero. ¿Algún día usaré bufanda, pants, gorro y chamarra en
mi bello pueblito? Seguro que no. En aquel momento, finales de septiembre de
este extraordinario 2018, estaría derritiéndome. ¿Se puede comparar a las
playas celestes y cálidas del malecón y al delgado Río Cuale, de color café
lodo, con el Río Mersey y el Atlántico, que parecieran ser una masa uniforme
azul-grisácea, por así describirla, en todos los sentidos? Imposible.
Panorama desde el muelle del Albert Dock (Instagram)
Le
encontré más parecido con Guadalajara, donde vivo desde hace 18 años: industrializada,
gente interesante, bonita y que, a pesar de tanta mezcla cultural, se niega a
perder sus raíces y su esencia; su principal arma en esta batalla contra la
globalización es el dialecto “scause”, extremadamente gutural, que por momentos
crees estar en Alemania y no en el Reino Unido.
Predominan
las personas rubias, pelirrojas y caucásicas ante los afroeuropeos, filipinos,
indios, chinos, coreanos y demás asiáticos que arrasan en ciudades más grandes
como Londres, Manchester y Birmingham. Así como en Jalisco nos vanagloriamos
del mariachi, el tequila y las Chivas, en Liverpool presumen a muerte a los
Beatles y a sus Reds.
Al
igual que en la Perla Tapatía, rápido identifican a un turista y me sentí el
bicho raro de la ciudad, como esos gringos güeros de ojos azules y apellido
anglosajón que caminan por los alrededores del Mercado San Juan de Dios y el
Cultural Cabañas. Durante la semana que estuve en este frío puerto, a diario
necesité orientación, ya sea dentro de un centro comercial o para tomar un
camión, y no fue fácil, pero las personas tenían la paciencia para explicarme
con señas y palabras más inglesas y menos scause.
Después
de auxiliarme preguntaban por mi origen. Yo les respondía con mi acento
natural: “de México… I´m from México”. -“¿where?...
¿Morocco?... ¿Monaco?... ¿Malta?... (lo pronuncian Mooolto)”.
-“No,
de Mecsicoou, from México”… -“Ah, Mexicuo!... Nice!”
Me molesta demasiado que le digan Mexicou a mi
país, quizá porque me recuerda a los gringos (los londinenses lo pronuncian muy
suave y con “s”: Miísico).
Aquel
último día, mientras contemplaba las cadenas repletas de candados, moda impuesta
por el escritor italiano Federico Moccia, me invadió la nostalgia. ¿Cuál nombre
podría escribir en un candado antes de lanzar la llave al agua? Quizá ninguno,
realmente, porque en ese preciso momento, más que pensar en alguien especial,
sentía más coraje y arrepentimiento que melancolía, por no haberme atrevido a
cruzar el gran charco antes, durante mi primera juventud. El miedo al desafío y
al fracaso generó una indiferencia mayúscula a mis sueños, y me sentí triste.
Entonces
cerré los ojos y sonreí porque recordé que, al gran José Alfredo, un arriero le
dijo que lo importante es saber llegar. Contemplé cuál o cuáles nombres rayaría
sobre un candado. Debería ser alguien especial, capaz de acompañarme en ese
momento. Honestamente, no pensé en
alguien… no en alguna alma que ya se fue: más bien me imaginaba acompañado de seres
que aún viven… aunque siendo honestos, preferí haber estado solo, porque se
trataba de una excursión para conocerme mejor, y poco importaba no tener un
candado con dedicatoria.
Los famosos candados (Instagram)
Estaba
contento por haber recorrido aquellas calles en las que crecieron John Lennon y
Steven Gerrard, de escuchar música agradable por todos lados y ver gimnasios de
boxeo, donde probablemente llegaron a entrenar los hermanos Liam, Callum,
Stephen y Paul Smith, Tony Bellew, Joseph Parker o Rocky Fielding.
Pero
lo más bello, sublime e inigualable fue presenciar Anfield Stadium: ese fue el
objetivo de mi viaje que soñé desde niño, el motivo por el cual me atreví a irme
enfermo, a pagar hasta cuatro veces más el costo original de un boleto para
entrar a la casa de mi equipo preferido y con nada podía cambiarse.
Un
día antes aterricé en Manchester pensando en mi templo futbolero. Hacía un frío
del demonio, debido a un huracán en Irlanda. Llevaba una maleta mediana, una
cobija más una mochila repleta de medicina. Completamente aterido tomé un tren
y para mi mala fortuna empezó a chispear unos 10 minutos antes de llegar a Lime
Street, el último destino de la travesía a la ciudad de Liverpool.
Primer día
Afortunadamente
no me falló la respiración y, como buena ciudad primermundista, la estación de
camiones se encuentra enfrente de la terminal de tren. Tomé el número 17, una de las
tantas rutas que conducen a Anfield Road, talvez el destino más solicitado de
la metrópoli, pues hay quienes dicen que se cuentan por cientos los visitantes
que llegan cada semana exclusivamente para ver un juego del Liverpool Football
Club. Y sí lo creo. De verdad es monstruoso el fervor que despierta mi amado
club.
Bajé
del bus frente a la casa de mis Reds y me sorprendió lo pequeño que es. Sabía
que no supera la capacidad de 50 mil asistentes; aún así contemplaba un inmueble
capaz de albergarnos a los millones de fanáticos que somos alrededor de todo el
mundo. Apenas y caía agua pero había un miedo inmenso por enfermarme, así que
esperé junto a las ventanillas donde se venden boletos para los partidos y
recorridos al interior del estadio, donde me resguardé bajo la cornisa de una
ventana hasta que las gotas se intensificaron.
Fue
así que entré a la tienda. Compré dos jerseys, una pluma, un llavero y no
recuerdo qué más. Detecté de inmediato el dialecto scouse, y de fondo sonaba
esa canción que se popularizó a inicios de año que dice: “Salah,
tarararararaaa, oh, Mane Mane, tarararararaa”, como si se estuviera cantando la
clásica oldie “Sugar, sugar”.
Al
salir seguía lloviendo y el cielo permanecía totalmente nublado. Tomé un taxi
rumbo al cuarto que renté en Airbnb. No tiene
caso hacer mención del bochornoso choque cultural que tuve con los filipinos donde me
hospedé. Mejor continuaré con lo acontecido aquel sábado 22 de septiembre, a
las 15:30 locales, del partido contra Southampton. Fui al lugar donde acordaron
entregarme un boleto, que resultó ser una tarjeta de entrada de un tal “Mrs
Frances Robinson”, en el área Kop Grandstand.
Pese
al frío se vivía una fiesta en los alrededores de Anfield Road: los pubs a
reventar, el “Allez Allez Allez” se entonaba a cada rato, y justo frente a la
estatua de Bill Shankly se presentaba una banda de rock, que me hizo latir el
corazón cuando después de una canción desconocida tocaron “Town called Malice”,
un himno ochentero y que desde hace dos años reproduzco en el teléfono o en la
computadora al menos una vez al mes. Otro clásico que también
presencié en vivo por un grupo local, pero que por algún desconocido motivo ya
no escucho tan seguido, es “Here Comes the Sun”, una de mis canciones
preferidas y que sonaba desde mis neuronas a partir de enero, momento en que
decidí comprar el viaje y me imaginaba caminando en Liverpool.
Here comes the sun
No
existen palabras, ni suficiente cursilería, para describir lo que sentí al
contemplar el campo de Anfield. Cierto es que ya no era la misma emoción porque
ya no está ninguno de los grandes ídolos que soñé ver en vivo vistiendo el
jersey rojo; han pasado muchos años y Owen y Gerrard ya están retirados;
Fernando Torres se encuentra en el ocaso de su carrera y Suárez, al igual que
el “Niño”, nos abandonó en su mejor momento futbolístico.
Tampoco
quedan guerreros sólidos como Jamie Carragher o Daniel Agger y, por si fuera
poco, Mohamed Salah demuestra que si brilló en el nivel más alto hasta los 25
años y no a las 17 como Messi o CR7, es porque, si bien no es un “One season
wonder” como muchos aseguran, difícilmente mantendrá ese nivel por muchos años:
más bien es semejante a una súper estrella que no es constante, como Zlatan Ibrahimovic,
Neymar, Kaká y mil más que parecían ser inmortales por sus jugadas bellas y
goles de antología, y por equis o ye razón bajaron su nivel considerablemente.
Eso creo y deseo de todo corazón equivocarme, porque el “Egyptian King” es mi
jugador preferido de la actualidad.
¡Anfield!
En
este equipo no hay ídolos que sean el gran referente: un día la figura es Mané,
el siguiente compromiso lo es Firmino y hasta Wijnaldum puede figurar como
jugador del partido; en este esquema el motor y principal estrella es el
estratega Jurgen Klopp. Contamos con Virgil Van Dijk, un central con una fina
clase nunca antes visto en los pasillos de Anfield, que se rompe el alma cada
juego demostrando por qué prefirió venir a Merseyside en lugar del Manchester
City, que desquita cada una de las 65 millones de libras esterlinas que costó y
que, estoy seguro, muy pronto será el capitán. Lo digo por la forma en que lo
vi ordenar cada línea de la cancha en aquella inolvidable tarde inglesa,
correspondiente a la jornada 6 de la Premier League.
Y
si bien ya no existen los kamikazes como Agger o Carragher, es porque ya no
necesitamos estar rezando cada fin de semana para ganar por un gol o por no
dejarnos empatar: ya hay más ideas y clase en el once inicial y también en la
banca, lo cual ha sido un arma fundamental para ganar la liga, tal como lo
hicieron Arsenal, Manchester United y Chelsea durante la década pasada, lo
mismo que para consolidar una hegemonía como la que buscan construir los
Citizens.
Aún
así Andy Robertson, James Milner, Jordan Henderson y Trent Alexander-Arnold dejan
el corazón al disputar la pelota. Un caso especial es el de Xerdan Shaquiri,
quien en lo poco que ha jugado ha marcado diferencia; poco a poco la gente
corea su nombre y pronto se escucharán himnos en referencia a él. Ahora que lo
digo, fue bellísimo sentir en Anfield cómo se canta el nombre de un futbolista
cada que realizaba una jugada importante o tocaba el balón cerca del área. Muy
gracioso es cómo le dicen al 9 brasileño “Bobby Fomíno”.
Todos
estos cracks están a un solo paso de la grandeza, la cual quedó eclipsada en la
pasada final de la Champions League, cuyo desenlace ni caso tiene mencionar
(Fuck you, Ramos and Karius!), aunque sí me asusta que el meta Allison, que del
poco ataque que recibe tapa casi todo, ha cometido graves errores en al menos
cuatro anotaciones. En fin, hay que tenerle fe.
En
las gradas de The Kop volví a reír al recordar que toda esta pasión comenzó con
aquel contragolpe de Michael Owen, quien tras un excepcional pase de David
Beckham, dribló a Roberto Ayala y otro defensa argentino en el Mundial de
Francia 98. Yo tenía 10 años y era mi primer juego como fanático del fútbol
internacional y no tenía la más remota idea de lo insignificante que es “El
niño Maravilla” ante la historia del Liverpool. En ese entonces todo mundo
amaba a Ronaldo, el “Fenómeno”, y Zinedine Zidane se apuntaba como la figura de
la Copa. Pero a mí me maravilló el atacante de los Tres Leones.
Después
de Liverpool me fui a Londres, lo cual no tenía contemplado porque no quería
estar en una ciudad inmensa, que es referente de los viajeros fresas. Pero al
no poder ir a Escocia ni a Irlanda por recomendación médica opté por aprovechar
que se disputaría un juegazo ante Chelsea, en busca de consolidarse como
líderes. No pude entrar, fue triste conocer el racismo de un gran sector de
hinchas, y peor aún el fraudulento negocio de la reventa en línea. Pero lo más
triste fue no poder ver desde las gradas el golazo de Daniel Sturridge con el
que se empató el marcador antes de concluir el partido.
El
último día en la isla Bretaña lo pasé en Manchester, que se asemeja a Guadalajara
en más aspectos que Liverpool, principalmente porque también está en el oeste, no es
costa y el aeropuerto se localiza en el sur de la ciudad. Además la actitud
rebelde de un poeta-vagabundo, que se presentaba con una carpeta titulada
“Homeless but still human” me recordó a un par de amigos y conocidos.
De
la ciudad de los hermanos Gallagher me sorprendió la gran cantidad de grafitis,
la nula seguridad en el metro pese a las advertencias de ser multado si no
pagaste el ticket, la rivalidad entre el United y el City se percibe por
doquier y hay toda clase de asiáticos de ojos rasgados, desde algunos casi
rubios y ojiverdes, hasta algunos muy morenos, con ciertas facciones afro. Me hospedé en Gatley, poblado que queda a 5 minutos del
aeropuerto, con una familia de coreanos, gente muy trabajadora y amable. La
casa es hermosa, como la mayoría de esa región. Extrañamente en el centro no vi
tantas manifestaciones musicales como en Liverpool y Londres, a pesar de que en
Manchester surgieron grandes agrupaciones que han marcado tendencia, como The
Stone Roses, The Smiths y por su puesto Oasis.
Quedé
sorprendido porque los ingleses no son tan fríos como los pintan en muchos
lugares y como creí que serían. O al menos no los que conocí. Tenía la idea de
que el fútbol era mera distracción, pero es mucho más que eso. Desde luego que
hay un amplio sector que lo sigue de lejos, que sólo se interesa por el balón
de gajos durante el mundial. Aman a su país, comprenden que la situación global
es grave y asumen la culpa histórica que tienen al haber invadido prácticamente
todos los rincones del planeta: basta con ver el centro de Londres infestado de
monumentos bélicos. No les incomoda que los anuncios publicitarios de tv los
protagonicen personas con ojos rasgados o de piel más oscura que la mayoría de
su población. Les gusta ser visitados y explicar su historia: en ningún momento
me sentí un invasor. También fue sorprendente escuchar por todos lados música
de Bob Marley.
Es
imposible olvidar breves encuentros amistosos, como a la dulce señora londinense
de unos cincuenta años, rubia y de lentes, de cabello a la altura de los
hombros, al estilo He-Man o Willy Wonka, que me explicó qué rutas tomar para ir
al Big Ben y al London Bridge. Charlamos más de 5 minutos y cuando el chofer no
me permitió subir porque el pasaje sólo funciona vía prepago, ella se ofreció a
pagar con su tarjeta, aunque tampoco se la recibieron porque el conductor está
inhabilitado a hacerlo. Le expliqué que sabía llegar a la estación del Tren de
Fulham Broadway, la cual estaba a siete u ocho cuadras, y nos despedimos con una
sonrisa mutua en los ojos. Otra mujer mayor, Nora, con quien me hospedé, me
comentó que en su juventud, allá a inicios de los 80’s, viajó con su entonces
novio y hoy ex esposo a México y que sólo conoció un lugar pero quedó
encantada: Puerto Vallarta, mi pueblito, y le presumí que tengo el privilegio
de haber nacido allí.
Liverpool
es la más pequeña de las principales urbes de Inglaterra, talvez por ese
detalle la considero la mejor. Quedé enamorado de sus meseras rubias, en
específico la del Café Nero que acarició mi hombro luego de decir con gran dificultad "mucho gusto" cuando le respondí que soy mexa; de sus cantantes urbanos y
de sus niños alegres y bromistas, y me fui feliz porque conocí a la gente que
habita esta ciudad que siempre me enajenó un tanto; mientras esperaba el tren
para Londres, un señor ya mayor, empleado de la terminal, vio mi bufanda roja y
se burló porque mi equipo no es campeón desde hace más de un cuarto de siglo. En eso
llegó un amigo suyo y le reviró: ¡dile a cuál equipo le vas! Riéndose explicó
que su equipo es de color azul… ¡el Everton! Agregó que lo único bueno del
Chelsea es que visten azul. Y volvió a burlarse porque los blues londinenses
nos eliminaron de la Copa Carabao a media semana.
De
hecho vi ese partido que perdimos 2-1 en un pub genial llamado “The Church”,
ubicado a dos cuadras de Anfield Stadium y, tal cual, es una iglesia: su
arquitectura por dentro y fuera, las sillas, las alfombras y ventanales parecen
que en lugar de fanáticos de fútbol, quienes llegarán a este lugar son
monaguillos y curas. Fue todo un espectáculo porque me comí una hamburguesa y
tomé agua. Curioso fue que al llegar estaba a reventar y debí sentarme en el
suelo para comer, pero 10 minutos antes del arranque del juego todo mundo se
fue: los clientes son los mismos fanáticos que van al estadio, y quienes no
tienen ticket no eligen un bar o cantina: suelen irse a un restaurante.
The Church
Cuando
sonó el silbatazo final, The Church y los otros pubs de alrededor volvieron a
llenarse. Vi muchos rostros que habían estado aquí hace dos horas. Por las calles las personas debatían las
jugadas tácticas claves que significaron haber sido eliminados por los Blues:
mujeres, hombres, niños, ancianos, con o sin jersey rojo, negro, gris o
amarillo de nuestro equipo destacaban todo tipo de detalle. De verdad en
Liverpool se ama al fútbol como en pocos lugares, sin la falsa pasión
argentina, ni el patético análisis que solemos tener los mexicanos: allá se
vive el fútbol con inteligencia y colorido cálido.
Unos
cuantos minutos después, ya de noche, todo se volvió penumbra: pareciera que
los habitantes recordaran que esta ciudad fue por muchos años el principal
centro de tráfico de esclavos, o lo desastroso que resultó la Segunda Guerra
Mundial. Al menos pueden presumir que desde su puerto pudieron haber zarpado
los padres de grandes atletas y pensadores afroamericanos hasta 1807, año en
que Gran Bretaña aprobó la prohibición del comercio esclavista. O talvez
rememoraron alguno de los más de 80 bombardeos que sufrieron durante la Segunda
Guerra Mundial, y que mataron a más de
2,500 personas, dañando casi la mitad de los edificios.
Ese
último día en Liverpool, recién salí del Museo y un músico empezó a tocar “Wild
World”, de Cat Stevens, una melodía ideal para esa estampa personal compuesta
de aire gélido, un sol radiante, mi mente semivacía y mi corazón melancólico,
entre monumentos y honores que se rinden a las personas que fallecieron en las
grandes guerras mundiales. Curiosamente, mientras redacto este escrito, vi en Youtube
un dueto de Yusuf Islam (nombre musulmán de Stevens) con Chris Cornell.
El coro de este bellísimo tema, que dice I'll
always remember you like a child, girl, me recuerda nuevamente a Christina.
Mejor
momento no podía haber para escuchar a un cantante decir que el mundo es
salvaje: en lugar de una chica que amamos nos escuchaba el cielo y los turistas que
grababan el momento y dejaban monedas al músico, al tiempo que apreciaban los
candados y el paisaje, parecían comprendernos. También fueron testigos de que
la ciudad de John, Paul, George y Ringo se presta para la nostalgia.
Wild World... video para la ocasión
Mi
bello Liverpool, no entiendo por qué una tienda comercial lleva tu nombre: no
hay razón si nos consta que se trata de un lugar 100 por ciento musical y
futbolero. Tus habitantes te llaman “The World In One City (el mundo en una
ciudad)", frase que a mi parecer encajaría mejor en Londres, aunque el
lema de tu escudo, galardonado por Neptuno, Tritón y aves liver no podría ser
mejor: "Deus Nobis Haec Otia Fecit (Dios nos ha dado esta tranquilidad)",
tranquilidad que se manifiesta entre niebla y árboles con frutos rojos, y desaparece
cada momento en que cientos de músicos que ahí se concentran invaden tus
plazas, pero sobre todo cuando juegan tus Reds y, ¿por qué no destacarlo?, una
que otra vez que se presenta el Everton, esos que ensucian Stanley Park con
papelitos azules de los dulces Toffees y tienen cánticos creativos como el del
taxi, que seguro ningún entrenador quisiera que le dedicasen.
Se
asume la responsabilidad, pero en Liverpool no hay remordimientos ni rencores.
En 1952 este puerto se hermanó con Colonia, Alemania, ciudad con la que
compartió la terrible experiencia de los constantes y mortales bombardeos
aéreos. Su gélida bahía, donde múltiples tubos y demás figuras metálicas
sustituyen a los árboles amarillos que me recordaron a las primaveras tapatías,
y a los de frutitas rojas que colorean las cuadras aledañas, se distingue por
los muelles por donde pasaron los más de 5 mil barcos negreros ahí construidos
y que cambiaban a los cautivos africanos por mercancía como azúcar, algodón o
trigo, y según entendí el principal destino era Kingston, Jamaica, antes de
redistribuirlos en el norte de América, principalmente. Abrí los ojos,
sobre la masa grisácea del Merseyside vislumbré una de esas naves marítimas,
probablemente el Zong, mientras se hundía, a pesar de que dicha tragedia sucedió
en las costas del continente negro. Pero mejor hablemos de música. Aprendí que además
de The Beatles, la gente presume a The Scaffold y a Frankie Goes to Hollywood.
Talvez
las Chivas y los Reds no se parecen como siempre quise estar convencido: fueron
los más ganadores muchos años y últimamente las sequías de títulos son
monstruosas: no ganar la liga desde 29 años duele en el alma, y este año no
pueden fallarle a la Premier League. Se tiene una base sólida para competirle
al Manchester City. Tampoco puedo comparar al Atlas con el Everton: los azules
alguna vez fueron grandes y conservan su identidad y dignidad. Y si hablamos en
términos urbanísticos y sociales, realmente en casi nada coinciden las capitales
de Jalisco y Merseyside. En pocas palabras, el orden europeo no concuerda con
el desmadre latinoamericano. Esa es nuestra triste realidad.
El
otoño ha terminado y ya van dos veces que sueño que regreso a Liverpool. Ahora
entiendo por qué meses atrás, cuando sentí que agonizaba por falta de aire en
los pulmones y de fuerzas en todo el cuerpo, le pedí a Dios que me permitiera realizar
ese viaje, incluso como última voluntad. Se trataba de una experiencia única. Ahora quiero regresar para
tomarme una pinta en The Church; ansío una revancha y quiero conocer Edimburgo,
Glasgow y Dublín, pero más anhelo volver a pisar el suelo del puerto más bonito
de Inglaterra, pasearme en barco, escuchar de nuevo al muchacho de cabello
largo y negro que, más que inglés, parecía español o turco, y preguntarle a
quién le dedicó “Wild World” aquella tarde de septiembre y si ha dejado un
candado sobre las cadenas, porque no creo que la haya entonado solo para
deleitar a los turistas; quiero volver a descubrir nuevas buenas bandas como Keywest,
quienes tocaron en Liverpool One.
Ya
en el aeropuerto de Cancún platiqué con dos señores ingleses, uno fanático del
Manchester City, otro de Liverpool, que iba con sus dos hijos, digamos que de 4
y 6 años, vestidos del uniforme morado y el dorsal 11 de Mo Salah. Obviamente
hablamos de fútbol y me despedí recomendándoles que visiten Mérida, en caso de
estar varios días en México, con el profundo deseo de que nada malo les pase a
ellos ni a los cientos de europeos que llegaron en el mismo avión que yo, que
regresaran a su gran isla con una buena impresión de mi país, y, por supuesto,
con el propósito más vivo que nunca de volver a Anfield Stadium y al muelle de
Albert Dock, rezando para poder presumirle a mis amigos que conocí Liverpool el
año en que mis rojos por fin ganaron la Premier League.
Corría
el verano del 2005 cuando me resigné a la ausencia de mis mejores amigos de la
infancia y no hubo más consuelo que impregnar en la memoria decenas de momentos
que difícilmente volverían a repetirse. En aquel entonces, a punto estaba de
terminar el ciclo escolar y me alistaba para asumir la mayoría de edad.
Repleto
de dudas y remordimientos, planeaba cómo cerrar de la manera más digna posible
los dos últimos semestres de preparatoria, etapa que fue un desastre, y estaba
indeciso respecto a cuál carrera debía cursar. ¿Letras hispánicas? ¿Historia?
¿Biología?... ¿Periodismo…?
Rysunekremremkolor3res, by Natello (Deviantart)
Un
jueves de aquellos días nublados, lo recuerdo como si fuera ayer porque no tuve
clases, ya que solo faltaban los exámenes finales, trataba de leer Los
Miserables, de Víctor Hugo, pero me era imposible superar la página 30 (debí
esperar tres años más para lograrlo, duele reconocerlo). Sin nada que hacer,
estuve en cama desde que desperté.
Las
ideas para definir mi “futuro” se bloqueaban por recuerdos infantiles
provenientes de Puerto Vallarta, Mérida y Tuxtla Gutiérrez, tales como un par
de goles que anoté desde medio campo (en canchas de 11 contra 11, obviamente),
los barrenos y petardos que quemábamos en navidades, los Transformers de Guerra
de Bestias de a 100 pesos que me regalaban porque me iba bien en la escuela y
los papalotes que volaba con mis hermanas.
Tumbado
en la cama desde que amaneció, únicamente me paré a desayunar y a comer. Debían
ser las cinco de la tarde cuando me armé de valor para interrumpir aquel
“oblomovismo” o “Síndrome de la Inacción” (recién leí a Iván Turgueniev y debo
presumir). Mientras me lavaba la cara vi mis ojos brillosos a causa de la pena,
silencio, tristeza y demás síntomas que conforman a la nostalgia: eso fue,
porque a pesar de estar acostado, no tenía sueño ni flojera, puedo jurarlo.
Aquel
jueves, luego de secarme el rostro y ponerme un jersey de las Chivas, salí a la
calle, sin saber precisamente adónde. El clima era acorde a mi estado de ánimo:
las nubes bloqueaban hasta al más ligero rayo solar y el piso estaba levemente húmedo,
como mis ojos, por una constante llovizna. No está demás precisar que se sentía
un poco de frío, ese que se siente a mediados de junio durante el inicio del
temporal de lluvias, y que en menos de una semana sucumbe ante el formidable
rey sol.
Doblé
a la izquierda y seguí el camino que da a la Secundaria No. 14, donde cursé
segundo y tercer grado. Llegué a una tienda donde vivía y trabajaba (porque
atender el negocio familiar también es un empleo) una chica a la que yo le
gustaba. Aún recuerdo aquel momento tan nefasto en que me la presentaron sus
amigos. Lo habían intentado un par de veces, pero ella escapaba, por eso me hice
un tanto del rogar, pero terminé accediendo y me acerqué caminando lo más
natural posible a la jardinera en la que se reunía con sus amigas.
Justo
cuando estiré la mano para presentarme, de nueva cuenta ella salió corriendo,
muriéndose de risa. Hubo burlas, no sé si para ella, para mí o para ambos, pero
me sentí un tanto ofendido, talvez porque pensé que algunas personas, que no
sabían bien el contexto de la situación y vieron esa acción, creyeron que era
yo quien quería conocerla y me mandaron aún más lejos que la “friend zone (no
existía esta área en los primeros años del actual milenio)”. Por eso hice como
si nada hubiera pasado y cada recreo evitaba pasar junto con ella. También
evadí a sus amigos. No era guapa y estaba un tanto llenita, pero sus facciones
me interesaban: piel muy blanca y ojos oscuros, cabello largo y negro, bastante
bien cuidado, y su nariz grande sin llegar a lo grotesco y afilada… pero sobre
todo su sonrisa, de verdad me gustaba. Pero yo era fantoche, un tanto arrogante
y orgulloso (¿no son sinónimos esta tripleta de palabras egoístas?) y también
traté de convencer a mi corazón de que que era una chavita equis más: una
fanática de UFF o cualquier otro grupito chafa de moda en ese entonces. Ella
iba en segundo, no recuerdo en cuál grupo, y yo en tercero. Llegamos a
cruzarnos en los pasillos de la escuela no más de cinco veces. Nos reíamos
luego de analizarnos de reojo casi al instante. Después supe que se llama o se
llamaba Miroslava.
Talvez
aquel día melancólico quería volver a sentirme querido, porque las miradas de
las chicas de la preparatoria eran muy diferentes a las de secundaria. Ya no
había respeto ni timidez, sino más directo, incluso sin amor. Por eso fui por
una coca cola a la tienda de Miroslava. La
vi, me reconoció y casi aseguro que se sonrojó un poco. Al darme el cambio
también sentí que acarició mis dedos. Como no sabía qué decir ni qué hacer,
salí del local y seguí caminando hacia la secundaria. Luego fui por calles con
nombres de haciendas que jamás había conocido. Crucé por algunas como La
Rojeña, Jaramillo y Candelaria, donde vivían algunos compañeros que nunca
visité en sus casas.
Esos
terrenos no los conocí porque los mejores años de mi infancia los pasé en
Mérida y en Tuxtla Gutiérrez: de la ciudad blanca recordaba muchos caminos: el
de mi primaria, los supermercados San Francisco de Asís y Súper Maz. Me dolía
haber cambiado Mérida por Chiapas: a Marco, Alonso, Fernanda, Alejandra, José
Luis, José Manuel y Ecaterina por muchos niños que no me querían porque mi
aspecto y mi acento en nada se parecía al de ellos. De Chiapas nada quería
recordar: fui mal agradecido porque también tuve grandes amigos: Álvaro, Luis
Enrique, Diego, Xóchitl, Ángeles, Raquel, Walter… tanto intenté olvidar mi
estadía en aquel estado selvático, que cuando me agregaron a mi Facebook, me
hice el de la mente nublada y aseguraba no recordarlos a todos, o distinguir si
coincidimos en la unidad militar, en los 18 meses que estuve en la primaria o el
primer grado de secundaria.
Doblé
hasta Circunvalación y llegué a Gigante para comprarme creo que otra coca. En
ese entonces era la única tienda de autoservicio grande de la zona Oblatos y
era imposible imaginar que siete años después se inauguraría una plaza grande,
con tiendas como Liverpool y Office Depot. Ya era de noche cuando llegué al
templo de San Onofre. Seguí imaginando una vida en Mérida… haber regresado a
Guadalajara hasta la preparatoria, cuando ya encajé de lleno con todos los
grupos… porque mi regreso a la Perla Tapatía, en el verano del 2000, también
fue muy complicado…Ya no recuerdo qué hice al regresar a casa, pero seguro que
no estudié por jugar futbol con Omar, Mauricio y Jonathan: supongo que ya
estaban jugando y me uní a ellos, como sucedía cada que regresaba de la prepa a
la casa (iba en el turno vespertino).
El
siguiente verano sucedió lo mismo, esperando el resultado del examen para
ingresar a la carrera de periodismo, imaginando cómo sería vivir en Ocotlán y
seguro de que López Obrador era la mejor opción para ser nuestro presidente
nacional (¡ja!). Pero de aquel ataque nostálgico no recuerdo con precisión el
día en que cayó: pudo ser lunes, jueves o viernes con la misma facilidad: sólo
sé que no fue en fin de semana porque cuando pasé por la secundaria se
escuchaban ruidos y vi al maestro del taller de electrotecnia. Estuve todo el
día en cama, pero ahora sí me había enfermado: no fui a clases toda una semana,
aunque ya no era necesario, porque los trabajos finales ya estaban entregados.
Desde las 8 de la mañana hasta las 4 o 5 de la tarde, leí como 80 páginas de “Oliver
Twist”, de la edición Porrúa Sepan Cuantos, que se caracterizan por tener las
letras muy chicas y las hojas son grande: lo detallo porque quiero presumir que
daba mis primeros pasos como asiduo lector de novelas y no solamente relatos
cortos.
Por
la tarde súbitamente me sentí mejor y después de estar tirado tantas horas salí
a la calle. Para combatir el estrés busqué a Omar y a Mauricio, pero no estaban
en su casa. No se me ocurrió sacar mi balón, como para dominarlo o patearlo a
lo tonto mientras llegaban, y me senté en un tronco que estaba en forma de
banco, justo en el portón del baldío de nuestra cuadra. Contemplé el cielo, que
más bien parecía de otoño: muy gris con tintes rojizos, y recordé que justo un
año había caminado melancólico mientras repasaba mi niñez. Pero en esa segunda
ocasión evoqué los recuerdos de la secundaria, de lo complicado que fue no
encajar en mi “flamante regreso” a Guadalajara, el lugar al que creía pertenecer:
las bromas, la falta de respeto a los maestros y a los amigos que sí extrañaba
y que debí valorar… y también de los compañeros que debí defenderme.
Repetí
mi camino pero ya no encontré a Miroslava: en la tienda me atendió un señor muy
panzón, con camisa de resaque, de esas que los gringos llaman “wife-beaters
(golpea esposas, algo así”, como la que vestía el Chapo Guzmán cuando lo
capturaron en un motel). Desilusionado pagué la coca cola y al llegar a la
secundaria fue cuando en el estacionamiento vi al maestro de electrotecnia, de
aquel que ya no recuerdo su nombre y que, según la leyenda, era velador antes
de enseñarnos a soldar e impartir cátedra sobre inventores como Edison y Tesla.
Ese
profesor tenía un hijo que daba clases de inglés. Si mal no recuerdo, cuando yo
estaba en segundo él entró como suplente y después se quedó de forma
permanente. Aunque de ninguno recuerdo su nombre, de ambos tengo buenos
recuerdos: el padre fue el primer maestro que me llamó la atención cuando inicié
mi etapa rebelde, ya en tercer grado. Cierto día me habló de los riesgos que
corría al juntarme con X o Y compañero, y me dio a entender que yo no había
nacido para ser estúpido: me dijo que era una persona de bien, de las que están
para servir, o al menos no dañar, a la sociedad. Agradecí sus palabras, pero
aún así seguí actuando como un estúpido otros tres años. Y su hijo jugaba
basquetbol con nosotros. Brincaba mucho, lo cual se notaba más debido a su
corta estatura. Era muy joven, creo que no tenía más de 25 años, porque estaba
preparando su titulación.
No
sé por qué olvidé sus nombres. Resulta un tanto incómodo porque recuerdo hasta
los apellidos de unos cuantos docentes más que pasaron sin pena ni gloria por
las aulas. No era malo enseñando en el taller, sabe si realmente fue velador
antes de impartir clases. Al respecto hacíamos muchas bromas: equis o ye
maestro eran cocineros o repartidores de agua antes de dar clases. Además
asegurábamos que los intendentes darían clases dentro de unos cuantos años:
unos de química, otros de español, según su lenguaje y trato que teníamos,
porque con algunos nos llevábamos como si fueran un alumno más de la escuela.
Seguí
leyendo Oliver Twist. Hoy duele confesar que me atrapó su cursilería que hoy
tanto detesto: esos nefastos finales felices donde los villanos que no corrigen
sus comportamientos deben morir, y los protagonistas, que siempre son buenos,
viven felices para siempre. Como las telenovelas. Seguro Cuento de Navidad y
Nicholas Nickebly han inspirado a papeles que interpretaron Thalía, Fernando
Colunga, Eugenio Derbez y demás basura de actores televisivos. Poco después de
aceptar que sus cuentos y novelas son lineales y predecibles, me decepcionó
saber que Dickens fue un escritor bastante racista y falso.
Durante
este otoño del 2018, por fin vi la última parte de El Padrino, esa mítica
trilogía que, para muchos, solamente debieron realizarse dos entregas. Ya estoy
en la tercer década de la vida y la nostalgia no nada más me hace suspirar: me
exprime el corazón y me impulsa a proponerme metas que aún puedo realizar. En
esta película se plasma a un Michael Corleone cansado, enfermo y afligido, enajenado
con su hija Mary y arrepentido por haber asesinado a su hermano Fredo; sincero y
expresivo, capaz de compartir el secreto de su primera esposa, por quien en las
primeras películas jamás mostró sentimiento alguno tras su fallecimiento. Prolonga
esa melancolía que apareció al final de la segunda parte, cuando recuerda una reunión con sus hermanos para celebrar el cumpleaños de su padre:
ahí se ilustra con un solo acto la personalidad de cada uno de sus familiares.
La escena más triste de El Padrino III
La
número tres me pareció una película entretenida, muy lejos de las obras
maestras que le antecedieron. Lo que más rescato es la expresión del gran Al Pacino
cuando muere su hija. Y lo que sigue es una escena del heredero de Vito
Corleone, totalmente anciano, que emplea sus últimos suspiros en recordar a Mary.
Después muere, aislado de toda la riqueza que lo rodeó, sin estar junto a sus
seres queridos.
Nostalgia
también es saber perdonar, reconocer nuestros errores y regalarnos un poco de
ternura que talvez nunca nadie nos regale. Hoy ya no me avergüenza decir que
fui muy fan de Blink 182: que, a ese trío de chavorrucos de San Diego los
veneré más que a los hermanos Gallagher; tampoco que, en sexto de primaria,
gasté casi todo mi dinero en mirindas para completar el álbum de Pokemon, serie
animada que un par de años después detesté demasiado.
No
me cansaré de decir que quiero morir joven. Debe ser horrible estar lleno de
recuerdos en un cuerpo cansado, que no reacciona como quisiera, y sin las
personas que más quieres no sólo alejados de ti, sino que ya no estén en este mundo.
Espero no llegar a las seis décadas y recordar con nostalgia cuando decía que
no quería llegar a viejo.
Respecto a los libros, tengo dos pequeños libreros, con un par de obras de Dickens (Oliver Twist lo presté en 2006 y jamás me lo regresaron). Me quedan por leer como 15 ejemplares y ahora quiero volver a hojear todos aquellos que adornan mi cuarto y que invertí como siete años en coleccionar. A ver si alcanza la vida, y a ver cuántas nostalgias aparecen o renacen.
Quería comprarme una pistola, pero
no sé dónde las venden. Tampoco las balas. Además nunca quise aprender a
disparar. Los rayos de luz que se reflejaban en mi ventana me encandilaron, por
lo que creí conveniente levantarme.
Rápido abroché mis tenis,
pensando en hablar con alguno de los chicos rudos de mi casa y decirles con
tono curioso que si me prestan, me venden o me rentan una de sus pistolas.
Seguro me preguntarían a quién quiero “tronarme” y se ofrezcan como sicarios,
labor que algunos conocen muy bien. Me daría vergüenza explicarles que a nadie hay que apañar, que talvez no tengan su fierro de regreso y estoy
seguro que me delatarían en la primera circunstancia en su contra.
Mientras me quitaba las lagañas dejé de
imaginar tonterías y fui a hacer el mandado, es decir, invertir el dinero en
cosas que de verdad necesito. Faltaban jabones para bañarme y vi uno de
mandarina, que compré para lavarme las manos. Al usarlo suelta mucho color y la
espuma, sumamente viscosa, se seca enseguida, dejando las manos tiesas. Tengo
que usar otro jabón, o desperdiciar mucha agua, para solucionar ese
inconveniente.
¿Por qué lo compré, si dudé desde
un principio de su calidad? ¿Por qué no elegí el clásico jabón lirio? Dicen que
las personas consumistas, que compran a lo pendejo, tienen depresión,
incluyendo a las damas adineradas y raperos adinerados que gastan sus millones
en joyas y ropa. A mí simplemente me ganó la ansiedad, la desesperación de que
sea otoño y comprarme un kilo de mandarinas en el tianguis, o ir a la nevería
que está a espaldas del templo de San Onofre y comprarme una nieve.
Ya van tres semanas que nada sé
de ella. Y dos desde que me duele el estómago después de beber coca cola y/o cerveza.
¿cuál de estas excusas existencialistas es más contundente para volarse la tapa de los sesos? ¿Estaré vivo en
octubre para comprar mandarinas? Aún con mandarinas reales, esas que me elevan al nirvana por la emoción que siento al olerlas y exprimir sus gajos con mis dientes, será difícil
olvidar que fue en otoño cuando me enamoré de sus manos heladas y de sus
piernas cálidas: de sus ojos ya lo había hecho hace varios años. Lo bueno es que en septiembre regresaré a Mérida después de casi 20 años. Habrá mil emociones nuevas.
Pero he aprendido a verle el lado bueno a cualquier objeto o
sujeto. La ventaja de este jabón es que, mientras orino, percibo un nada
desagradable olor similar al agridulce cítrico que tanto amo.
¿Por qué mejor no te cuelgas
un cristo? Me dijo la señora a la que compro pan en el Centro, mientras veía
fijamente mi dije de tortuga.
Suspiré profundo, en busca de
alguna respuesta boba que me evitara lanzar un discurso existencialista. “Es
que me la regaló alguien a quien quiero mucho”, le expliqué.
“Pero es mejor un cristo”,
añadió.
Doble suspiro. Quise decirle: “no
me gusta la imagen de un tipo madreado brutalmente, que bien podría ser alguno
de los dos campesinos que recientemente lincharon en Puebla, acusándolos, con
pocos fundamentos, de secuestradores y a las pocas horas de que fallecieron, se
supo que eran inocentes… al igual que Cristo, a quienes los romanos reconocieron
como ídolo 300 años después de haberlo masacrado”… pero mejor sonreí, e hice
como que no la escuché.
Sin embargo ella replicó: “¡es
mejor un cristo!”. Sonó mi teléfono y lo ignoré, al ver esa lada que inicia con doble cinco y dar por entendido que me marcaban desde
la capital, algún banco vendiendo seguros, lo más probable. Le pagué con un
billete de Benito, de 20 pesos, claro está, y cuando me dio los 5 de cambio, repitió
su frase católica: "¡es mejor un cristo!".
“Es que nunca he comprado un
crucifijo, y no me interesa”, respondí yéndome de prisa, recordando que hace no
mucho, esa misma señora me preguntó qué bebía, y al explicarle que era un jugo
antioxidante de fresa, uva y zarzamora, aseguró que es muy dañino mezclar
frutas e ingerirlas (¿Por qué hay gente que a todo le encuentra un pero… que te
cuestiona todo lo que haces?).
Acaricié mi tortuga y recordé
que hace muchos años leí que ellas representan la paz y la sabiduría. Y me
gustó creer esa idea, sin necesidad de construir dioses ni ídolos protectores
de credos, mandamientos y demás órdenes religiosas y políticas que han
incentivado, durante muchos siglos y milenios, a que las sociedades sean una basura,
de estar luchando unos a otros por el odio ideológico y buscar una razón única…
un camino único, una verdad auténtica y real, basada en seres supremos que no
nos consta su existencia, y en deidades que figuramos a nuestra propia imagen…
en cambio a la tortuga la puedes ver en un lago, en el mar, en un charco o en
una pecera. Se mueve y es parte de nuestro espacio. Y eso es lo que cuenta:
valorar lo que ves, lo que está a tu lado, lo que estimas por lo que has
vivido, no lo que supuestamente vendrá para salvarnos si somos buenos, o
castigarnos en el infierno si fuimos malos.
¿Algún día cambiaré mi tortuga
por un cristo? Tendría que regalármelo alguien a quien aprecio mucho.