De repente me duelen los oídos de
tanto escuchar música, por lo que debo guardar los audífonos en la mochila
mientras avanza el camión. Se supone que así descansarán mis tímpanos, pero muchas
veces resulta peor, como por ejemplo, cuando el estéreo del camionero, o la
bocina de algún pasajero insensato reproducen banda o reggaetón… o cuando debo
escuchar las pláticas de al lado.
Cierto día de esta semana se
subieron al 258 dos jóvenes, hombre y mujer, supongo que son compañeros de
trabajo porque vestían camisas iguales, con logos al parecer de una empresa
restaurantera. Ambos comían tostilocos y me sentí feliz porque no se me
antojaron; hace más de dos meses que no los consumo porque, entre otras
cuestiones alimenticias, médicas y estéticas, ya cuestan 35 pesos.
Mientras revolvía con el tenedor
los pepinos, jícama, clamato, cacahuates japoneses y demás ingredientes
chatarra de la bolsa de Tostitos, el muchacho, a quien no le pude ver el rostro
pero tenía una voz bastante suave, poco clara y un tanto afeminada, saboreaba
cada bocado. Confesó a su acompañante que le es muy agradable comer frituras
sin que le estén pidiendo, aunque eso sí, resaltó no ser una persona envidiosa.
Talvez le sorprendió que de tanta gente a su alrededor, nadie se atrevió a
molestarlo mientras consumaba uno de los grandes placeres y uno de los siete
pecados capitales, que es la gula.
La chica hizo un comentario
similar, destacando que tampoco en su casa puede botanear en paz y entonces
recordé la película de Macario (duele reconocer que no he leído el libro), basada
en el clásico literario en el cual el escritor alemán B. Traven describe a la
perfección esas férreas ganas que tenemos los mexicanos de querer atragantarnos
un helado, un chocolate, un pollo como en el caso del indígena que protagoniza
magistralmente Ignacio López Tarso en dicho filme, o una coca cola, como lo viví
en carne propia con un chavillo, conocido como “Cafú”. A más de 15 años y por
todas las actitudes que implicaron, todavía me avergüenza recordar ese pasaje
que aún así reviviré en lo que resta de este relato.
FOTO: Google. Ignacio López Tarso (izquierda) representa magistralmente a un indígena que se le aparece la muerte en el que tal vez haya sido el momento más feliz de su vida
A Mario le decíamos “el cagón”
porque, valiéndole madre nuestras burlas, defecó en dos parques y en la
jardinera de una casa abandonada, y cuando contábamos sus hazañas a los demás
amigos, siempre lo negaba. En ese entonces, el verano de 2002, ocasionalmente
jugábamos fútbol en la cuadra de abajo con un buen sujeto que estimábamos. Se
llamaba Vic, narraba los partidos estuviera o no en la “cancha” y cambiaba
nuestro nombre o apodo por el de un crack: a Omar le decíamos “Beibi”, como
burla porque así lo despedía su mamá al dejarlo en la escuela, “¡adiós mi beibi!”
y durante la cascarita se transformaba en “Beibi” Beckham; cuando se aburrió de
pronunciar el prolongado “Arnulfillo”,Vic comenzó a decirme “Fillo”, y por eso
me tocaba encarnar al flamante portugués Luis Figo, y a Mario le hizo el gran
favor de cambiarle su horripilante y nauseabundo apodo por el del legendario
lateral brasileño.
Al “Cafú” cierto día le pedí un
trago de coca y se negó. Escondió la botella debajo de un carro, junto a la
llanta, y cuando se descuidó la tomé y le di un ligero sorbo. Se tornó rojo
como una granada (su piel era muy blanca); con gritos dignos de un paciente de manicomio,
me insultó lo más que pudo y, casi con lágrimas en los ojos, confesó que antes
de salir a jugar su mamá también quiso un trago y también con ella no accedió a compartir. Ser el
causante de su rabia me hizo sentir miserable, y no tanto por la ofensa que
debió colmarlo en ese momento, sino porque a ese cabrón en más de una ocasión
le ofrecí de lo que traía, o él agarraba sin pedir cuando después de jugar
comprábamos varias bolsas de papas y las servíamos en un plato. No sé qué tan relevante sea destacar que ese chamaco nunca traía dinero cuando íbamos a la tienda.
También recuerdo otros casos
curiosos asociados a esta envidiosa conducta que me atrevo a nombrar “Síndrome
de Macario”, que curiosamente se desarrollaron en la tiendita de la esquina,
donde probablemente el “Cafú” compró aquella fatídica coca cola (pensándolo a
detalle, ¡todas lo son!) de medio litro.
Le dicen “el mudanzas” porque no
puede hablar. Es como 10 años mayor que yo y lo recuerdo acompañando
a su abuela para cargar las bolsas de mandados. También cuando la anciana sacaba
una silla y se sentaba en la banqueta, junto al árbol que está afuera para ver
el panorama. Era incómodo y peligroso jugar fútbol con ella como espectadora,
aunque a veces su acompañante sin lengua desviaba los balonazos que podían
golpearla y a quienes vestíamos camiseta rojiblanca nos animaba con sonidos
guturales ininteligibles, incapaces de redactarse en cualquier idioma, y sus dedos pulgares en seña de aprobación.
Cuando la señora (nunca supe su
nombre) murió, esto pudo ser entre 2004 y 2005, al “mudanzas” le encargaban
cuidar a dos sobrinos suyos, una niña y un niño que usaban uniforme de
preescolar y salían a jugar a la calle como a las 5 de la tarde, y los metían
cuando recién anochecía.
En vacaciones salíamos a pelotear
desde temprano y fue un día de esos cuando noté que el señor mudo comía dentro
de la tienda, y por lo general compraba galletas chockies y yogurt dan-up. En
una de las enésimas veces que llegué, le dije en broma al tiendero que debían
estar muy buenas las pláticas del desayuno; con un gesto de desaprobación
comentó que el muy ojete comía adentro para no compartirles a sus sobrinos.
Enmudecí. Más que el envidioso tío.
Otro caso similar lo evidencié en
la misma tienda, pero más de una década después, no sé si a inicios de este año
o a finales del anterior. Aquí el protagonista fue el “Jona”, un vecino que
pinta carros. Un fin de semana necesitaba agua al
tiempo y el tiendero, que estaba atendiendo a mucha gente, me dejó pasar hasta
el fondo, a un segundo cuarto sin puerta que funge como bodega, para que tome
la botella y ahí estaba el susodicho, escondido en la escuadra que forman dos
refrigeradores, tomándose una cerveza pequeña a toda prisa.
De repente se escuchó un reproche
acompañado con un recordatorio materno. Era una voz femenina, la de su esposa
que lo cuestionó: “¿para eso querías el dinero, hijo de la chingada?”. Fue un
momento incómodo para los más de 5 clientes que hacíamos fila para pagar.
Pobrecito Jona, ni siquiera pudo gozar la pequeña ampolleta de a lo mucho 300
mililitros de alcohol. ¡Así de miserable suele ser el vicio!
Bueno. Lo del Jona no fue tanto envidia,
ni deseos de tomarse una cerveza para él solo. Lo digo porque lo he visto
compartiendo tragos de su caguama. Aquí no aplica el “Síndrome de Macario”, simplemente,
pienso, quería tomar sin que lo estuvieran chingando, porque dudo que la furia
de su mujer se debiera a que no quiso compartir la botellita con ella.
“Yo también he querido algo para
mí sola, para no darle a nadie, ni siquiera a ti”, le dice su mujer a Macario,
como para justificar los deseos del marido que trabaja día y noche para que
coman sus hijos, quienes tienen un apetito feroz y desaparecen las ollas de
comida, sin preocuparse de que los platos de sus padres generalmente se quedan
vacíos, en espera de ser servidos con frijoles.
Algunos de mis parientes tienen
la horrible costumbre de pedir todo, generalmente a los niños: y si el mocoso
se niega a compartirles, le quitan el chocolate, churrito, coca cola (¡auch, me
mordí la lengua!) o lo que sea que estén degustando, y se lo comen con un
semblante autoritario-represor, masticando lo más fuerte posible, no sin antes
emitir un "no seas muerto de hambre". Se justifican diciendo que es
una medida para erradicar la envidia, cuando en realidad exigen una especie de
“tributo” familiar que consiste en ofrecerles todo lo que estén consumiendo.
Estoy seguro que estas acciones
son uno de los principales síntomas del “Síndrome de Macario”, que obligan a los
afectados a comerse sus refrigerios en paz, sin que les pidan ni que les arrebaten
lo que comen. También lo es esa patética frase de “cómete al mundo”, como si
arrasar cantinas o hacer lo que se nos dé la gana en realidad lo fuera.
Porque no es casualidad que en la
película el diablo aparece cuando quiere comerse el pollo (¿o era pavo?) él
solo. Macario, el hambriento amigo de la muerte, no fue envidioso, sólo quería
darse un momento de satisfacción a sí mismo, darse un poco de cariño, algo que
muy probablemente sólo se presentase una vez en su vida, como comprarse unos
tenis muy caros o un automóvil nuevo. Eso es lo que entiendo cuando detalla “sin
aguantarme el hambre para que otros coman”. Pero para su mala suerte, cuando
por fin parecía que llegaba ese ansiado momento, se le apareció la muerte
hambrienta… como cuando me aparecí detrás de la llanta de un carro para darle
un trago a la coca cola.
PD 1: En Google encontré esta
genial definición para “muerto-de-hambre”: muy peyorativo, más que a la falta
de bienes materiales se refiere a la persona ansiosa y despreciable que siempre
quiere más de lo que tiene y sin plantearse si lo merece o hacer nada para
ello.
PD 2: Cafú vivió no más de seis
meses en nuestra cuadra y a Vic, quien muy humildemente adoptó el apodo de
Víctor Gutiérrez, un lateral de Cruz Azul, de repente lo dejamos de ver allá
por el 2004.
Aquellos que tienen el
atrevimiento de posicionar a Manny Pacquiao dentro de los 20, 15 o incluso 10
mejores boxeadores de toda la historia, presenciaron la noche del sábado 20 de
junio en el MGM Grand de Las Vegas más argumentos para decorar el legado del
filipino, quien derrotó por decisión dividida a Keith Thurman en un dramático
combate, sin duda candidato al mejor del año, en el cual se disputaron el
campeonato y el súper campeonato de la Asociación Mundial del Boxeo (AMB).
A sus 40 años, Manny Pacquiao se mantiene en la élite del boxeo
FOTO: AP
No hubo round de estudio y todo
fue emoción desde el principio. Talvez para demostrarle al estadounidense que noquearlo
en el primer asalto, como señaló en reiteradas ocasiones, se trataba de un
sueño guajiro, “Pacman” tomó la iniciativa y atacó con determinación; Thurman,
10 años menor que su rival, respondió con su potente recto de derecha y comprobó
ser el más fuerte, pero la amplia experiencia fue la principal carta de
presentación del multicampeón asiático: 20 de sus últimas 18 actuaciones han
sido por campeonato, y en total sumaba 70 peleas profesionales, por 30 del “One
Time”.
Esta variable se reflejó en el
minuto final del primer round, cuando Pacquiao tomó mal parado a Keith para
enviarlo a la lona, acción que hizo estallar la arena de Nevada, donde el
público apoyó en todo momento al oriundo de General Santos, Filipinas, quien
fue capaz de arrasar en la primera parte de la contienda: se fajó como en sus
mejores tiempos; cuando su oponente ajustó la estrategia y trató de voltear la
tortilla, su quijada lo respaldó como cuando reinaba en divisiones menores, en
aquellas épicas guerras ante Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, Erik Morales,
Miguel Cotto y, fiel a su estilo, jamás dejó de ir al frente.
Ser 10 años más joven y tener más alcance de poco le sirvió a Keith Thurman
FOTO: AP
Con un físico perfectamente
trabajado a sus 40 años, supo cuándo descansar, cuándo amarrarse y cuándo desarmar
a su oponente, al que logró arrinconarlo sobre las cuerdas en reiteradas
ocasiones e incluso, el constante golpeo al cuerpo generó malestar en Thurman,
quien mostró problemas para caminar sobre el ring; para impresionar a los
jueces, cerró de forma impecable la mayoría de los asaltos y a pesar del
dominio del tagalo se decretó decisión dividida: dos tarjetas marcaron 115-112
a favor de Pacquiao, y una 114-113 para Keith.
Durante los entrenamientos y
entrevistas, el de Florida se burló de la veteranía del filipino y menospreció
su legado. Sin justificar esta derrota que terminó con su calidad de invicto, quedó
claro que la inactividad de dos años a causa de una constante lesión en la mano
le ha cobrado factura; a inicios de este año regresó ante Josesito López, quien
lo lastimó considerablemente y a punto estuvo de noquearlo, y ahora ante “Pacman”
se vio lejos del nivel que demostró cuando derrotó a Danny Garcia, en marzo de
2017. Desde entonces, Terence Crawford subió a las 147 y de inmediato se afianzó
como el mejor de la división, al mismo tiempo que Erroll Spence Jr. se
consolidó como un pugilista de élite. Ante este panorama, ahora tendrá mucho
por planificar, ya que un boxeador que él daba por retirado y que nunca se ha
caracterizado por contar con una técnica depurada, por amplios momentos le dio
cátedra.
Subestimar a "Pacman" le costó el invicto al "One time"
FOTO: INSTAGRAM
Siete años y 10 peleas después de aquel fulminante nocaut
que le propinó Juan Manuel Márquez, el “Pacman” sigue vigente, como campeón de
una las divisiones con más talento y sin servir como escalón de las nuevas
generaciones, como lo terminaron siendo leyendas como Roy Jones Jr, Mike Tyson
o Shane Mosley, ni arrastrando el prestigio, como Julio César Chávez o Roberto
Durán.
Ya sean cinco, seis u ocho
campeonatos en distintas divisiones los que ostenta Manny es lo de menos: por
ejemplo, algunos no reconocen el título de la International Boxing Organization
(IBO) que obtuvo cuando masacró con uno de los nocauts más escalofriantes del
siglo a Ricky Hatton, a pesar de que el inglés es de un histórico en su país y
se presentó en buen momento.
Aunque a la IBO no se le
considera entre los cuatro grandes organismos del boxeo (CMB, FIB, OMB y AMB),
recientemente sus peleas de campeonato internacional son de mejor calidad y
cuenta con campeones como Andy Ruiz, Chris Eubank Jr y Julian Williams, en
tanto que la AMB contabiliza hasta cuatro monarcas en una misma división, como es
el caso de los pesos pesados, que además del súper campeón Ruiz, aparece como
campeón regular el sirio-libanés Mahmoud Charr; como campeón interino está
Trevor Bryan, cinturón que obtuvo al derrotar al veterano de 40 años BJ Flores
y antes se impuso a los mundialmente desconocidos Francois Russell y Sandy
Antonio Soto, dos boxeadores que sumando
el record de ambos se obtiene la cantidad de 4 triunfos y 40 derrotas, y por si
fuera poco, tienen a Joe Joyce como su “campeón de oro”.
Por eso es que el legado del
filipino, y de las próximas figuras, deberá medirse más allá de la cantidad de
cinturones que logren fajarse. Quienes desean que el mejor boxeador asiático de
todos los tiempos cuelgue los guantes, tendrán que esperar sentados, pues el
pupilo de Freddy Roach concretó otra gran sorpresa en este 2019 que ha estado
repleta de ellas. Incluso Tim Bradley y Lucas Matthysse se retiraron tras caer
con él.
Con el poder de sus puños intacto, el legendario filipino se niega al retiro y está listo para seguir sorprendiendo
FOTO: AP
El público ama el boxeo alegre de
Pacquaio y después de esta gran exhibición, más que pensar en sorprender a Spence
Jr. o Crawford, una revancha ante el retirado Floyd Mayweather Jr. vuelve a
tomar forma, y a pesar de que en 2015 la pelea entre ellos y fue un fiasco que
resultó una de las grandes decepciones de todos los tiempos, sus millones de
fans que tiene por todo el mundo volverán apoyarlo.
“Get back to where you once
belonged”, dice el coro de un gran éxito de los Beatles, que traducido al español
es más o menos “regresa al lugar al que alguna vez perteneciste”, y bien podría
ser la descripción del camino para retornar a la gloria que han emprendido los
Reds de la mano de su entrenador Jürgen Klopp.
En un año inolvidable, con
refuerzos precisos como Xerdan Shaquiri, Naby Keita y los brasileños Fabinho y Alison
Becker, más la consolidación de Virgil van Dijk, quien llegó en diciembre de 2017,
se conformó un equipo contendiente a ganar tanto en la Premier League como en la Champions League.
Aún sin cicatrizar la punzante
herida por caer en la Final de 2018 ante Real Madrid, parecía una temporada
enfocada en las competiciones locales, cuando en enero se colocaron como
líderes a siete puntos del Manchester City, y gracias a una gran atajada de
Becker se evitó el empate ante Napoli en tiempo de compensación del último
juego, calificaron milagrosamente a la siguiente ronda como segundo lugar; de
haber igualado en ese partido, el pase habría correspondido al cuadro italiano,
pues con apenas nueve puntos y la misma diferencia de dos goles a favor para
ambos clubes, tras seis partidos en el Grupo C, la ventaja correspondía a
Liverpool por haber anotado más.
Con los goles de Salah y Origi en Madrid, Liverpool derrotó 2-0 al Tottenham para conseguir su sexta orejona.
En octavos tocó el siempre
candidato Bayern Münich y en la ida se empató sin goles en Anfield, por lo que repetir
la final y conquistar la “Orejona” se veía lejano debido a que los nueve puntos
en la fase de grupos se consiguieron en casa y el conjunto teutón venía
recuperando su gran nivel; con el equipo de Pep Guardiola pisándoles los
talones en el primer puesto de liga, una brillante actuación de Sadio Mané dio
el triunfo 3-1, demostrando que se le podía competir a cualquiera.
Un contundente de 4-0 en la ida
ante Porto ya tenía al club pensando en las semifinales, pero más en cuál
partido liguero los de Manchester podrían salir sin el triunfo, ya que un
dolorosísimo 0-0 en Goodison Park significó perder el liderato y, por si fuera
poco, en la Champions Tottenham sorprendió a los Ciudadanos, situación que les
permitió, mejor dicho, los resignó a enfocarse en el bicampeonato de liga y ganar
la FA Cup.
Las malas noticias seguían: salir
goleados 3-0 del Camp Nou después de brindar una gran actuación, más la herida
a los fans por el festejo de Luis Suárez, quien anotó su primer y único gol y
generó el segundo de Lionel Messi, autor de la tercera anotación elegida como
la mejor certamen, parecían ser el escenario del capítulo final de una obra
trágica que plasmaba un año tirado a la basura; un día antes de buscar el
milagro, el 1-0 del City ante Leicester, con un golazo de Vincent Kompany, se
erigía como la estocada final para irse con las manos vacías.
La tercera fue la vencida para Klopp, a quien en Anfield ya lo comparan con Bill Shankley y Bob Paisley, los entrenadores más exitosos del club.
Pero más bien sirvió como
inspiración para consumar una noche mágica y de antología en Anfield, con un
juego redondo en el cual Klopp demostró su genialidad táctica y sin cracks como
Mohamed Salah, Roberto Firmino e incluso Naby Keita, quien en marzo y abril por
fin demostró su espectacular juego que lo tazó en 70 millones de libras; con
Van Dijk, Jordan Henderson, Andrew Robertson y Mané como líderes, Origi tuvo un
partido épico, y Wijnaldum, quien cometió varios errores en la ida, entró como
relevo por “Andy” y marcó otro par en la segunda mitad para así eliminar 4-3 al
Barcelona de Lucho y Coutinho, quien salió hace 18 meses de Merseyside de la
peor forma con el fin de cumplir su sueño: ganar la Champions League, e
irónicamente, desde que se fue los “scousers” han disputado las dos finales realizadas
desde entonces.
Lo que no pudieron lograr Torres
ni Suárez, se consiguió con un conjunto competitivo en todas las líneas. Pronto
se olvidó la lamentable situación de Loris Karius, sin embargo sigue presente
el resbalón del eterno Steven Gerrard, que en mayo de 2014 significó perder la Premier;
esta campaña, el mano a mano errado por Salah ante Everton representó entregar
la liga. Pese a este error, el “Rey egipcio” sigue siendo pieza clave y está
demostrado de más que no se trata de un “one season wonder” como se le catalogó
en su primera temporada. Fue una liga de 97 puntos, apenas uno menos que los
logrados por el campeón celeste. Fue una competencia sensacional y formidable:
nadie en Europa hizo más que estas dos escuadras inglesas.
Quedan varias dudas, como si debe
llegar o no un nuevo delantero que pueda competir con el tridente
Firmino-Salah-Mane. Daniel Sturridge arrancó espectacular, pero pronto quedó fuera
de circulación, en tanto que Divock Origi, relegado a la Sub 20 y sin un equipo
interesado en ficharlo durante el mercado invernal, supo ganarse un lugar en la
banca, después exigió minutos y respondió con goles fundamentales, sobre todo
en los dos últimos compromisos de Champions. Otro contraste fueron los
mediocampistas Keita y Fabinho: el primero arrancó brillando pero se volvió
predecible, hacía jugadas de más, se lesionó y tardó en dar asistencias y
anotar, mientras que el sudamericano debutó dos meses después del inicio y en
diciembre ya era pieza clave; de hecho terminó siendo factor para destruir el ataque
de Barcelona y Tottenham.
Es cierto que el fútbol ya no es
tan explosivo y espectacular como hace dos años, cuando recién llegó Salah y
arrancó a un gran nivel, y en la delantera se contaba con Coutinho; también es
cierto que las últimas tres finales de Liverpool han sido aburridas, pero el “Milagro
de Estambul” es eterno y con el estratega alemán al mando, la posibilidad de
cumplir sueños es altísima.
Klopp, tras una temporada
fantástica, con Guardiola como rival será más complicado defender el reinado
europeo, por lo que debe planificar a detalle y conseguir cuatro de los seis
puntos que disputará de forma directa ante los Citizen, porque queda pendiente
ganar la Premier League y hay dos grandes factores determinantes:
Qué tan en serio se tomará el DT
catalán la Champions, quien debe asumir el compromiso tras dos descalabros consecutivos
en cuartos y al menos aspirar a las semifinales, lo que implica más desgaste y
sacrificar puntos de la Premier League, porque aunque vuelva arrasar en torneos
locales, los jeques (su afición irrelevante no tanto) ya exigen la “Orejona”.
Y el más importante, conseguir un
par de refuerzos, que bien pueden conseguirse desde las reservas como Rian
Brewster, Rafael Camacho, Ki-jana Hoever o Harry Wilson para darle más rotación
al equipo y evitar lesiones en la zona defensiva y mediocampo que tanto
afectaron, como fueron los casos de Joe Gomez, Joel Matip, Dejan Lovren, Trent
Alexander Arnold, Henderson, Keita y el siempre lastimado Adam Lallana.
Terminar con 30 años de sequía en la liga es el siguiente reto de Salah, Mane, Firmino, Van Dijk, Allison y compañía.
En Inglaterra dan por hecho que
Klopp, el genio que ha acertado en cada fichaje (ninguno llegó con la etiqueta
de súper estrella que ahora tienen e incluso se cuestionaron los altos costos
de algunos) se enfocará en ganar la Premier League, la primera en este formato
pero la número 19 considerando los más de 120 años de historia de la
competición y acercarse a un solo título al Manchester United, el máximo
ganador, y ahora sí poder cantar al ritmo del cuarteto de Liverpool “Get back
to where you once belonged” que bien podría convertirse en un nuevo himno que
los fanáticos canten en The Kop y en cualquier parte de Anfield Stadium.
Según Juan Carlos Tapia, un prestigioso
periodista panameño, previo a la ceremonia del pesaje Anthony Joshua estaba arriba
33 a 1 en las casas de apuesta sobre Andy Ruiz. No se trataba de una cifra
descabellada, e incluso, a nadie habría sorprendido si la supuesta superioridad
fuese del doble, si comparamos la papada, las lonjas y demás masas grasientas
que se menean del pecho y brazos del mexicano, con la musculatura de acero
galvanizado que destaca en cada parte de los casi 2 metros que mide el londinense.
Las acciones iniciaron como
indicaba la lógica: que el “Destroyer” saldría a dar la más digna de las
presentaciones y la fiesta terminaría con un bombazo de "AJ", lo cual aconteció
en el tercer round, con un zurdazo que mandó a la lona al mexicano. La forma
aparatosa en que cayó supuso el punto final.
Pero Andy se levantó y, como si
se tratara del Gladiador Máximo Décimo Meridio, cambió el libreto para escribir
una anécdota inesperada e inolvidable en el Madison Square Garden, el “coliseo
del boxeo” por excelencia: apenas se puso de pie y salió a fajarse en lo que se
esperaba como la última combinación, pero terminó con la quijada lastimada de
Anthony, quien se llevó la mayor parte del castigo y fue derribado en un par de
ocasiones. Incluso casi lo sacan del ring en la segunda caída y lo salvó la
campana de ser noqueado en ese tercer asalto, que será recordado porque se
desarrollaron quizá los tres minutos más dramáticos de este siglo boxístico.
Esa caída fue la primera para
Ruiz en su carrera profesional. En cambio Joshua ya conocía lo que es mirar las
lámparas boca arriba cuando se enfrentó a Wladimir Klitschko en 2017, sin
embargo en aquella ocasión su rival fue un histórico veterano que aunque a
punto estuvo de revertir, ya nada tenía que demostrar en su legado de más de 10
años como campeón. A diferencia del ucraniano, Andy tenía su segunda contienda
titular, tras perder en Oceanía con Joseph Parker una decisión mayoritaria en
diciembre de 2016.
En el cuarto round ambos descansaron,
en el quinto el europeo demostró un poco de sus grandes cualidades, pero
caminaba sin orden, con sangre en la nariz que le dificultaba respirar y con
una mirada nublada, totalmente perdida. En el siete volvió a caer dos veces y
así concluyó la sorpresa donde el contraste no nada más consistía en la
apariencia física totalmente antónima, con una diferencia de 10 centímetros de
estatura y casi 20 de alcance: cierto es que el “Destroyer” no había demostrado
en pelas anteriores cualidades que permitieran un margen de error, y su
principal desventaja consistía en ser la tercera opción para este combate, que
en un principio encabezó Jarrell Miller, suspendido por dopaje dos meses después
de anunciarse el evento.
Se esperaba que el relevo sería Luis
“King Kong” Ortiz, quien reconoció no estar en condiciones óptimas para asumir
semejante reto que se realizaría dentro de un mes de presentarse esta oferta. Finalmente
fue el pupilo de Manny Robles, quien tras derrotar a Alexander Dimitrenko el 20
de abril, de inmediato regresó al gimnasio para asumir el mayor desafío de su
carrera, que concluyó en la hazaña más grande de los pesos pesados, después de
que James Douglas derrotara en 1990, contra todo pronóstico, a Mike Tyson,
entonces considerado sin objeción como el mejor libra por libra.
Hay que decir quién es Joshua en
el mercado global: después de Saúl ”Canelo” Álvarez, es el boxeador que mejor
cobra sus peleas (las tres últimas han consistido en siete cifras), y por ende,
el segundo más taquillero, que ha abarrotado el estadio Wembley y la Arena de
Manchester en varias ocasiones, y en su primera visita a Manhattan fue capaz de
convertir al Madison Square Garden en un estadio de fútbol, con cánticos
ingleses y nuevos clásicos boxísticos como el “Sweet Caroline”, tema que es
habitual escuchar cada que se presenta un púgil británico, ya sea en Europa o en
América.
El londinense de origen nigeriano es uno de los principales causantes de que la división de los
pesos completos hoy se encuentre entre las más competitivas, tras más de una
década de decadencia en la que solamente figuraron los hermanos Klitschko. De
hecho, por su tamaño y contundencia, similar a la de Deontay Wilder, hay
quienes consideran crear una división mayor: los super completos. Pero esta
derrota, junto aquella ocasión en que el cubano Ortiz por poco sorprende al “Bombardero
de Bronce”, parecen ponerle una pausa a esta decisión.
“AJ” salió por primera vez de la
Gran Bretaña para realizar su séptima presentación ya como campeón del mundo.
Desde que consiguió el cinturón de la Federación Internacional de Boxeo (FIB)
en abril de 2016, también se convirtió en monarca de la Asociación Mundial de
Boxeo (AMB), la Organización Mundial de Boxeo (OMB), e incluso del considerado
quinto organismo principal, la IBO (International Boxing Organization), que últimamente
sus peleas tienen más seriedad que la AMB, pero esa es otra historia.
Este panorama, respaldado con un
campeonato olímpico y una aterradora marca profesional de 22-0-0, 21 KO, le
valió que muchos expertos lo consideraran entre los 10, o incluso 5 mejores boxeadores
del mundo de la actualidad. Todo estaba organizado para disputarle el cetro del
Consejo Mundial de Boxeo (CMB) a Wilder en territorio norteamericano, y así
unificar los cuatro cinturones.
Poco a poco la etiqueta de súper estrella invencible venía perdiendo brillo: ante Carlos
Takam le regalaron un nocaut técnico en la recta final del combate, porque no
se veía cómo podría finiquitar a través de la vía rápida; en su siguiente
presentación, contra Parker, terminó su racha de siempre ganar antes del límite,
y Alexander Povetkin logró meterle las manos en un par de ocasiones y le
lastimó el rostro.
No sé qué tan mexicano sea el
"Destroyer". Imperial, California, donde nació y reside actualmente
se ubica prácticamente en la línea fronteriza de Mexicali, donde se dice que
vivió un par de años, lo cual demuestra con un español más fluido que el
ciudadano chicano promedio, aunque está claro que piensa y se expresa mejor en
inglés. Dudo que los gringos lo reclamen como un campeón suyo.
Salvador Rodríguez, periodista de
ESPN, menciona que Ruiz, de 29 años y ahora con marca de 33-1-0, 22 KO, cuenta con
pasaporte mexicano al representar a la selección azteca de boxeo y estuvo cerca
de acudir a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, pero perdió un combate
decisivo. La gloria ya nadie se la quitará y tiene todo el mérito, pero cierto
que Anthony falló en muchos aspectos: tal vez el viaje lo afectó, o la terrible
goleada que el Chelsea le propinó a sus Gunners en la final de la UEFA Europa
League, a media semana.
Cobrar 3 millones de dólares, el
10% de lo que le pagaron a quien destronó, parecía ser lo mejor que le pasaría
a Andy en toda su vida. Dar una buena presentación significaría seguir cobrando
buenas bolsas en compromisos de renombre ante los contendientes de siempre como
“King Kong” Ortiz, Dillyan Whyte, Povetkin, Izuagbe Ugonoh, Breazeale y Takam,
además de los prospectos ascendientes como el africano Efe Ajagba y los polacos
Adam Kownack y Lukasz Rozanski.
Ahora ellos lo verán como la
opción más fácil para coronarse, aunque ya se habla de revancha a finales de
año, en la que está en condiciones de exigir al menos el doble ya que que muy
probablemente se realzará en Inglaterra, porque a Joshua le salió caro irse de
paseo a Manhattan y medirse a Fury o Wilder ya no tendrá el mismo imán taquillero
que si siguiera invicto.
Sucedió a los 23, cuando empezaba
a embarnecer dejando atrás una figura esquelética que me caracterizó desde
niño; cuando mis infantiles facciones faciales maduraron sentí la seguridad de estar a tu talla. Fue ahí cuando decidí utilizarte, con el objetivo
principal, me duele reconocer, de sencillamente satisfacer mi orgullo y
demostrarles a los fanfarrones que, siendo tú totalmente mía, nada tenía que
envidiarles. E incluso serían ellos quienes se morirían de celos al ver lo perfecta
que te veías conmigo, dándole un notable estilo, y hasta cierta categoría, a mi
presencia en el lugar que fuera: las cafeterías, la plaza de la colonia o los
bares.
Aún estabas en pleno verdor de tu
existencia cuando el destino, aunado a ese asqueroso “¡qué dirán!”, impidieron
que siguiéramos compartiendo nuestra compañía frente a los demás durante el
día. Un imperdonable descuido, que se dimensionó en un fatal accidente que
deterioró tu belleza y reputación, nos impulsó a pactar un acuerdo conveniente
para ambos, acorde a nuestras necesidades y objetivos en esta vida: solo
podíamos coincidir de noche, y tú estarías por siempre encerrada en mi cuarto,
alejada de la vista pública, lo más oculta posible, incluso de mis seres más
cercanos y de quienes mayor confianza les tenía. No tuve el valor de contarles
lo acontecido, porque amaba dormir contigo, sobre todo porque la desgracia se
suscitó en diciembre y tus finos brazos me protegían del frío.
Pero tu belleza la fue deformando
ese fatal accidente. Perdiste el porte, tu desgaste fue evidente y tras un par
de años de meditación, me quedó claro que fuiste una etapa de la cual me
avergonzaba; andar contigo fue un acto egoísta en el que traté de construir una
imagen que no me corresponde, y que la sencillez y el alto sentido del
humanismo que por tanto tiempo me caracterizó, no encuadraba con los bares y
demás lugares de mala muerte donde coincidimos. Para recuperar mi camino hacia
el nirvana, no me quedó de otra que deshacerme de ti.
Ha pasado mucho tiempo y
reconozco que fuiste alguien fundamental en mi vida, que me llenó de seguridad
y confianza: una pieza clave para moldear lo que ahora soy… o me gusta creer
que soy. Por eso esta noche que encontré tus vestigios me llené de asombro:
contemplar las vísceras escurridizas y disecadas junto a tus restos ocasionó
una mortal sacudida hacia el pasado. Mi hermosa deshilach… desdichada, quise
decir: daría lo que fuera por volver a abrazarte con todo mi cariño, pero
créeme que no es posible, porque sólo nos ensuciaríamos ambos, porque ya rato
que nuestra historia terminó de escribirse.
II
Descolorida y deshilachada
"La misma ropa de ayer, será
el pijama de hoy”, pronuncia el rapero español Kase O en el coro de “Cantando
(no comprendo por qué esta canción se ha vuelto tan referente en mi día a día,
si ni me gusta tanto)”. Esta frase asaltó mi mente cuando vi tendida sobre el
barandal del balcón lo que queda de aquella camiseta de tela ajustada, como de
licra o, mejor dicho, de algodón strech, y que no fue sencillo comprarla. Y
menos decidir cuándo sería apropiado vestirla: debí tardar varios meses en
armarme de valor y no regresarla al gancho para guardarla nuevamente en el
ropero, porque me abrumaba bastante que relucían las remarcadas clavículas y
aún más, mi espantoso agujero que deforma mi pecho desde que tengo memoria.
Lo que queda de mi camisa verde musgo. Ahora más que pijama, es alfombra de las cucarachas
Pero cierto día le di prioridad a
su cualidad de tonificar mis brazos y me la puse. A ella le agradó cómo se me
veía. “Te va bien el verde musgo, combina con tus ojos”, fue el discreto piropo
que se le escapó minutos después de nuestro encuentro en aquel bar cuyo dueño
era (o es, tiene años que no lo visito) un chef español. Las primeras palabras,
que describían el color de mi camisa, se dispersaron de sus bellos labios con
un tono trémulo, pero ya con mayor seguridad chuleó mis ojos. ¡Es que le
gustaban mis ojos (ahora recuerdo un clásico de José Alfredo)! El muy idiota me
sentí ofendido: supuse que se trataba de una burla más. Bueno, no ofendido,
pero asocié su comentario como parte de la carrilla a la que fui sometido por
mis amigos durante toda esa noche, lo que me obligó a hacer a un lado el gran valor
sentimental y sincero de parte de ella, porque así hubiera llevado mi eterno
jersey de las Chivas, también me habría dicho palabras lindas y habría mimado
mis ojos, puedo jurarlo.
Creo que la usaba cada quince
días, o al menos una vez al mes, y no tenía ni un año con ella cuando lavando
no recuerdo qué se salpicó de cloro. En la zona abdominal quedó una mancha
horrible y oxidada que la echó a perder en su totalidad. Nunca más volví a
ponérmela para salir, pero me gustaba usarla de pijama.
Para ese entonces ya me había
alejado de ella. Emprendimos distintos caminos y muy de repente extrañaba su
compañía, más en los inviernos, cuando dormía con la camisa verde que aparte de
protegerme del frío, sentía que aún olía a su perfume, porque cuando pasó aquel
accidente, horas antes habíamos estado juntos. De hecho, la catástrofe se debió
a los efectos del alcohol y la felicidad que me produjo el estar a su lado. Me
gustaba que oliera a su perfume, a pesar de las lavadas; incluso a la crema de
su cabello y, si la contemplaba con cuidado el semicírculo de la parte frontal
del cuello, se notaba una mancha de baba suya, que se le escurrió de sus labios
cuando se quedó dormida en mi pecho.
Tantos recuerdos lindos guarda lo
que hoy es un trapo viejo, que mi madre pone debajo de la puerta del balcón
para impedir que entren el polvo y algunos bichos. Totalmente descolorida,
deshilachada y descolorida, aún sobresale ese manchón, ahora anaranjado,
provocado por manchas de cloro. En eso ha quedado la vanidad de los veinte, en
una alfombra de mugre donde las cucarachas se limpian las patas.
Ajusto este escrito escuchando la
misma canción grosera de los Violadores del Verso que cité recientemente, y
mientras pienso en lo ridículas que son estas letras, me hace eco en las
neuronas la frase “mas si quieres ser feliz no analices, no hasta que tu alma
cicatrice”.
Nunca me han gustado los eventos
tecnológicos masivos. Podría justificarme y decir que me abruma ver a tanto
chamaco “ñoño-poser", pero siendo honestos, la principal causa es que me
ha rebasado la comprensión de la ciencia, la cual avanza a pasos acelerados en
este milenio.
Por cuestiones laborales asistí a
la Expo Guadalajara los cinco días que duró el Talent Land 2019, desarrollado
durante la etapa final de abril. El primer evento que cubrí lo impartió Martí
“C de Ciencia”, un youtuber español que en su presentación “El sueño
interestelar” habló de la posibilidad de viajar a través del espacio-tiempo, y por
alguna extraña razón, me sentí como si fuera parte de la caricatura los
Halcones Galácticos.
Foto: Travelling through time and space
Sin contemplar cuestiones como la
atmósfera, condiciones planetarias y otros factores del mapa celeste, señaló que,
en unos cuantos miles de años, a través de seres desarrollados mediante la
inteligencia artificial, la humanidad podría viajar a la velocidad de la luz
con el objetico de poblar planetas.
Como mi capacidad se limita al
Sistema Solar (no imagino qué podría haber más allá de Plutón), me sentí un
antagonista secundario de Dragón Ball, de esos extraterrestres verdes, azules o
cafés que estaban al servicio de Freezer para conquistar distintos mundos. Y es
que suena imposible y ridículo, pero de ser cierto, Martí C comentó que estos
humanoides serían incapaces de conservar nuestras costumbres y sentimientos,
por lo que esa “invasión interestelar” tendría cero sentido, pues en caso de
que encontrase con otras especies de vida inteligente, no podrían precisar su
origen, ni quiénes son realmente. Empiezo a complicarme con lo que explico,
mejor sigo redactando sobre la exposición del “españolete”.
Habló de cómo los problemas
bélicos también generan competencia intelectual, y como ejemplo se enfocó en la
Guerra Fría, factor fundamental para que la Unión Soviética se catapultara como
la máxima potencia en cuanto al estudio científico del espacio, y como
respuesta los Estados Unidos visitaron la luna: hay quienes dudan de este
acontecimiento, pero ese es otro tema. Dejando de siempre el lado humanitario,
refirió que es muy posible que una tercera guerra mundial promueva la visita a
Marte… en caso de haber sobrevivientes, pues son más de 10 los ejércitos altamente
armados para defenderse y generar una destrucción fatal, con un efecto nuclear
invernadero.
Únicamente sobrevivirían quienes pudieran
vivir en cápsulas o escapar en un cohete al espacio (¿?), y entonces recordé la
película de 2012, donde una gran nave (que bien podría ser el Arca de Noé),
donde viajaban las personas más adineradas del mundo, algunas de sus mascotas,
más los protagonistas pobres que lograron colarse, se estanca en los Himalaya
luego de una especie de diluvio.
Yo, que me quedé en 2005, cuando
se podía compartir imágenes y tonos polifónicos de celular a través del
infrarrojo, que de software y hardware no entiendo ni pío. No sé hasta dónde
nos alcance. No sé si la humanidad logre exponer todo su potencial intelectual
científico... Desconozco de estos temas y no sé hasta qué punto sean ciertos. Hay
quienes siguen creyendo que solo usamos el 5% de nuestra capacidad cerebral, y
son esos “eruditos” quienes quieren poblar el universo, diversificarnos, como
si los terrícolas fuéramos realmente útiles para el espacio; quieren expandir
nuestra imagen, esa misma imagen que los ignorantes creen que un Dios supremo
creó a su imagen y semejanza. Aquí compruebas que la extrema sabiduría bien
pudiera confundirse con ignorancia o demencia: la línea que las divide es muy
delgada.
El expositor vuelve a la
realidad. Es consciente de la crisis global actual, que los gringos, a través de
la NASA, no están en condiciones de hacer un viaje a Marte. De los rusos no
habla. Es entonces cuando nos damos asco como humanidad. Sentí deseos de
preguntarle que en dónde pudiéramos estar si la mitad del dinero destino a
armamento bélico y seguridad social, o como se llame ese término referente a
mantener policías y soldados para salvaguardar la integridad de sus habitantes,
se destinara a la ciencia. Talvez ya habría inteligencia artificial al menos en
nuestro vecino Marte. O talvez nosotros mismos ya lo estaríamos habitando.
“C de Ciencia” sueña con una
humanidad unida. Siente lástima por Israel porque, la senda que finalmente
logró llegar a la Luna, tras muchos problemas, lleva la frase "Small
Country, Big Dreams": él asegura que los grandes sueños están en todos
lados, incluso México. ¿Qué tendría que sacrificar un presidente tan burro y
retrasado como AMLO para que nuestro país consolide una infraestructura que nos
permita estudiar el espacio y viajar más allá de la capa de ozono?
Vaya que es un soñador, porque
sólo en sueños podremos viajar sobre el espacio, al menos durante los
siguientes tres siglos, puedo jurarlo. Ahora recuerdo al Duende Verde, de la
primera película de Spiderman, cuando reniega porque “más de 40 mil años de
evolución y apenas hemos tocado la vastedad del potencial humano”. Es decir,
para los grandes científicos, vamos a paso lento, a pesar de que la tecnología
nos tiene en un parámetro muy distinto al de hace 20 años, digo esta cifra
porque en ese entonces yo aún era niño y podía creerme ciertas mentiras, como
ver duendes y ovnis, y era imposible imaginarse usar un teléfono sin cables,
pequeño, que pudiera tomar fotos y videos. Del internet ya ni hablamos, pues
prácticamente no existía.
De hecho, un celular puede
considerarse como una inteligencia artificial, con la cual podemos interactuar,
y algunos químicos dicen conocer la fórmula del enamoramiento, y no sólo eso,
aseguran que tiene equis o ye duración, dependiendo la persona, pero que no son
más de cinco años.
La ponencia cerró con la frase
"tenemos tiempo para que la energía oscura nos aleje", y recordé que
recientemente se tomó la primera foto de un agujero negro. Ambos conceptos me
revuelven la cabeza y me vuelvo bruto, por eso mejor pongo punto final a este
escrito.
"Se viaja no para buscar el destino, sino para huir de donde se parte."
Miguel de Unamuno
Qué bonito era pedalear en Ocotlán. Llegar el domingo, lunes o martes, según el semestre, tirar la maleta al suelo y en seguida ir por mi irreemplazable bicicleta, la Turbo Zero modelo 2005 negra con vivos rojos, que tan sólo costó mil pesos (tenía 50 por ciento de descuento por liquidación total) y al apreciarla de no muy lejos, sin duda podías pensar que su valor era mayor…mucho mayor.
Partir hacia la Farmacia por alimentos chatarra para el resto de la semana, ir a la tienda de “Sanjua” por una Coca, palomitas de microondas o, de vez en cuando, unas caguamas; visitar a mis compañeros o amigos de la barra de Chivas, o bien, ir a clases…cualquier pretexto era ideal para tomar la rila y atravesar los caminos del cálido y pestilente pueblo.
Yo, pedaleando en mi Turbo Zero, allá en Oco, hace ya más de 10 años.
Incluso, en numerosas ocasiones jugué carreras con un par de niños. Jamás supe sus nombres y edades, menos dónde vivían. La competencia se realizaba en la Colonia El Porvenir, cuando los infantes salían de la primaria y yo me dirigía a la Universidad. Parecía absurdo, yo, con 18 años y ellos, dudo que superaran los 10.
La colonia en mención se localiza en el suroriente del pueblo, en un principio duraba 40 minutos para llegar al Cuciénega; semanas después, difícilmente dilataba más de 20. En cuanto doblaba para circular por la Calle Efraín González Luna (cuyos colonos le llaman, o llamaban “La Carretera”), los martes y miércoles, días que entraba a clases a las 12 horas, me interceptaban el par de escuincles, quienes salían de la primaria y para demostrarles mi superioridad, aceleraba.
En cierta ocasión casi atropellan a uno, al más pequeño, por mi culpa.
Aún corría el primer semestre, el sol ya no calaba tanto al mediodía y yo ya no trabajaba en la fábrica. Las fiestas locales habían terminado: debió ser entre noviembre y diciembre de 2006.
El tramo que va de sur a norte (hacia la Universidad), a la altura del puente del malecón, por el cual pasa el pasa el Río (ahora canal de aguas negras) Zula, está de subida. Ahí yo solía incrementar la velocidad para dejar atrás a los dos niños.
Pero aquella vez no supe cómo, pero me rebasaron. Entonces apresuré y al alcanzarlos, al más pequeño le cerré el paso para que se frenara y así ya no pudiera competirme. Pero él no se detuvo, pedaleó hacia su izquierda en un trayecto en declive. A gran velocidad, pasaban carros y uno de ellos dobló hacia el carril del sentido contrario, donde afortunadamente en ese instante no transitaban vehículos. De no haber hecho esta falta de tránsito, seguro el niño hubiese sido arrollado.
El chamaco solamente se rió. Yo me asusté, al grado de no volver a disputar otra carrerita. Las siguientes idas a la escuela los dejé que se fueran y que me ganaran y a los pocos días, antes de navidad, me cambié a un sitio más cercano a mi escuela.Con el paso de los semestres, usar la bicicleta dejó de ser costumbre.
Jamás creí sentir tal sentimiento nostálgico, pues siempre fue un simple acto de rutina impulsarme con los callejones llenos de tierra, baches, piedras, e incluso era incómodo cuando mi espalda se salpicaba de lodo en el temporal de lluvias.
Me acompaño casi cuatro años. Pocas veces falló, pese a que debí arreglarla más de diez ocasiones. Lo más lindo es que también fue útil a muchos amigos. Duró las vacaciones de 2008 arrumbada en la casa de una compañera.
Luego también la dejé junto a un árbol y al regresar, decenas de ramas se enrollaron en ella, como si me la quisieran robar; lo comprobé al desatarla, pues las raíces y tallos parecían de acero.
Tiempo después, en febrero o marzo de 2009, volví a ver a aquellos adversarios de pedal, justo en el puente en que casi ocurre el fatal accidente. Recuerdo que llevé la bicicleta con el mecánico que la reparaba cuando vivía en esa zona y de repente, pasaron los dos imberbes, ya no parecían tan niños y como buenos ocotlenses globalizados, cambiaron sus bicis por motocicletas italika, creo que las debieron comprar en el Elektra de la calle Hidalgo, esa calle que lleva al centro estando en el CUCI.
Seguro me reconocieron: ambos voltearon hacia mí y sus rostros forjaron un gesto amable -o al menos eso percibí-, similar al que se hace cuando se quiere ser amigo de alguien; creo que hice la misma mueca, antes de que echaran a andar sus vehículos de bajo ciclindraje y alto sonsonete al acelerar.
Publicado en mi muro de Facebook, en diciembre del 2011
El barrio siempre ha sido
peligroso, pero desde hace un año lo es más. No llovió pero el viento golpeaba
e impedía la visibilidad como si llevara agua. Salí de mi punto de encuentro a
las 10 pm. Mientras cerraba el candado de mi bicicleta y me preparaba para
circular, una motocicleta me cerró el paso.
“Disculpa, bro, ¿tienes una llave
que me puedas prestar?”, me preguntó el conductor de la moto, antes de que
tuviera tiempo de ver su rostro. Se trataba de un chavo que difícilmente
tendría la mayoría de edad: así lo intuí en ese momento por su voz, su estatura
y esos rasgos con poco vello y unos cuantos granos de acné: esos rasgos
característicos de la pubertad que se aferran a destruir la ternura y la suavidad de la niñez.
Tardé en responder y lo miré
fijamente, no sé, dos o tres segundos. Notó mi incomodidad, entonces le dije,
¿cualquier llave?, y sin esperar respuesta, le di la del candado de mi bici,
que en ese momento sostenía otras cinco: la casa donde crecí, la casa donde
ahora vivo, la de otra bicicleta que tengo abandonada y la de una maleta.
"Said the stars", Deviantart
También se dio cuenta que
desconfié al entregársela. Seguramente leyó mi expresión facial que demostraba con claridad cierto miedo disfrazado de timidez y que a la vez se preguntaba: “¿para qué demonios quieres una llave?”. Pero de inmediato
hizo su cometido: colocó minuciosamente la punta de la llave de candado sobre
el interruptor de encendido, lo giró levemente y, como por obra de magia,
arrancó el motor de su moto de bajo cilindraje, en la que se disponía a hacer
la entrega de un pedido de tacos (enfrente del lugar al que fui hay un pequeño
puesto de comida y realizan entregas a domicilio). Me sorprendí. ¡Ahora
entiendo por qué es tan fácil robarlas!
Me dio las gracias, sin antes
decirme: ¡está bien chido tu llavero del Liverpool!
Nos fuimos por caminos distintos.
Él por la derecha, yo por la izquierda. Rumbo a la casa pasé por un recinto
funerario bastante modesto, donde también la noche anterior había gente.
Desconozco si las mismas, y si a quien despedían era al mismo fallecido. Pero había
muchas más personas, divididas en círculos, por así decirlo, de acuerdo a la
posición que formaban alrededor de los árboles de la banqueta y de las bancas
del interior. Avancé a paso semilento, porque a mi lado iba un camión a una
velocidad estable, invadiendo ambos carriles, por lo que resultó complicado
rebasarlo. Fue esta circunstancia la que me permitió escuchar un fuerte
berrido, al parecer de un anciano; un par de gemidos, emitidos por una viejita,
y desde el interior uno que otro llanto.
Debí frenar porque el camión me
cerró el paso. Se detuvo para bajar a una señora que precisamente ingresó a la
funeraria y entonces me ganó el morbo: giré hacia mi lado derecho para
contemplar el oscuro paisaje: muchas motos, muchos tatuajes, camisas negras, algunas
con el número 13 con molde estilo grafiti o tatuaje de marero salvatrucha,
además de un par de ojos húmedos. Uno de esos círculos estaba integrado por
jóvenes, cuyo caló pandillero se expresaba con menos “flow” a causa de los
suspiros emitidos durante la conversación.
Cuando aceleré, el 258 ya se
encontraba a una cuadra. Di la penúltima vuelta al lado diestro de mi viaje y
al fondo se apreciaba una patrulla, con las sirenas apagadas. Más suspenso en
esta noche. Traté de serenarme, porque presentí que algo malo podía estar
pasando. Un escalofrío me puso en alerta y tuve un mal presentimiento: todos
estos acontecimientos podrían ser una mala señal. Pensé qué podía responderles
a los policías en caso de un interrogatorio, cómo debía presentarme y explicarles
que me dirigía a un coto ubicado a unos 30 metros de donde se encontraban. Es
que no he superado aquel par de desafortunados encuentros con este tipo de
autoridades, uno en 2008, el otro un año después. En la primera ocasión me
acusaron de orinar en una cancha de fútbol, lo cual no fue cierto, y me libré
de ellos gracias al oficio de mi papá: los polis temen a los militares. La
segunda vez no la mencionaré, pero también se impuso mi inocencia.
Pero para este probable tercer
encuentro ya no había una credencial que me acreditara como hijo de un
integrante de la Fuerza Aérea, o la de practicante de un periódico con cierto
prestigio. Mi plan de defensa lo interrumpió un carro que apareció de repente,
con las luces apagadas, y se detuvo junto a la unidad policial. Para no verme
sospechoso circulé de la forma más común, lo cual fue posible al notar que el
misterio que producían ambos vehículos también impresionó a dos señoras que
recogían su puesto de venta de comida chatarra.
En ambas aceras también había autos
estacionados, por lo que el espacio quedó muy reducido; por si fuera poco estaba
abierta una puerta de la patrulla. Giré calculando no estamparme y apenas logré
superar este obstáculo, sucedió un encuentro inesperado, pese a mis malos
presentimientos resientes: mi mirada chocó con la de un policía, y sus ojos me
estremecieron.
La situación podría compararse
con el cara a cara de dos boxeadores tras la ceremonia del pesaje, donde yo era
el campeón prepotente y él un novato, o un peleador a modo para lucirme. Lo
digo porque se sorprendió al verme y su expresión fue lúgubre; sus ojos se
nublaron, como si se hubiera encontrado con un fantasma o un ser maligno, aunque
su reacción no tardó ni una milésima de segundo: dirigió la mano hacia su
pistola y la sujetó. Me “enfrenté” a alguien que está expuesto constantemente
al peligro, y como no soy una estrella del boxeo, mi instinto me impulsó a
saludarlo con un “buenas noches” para dar mi última torcida al lado derecho y
ponerle fin a tan desagradable encuentro.
Como bien se sabe, de noche todos
los gatos son pardos y debo detallar, a favor de la actitud trémula del
oficial, que ese día yo iba vestido todo de negro, con la capucha de mi
sudadera puesta, precisamente por el viento.
Aquel miedo que sentí y que percibió
el chico motociclista debió ser el mismo que experimentó el policía cuando pasé
a su lado: esa inquietud de que algo malo sucederá y quizá ya no tengamos la
oportunidad, el lujo de contárselo a alguien. O talvez fue mayor y no
precisamente por tratarse de mí, sino simplemente es esa inquietud que siempre
tenemos presente quienes radicamos en una ciudad insegura, en un país que
socialmente está podrido desde hace un rato.
Además, ante el motociclista
reaccioné diferente, quizás porque yo no portaba pistola, y porque a pesar del
desprecio que aún siento hacia esa profesión, en aquella noche lo consideré mi
aliado, aquella persona que podría auxiliarme en caso de que alguno de los
asistentes al velorio le molestara mi presencia y me agrediera, o de algún otro
sujeto que me atacara para después escapar en moto.
Y también yo quise ser su amigo,
porque tanto me impactó el terror que reflejó su fisonomía, que cuando vi que
dirigió su mano hacia la funda de su pistola, ni siquiera me asuste y mi
"buenas noches" fue como para decirle: “tranquilo, no voy hacerte
daño”. Seguro que recordó alguna emboscada, ya sea en un entrenamiento o peor
aún, en la calle durante una rutina laboral, en uno de esos fatales ataques en
los que cada año mueren muchos de sus colegas. Ya no volteé hacia atrás, porque
entonces sí, habría parecido un desafío a la autoridad, o mi actitud hubiera
sido sospechosa, y no habría sabido qué decir. Pero su mirada seguía en mis entrañas. Pensé en que al llegar a su casa, besaría a su esposa o a sus hijos. También recordé el semblante del reo que describe el Príncipe Mishkin, protagonista de El Idiota de Fiodor Dostoievski, antes de ser dirigido a la guillotina.
Siempre es emocionante lo que
sucede entre la noche, conocer a las criaturas de hábitos nocturnos y lo
vulnerables que somos ante ellos quienes optamos por dormir en dicho horario. Dicen
que el miedo no anda en burro. Al menos aquella noche circuló en bici y después
en una patrulla de la comisaría municipal.
Soñar que me persigues se ha
hecho una costumbre en este último año. Y me agrada demasiado. Talvez por eso
permanezco en el mismo lugar, de noche y entre neblinas, con mi fe puesta en
que algún día tropezarás nuevamente en mi camino.
Lonely Boy, by Hatsukochan (Deviantart)
Cuando cierro los ojos y duermo,
apareces en sitios y épocas que no correspondimos. Una vez pasaste lejos y aceleraste
el paso al sentir mi presencia; un par de noches después, mientras yo estaba
tendido sobre el suelo, caminaste lento junto a mí, haciendo sonar tus pasos, y
ni siquiera te dignaste a hablarme; posteriormente, mientras esperaba a mi
novia para salir quién sabe adónde, apareciste en mi cuarto solo para besarme y
te fuiste enseguida, así de rápido como llegaste.
Por eso nunca me acabo los
chocolates y en otoño guardo mandarinas. Es que quiero compartirlo contigo,
porque te gustan. Subrayo frases de mis libros, esas que no puedo leerte en
sueños. Sé que volverás a pasar por aquí, aunque sea por curiosidad. No sé
cuándo sucederá, pero de momento me preparo para ese encuentro: cierro mis ojos
y me quedo dormido. Ensayo las palabras, los diálogos, pero sobre todo las
miradas que intercambiamos en mis sueños. Y qué importa si no llegas, porque
desde hace un tiempo también me preparo para quedarme dormido para siempre.
En
mi último día en Liverpool me paré frente a un muelle del Albert Dock. Caminé
más de una hora y vislumbré el panorama porque quería convencerme, o encontrar
argumentos contundentes que me permitieran comparar esta mítica ciudad inglesa
con el sitio donde nací.
Evoqué
recuerdos y mi mente viajó a Puerto Vallarta. No fue sencillo porque el aire,
que soplaba a paso lento pero pegaba con fuerza, estaba tan helado que me quemó
los cachetes. No exagero. ¿Algún día usaré bufanda, pants, gorro y chamarra en
mi bello pueblito? Seguro que no. En aquel momento, finales de septiembre de
este extraordinario 2018, estaría derritiéndome. ¿Se puede comparar a las
playas celestes y cálidas del malecón y al delgado Río Cuale, de color café
lodo, con el Río Mersey y el Atlántico, que parecieran ser una masa uniforme
azul-grisácea, por así describirla, en todos los sentidos? Imposible.
Panorama desde el muelle del Albert Dock (Instagram)
Le
encontré más parecido con Guadalajara, donde vivo desde hace 18 años: industrializada,
gente interesante, bonita y que, a pesar de tanta mezcla cultural, se niega a
perder sus raíces y su esencia; su principal arma en esta batalla contra la
globalización es el dialecto “scause”, extremadamente gutural, que por momentos
crees estar en Alemania y no en el Reino Unido.
Predominan
las personas rubias, pelirrojas y caucásicas ante los afroeuropeos, filipinos,
indios, chinos, coreanos y demás asiáticos que arrasan en ciudades más grandes
como Londres, Manchester y Birmingham. Así como en Jalisco nos vanagloriamos
del mariachi, el tequila y las Chivas, en Liverpool presumen a muerte a los
Beatles y a sus Reds.
Al
igual que en la Perla Tapatía, rápido identifican a un turista y me sentí el
bicho raro de la ciudad, como esos gringos güeros de ojos azules y apellido
anglosajón que caminan por los alrededores del Mercado San Juan de Dios y el
Cultural Cabañas. Durante la semana que estuve en este frío puerto, a diario
necesité orientación, ya sea dentro de un centro comercial o para tomar un
camión, y no fue fácil, pero las personas tenían la paciencia para explicarme
con señas y palabras más inglesas y menos scause.
Después
de auxiliarme preguntaban por mi origen. Yo les respondía con mi acento
natural: “de México… I´m from México”. -“¿where?...
¿Morocco?... ¿Monaco?... ¿Malta?... (lo pronuncian Mooolto)”.
-“No,
de Mecsicoou, from México”… -“Ah, Mexicuo!... Nice!”
Me molesta demasiado que le digan Mexicou a mi
país, quizá porque me recuerda a los gringos (los londinenses lo pronuncian muy
suave y con “s”: Miísico).
Aquel
último día, mientras contemplaba las cadenas repletas de candados, moda impuesta
por el escritor italiano Federico Moccia, me invadió la nostalgia. ¿Cuál nombre
podría escribir en un candado antes de lanzar la llave al agua? Quizá ninguno,
realmente, porque en ese preciso momento, más que pensar en alguien especial,
sentía más coraje y arrepentimiento que melancolía, por no haberme atrevido a
cruzar el gran charco antes, durante mi primera juventud. El miedo al desafío y
al fracaso generó una indiferencia mayúscula a mis sueños, y me sentí triste.
Entonces
cerré los ojos y sonreí porque recordé que, al gran José Alfredo, un arriero le
dijo que lo importante es saber llegar. Contemplé cuál o cuáles nombres rayaría
sobre un candado. Debería ser alguien especial, capaz de acompañarme en ese
momento. Honestamente, no pensé en
alguien… no en alguna alma que ya se fue: más bien me imaginaba acompañado de seres
que aún viven… aunque siendo honestos, preferí haber estado solo, porque se
trataba de una excursión para conocerme mejor, y poco importaba no tener un
candado con dedicatoria.
Los famosos candados (Instagram)
Estaba
contento por haber recorrido aquellas calles en las que crecieron John Lennon y
Steven Gerrard, de escuchar música agradable por todos lados y ver gimnasios de
boxeo, donde probablemente llegaron a entrenar los hermanos Liam, Callum,
Stephen y Paul Smith, Tony Bellew, Joseph Parker o Rocky Fielding.
Pero
lo más bello, sublime e inigualable fue presenciar Anfield Stadium: ese fue el
objetivo de mi viaje que soñé desde niño, el motivo por el cual me atreví a irme
enfermo, a pagar hasta cuatro veces más el costo original de un boleto para
entrar a la casa de mi equipo preferido y con nada podía cambiarse.
Un
día antes aterricé en Manchester pensando en mi templo futbolero. Hacía un frío
del demonio, debido a un huracán en Irlanda. Llevaba una maleta mediana, una
cobija más una mochila repleta de medicina. Completamente aterido tomé un tren
y para mi mala fortuna empezó a chispear unos 10 minutos antes de llegar a Lime
Street, el último destino de la travesía a la ciudad de Liverpool.
Primer día
Afortunadamente
no me falló la respiración y, como buena ciudad primermundista, la estación de
camiones se encuentra enfrente de la terminal de tren. Tomé el número 17, una de las
tantas rutas que conducen a Anfield Road, talvez el destino más solicitado de
la metrópoli, pues hay quienes dicen que se cuentan por cientos los visitantes
que llegan cada semana exclusivamente para ver un juego del Liverpool Football
Club. Y sí lo creo. De verdad es monstruoso el fervor que despierta mi amado
club.
Bajé
del bus frente a la casa de mis Reds y me sorprendió lo pequeño que es. Sabía
que no supera la capacidad de 50 mil asistentes; aún así contemplaba un inmueble
capaz de albergarnos a los millones de fanáticos que somos alrededor de todo el
mundo. Apenas y caía agua pero había un miedo inmenso por enfermarme, así que
esperé junto a las ventanillas donde se venden boletos para los partidos y
recorridos al interior del estadio, donde me resguardé bajo la cornisa de una
ventana hasta que las gotas se intensificaron.
Fue
así que entré a la tienda. Compré dos jerseys, una pluma, un llavero y no
recuerdo qué más. Detecté de inmediato el dialecto scouse, y de fondo sonaba
esa canción que se popularizó a inicios de año que dice: “Salah,
tarararararaaa, oh, Mane Mane, tarararararaa”, como si se estuviera cantando la
clásica oldie “Sugar, sugar”.
Al
salir seguía lloviendo y el cielo permanecía totalmente nublado. Tomé un taxi
rumbo al cuarto que renté en Airbnb. No tiene
caso hacer mención del bochornoso choque cultural que tuve con los filipinos donde me
hospedé. Mejor continuaré con lo acontecido aquel sábado 22 de septiembre, a
las 15:30 locales, del partido contra Southampton. Fui al lugar donde acordaron
entregarme un boleto, que resultó ser una tarjeta de entrada de un tal “Mrs
Frances Robinson”, en el área Kop Grandstand.
Pese
al frío se vivía una fiesta en los alrededores de Anfield Road: los pubs a
reventar, el “Allez Allez Allez” se entonaba a cada rato, y justo frente a la
estatua de Bill Shankly se presentaba una banda de rock, que me hizo latir el
corazón cuando después de una canción desconocida tocaron “Town called Malice”,
un himno ochentero y que desde hace dos años reproduzco en el teléfono o en la
computadora al menos una vez al mes. Otro clásico que también
presencié en vivo por un grupo local, pero que por algún desconocido motivo ya
no escucho tan seguido, es “Here Comes the Sun”, una de mis canciones
preferidas y que sonaba desde mis neuronas a partir de enero, momento en que
decidí comprar el viaje y me imaginaba caminando en Liverpool.
Here comes the sun
No
existen palabras, ni suficiente cursilería, para describir lo que sentí al
contemplar el campo de Anfield. Cierto es que ya no era la misma emoción porque
ya no está ninguno de los grandes ídolos que soñé ver en vivo vistiendo el
jersey rojo; han pasado muchos años y Owen y Gerrard ya están retirados;
Fernando Torres se encuentra en el ocaso de su carrera y Suárez, al igual que
el “Niño”, nos abandonó en su mejor momento futbolístico.
Tampoco
quedan guerreros sólidos como Jamie Carragher o Daniel Agger y, por si fuera
poco, Mohamed Salah demuestra que si brilló en el nivel más alto hasta los 25
años y no a las 17 como Messi o CR7, es porque, si bien no es un “One season
wonder” como muchos aseguran, difícilmente mantendrá ese nivel por muchos años:
más bien es semejante a una súper estrella que no es constante, como Zlatan Ibrahimovic,
Neymar, Kaká y mil más que parecían ser inmortales por sus jugadas bellas y
goles de antología, y por equis o ye razón bajaron su nivel considerablemente.
Eso creo y deseo de todo corazón equivocarme, porque el “Egyptian King” es mi
jugador preferido de la actualidad.
¡Anfield!
En
este equipo no hay ídolos que sean el gran referente: un día la figura es Mané,
el siguiente compromiso lo es Firmino y hasta Wijnaldum puede figurar como
jugador del partido; en este esquema el motor y principal estrella es el
estratega Jurgen Klopp. Contamos con Virgil Van Dijk, un central con una fina
clase nunca antes visto en los pasillos de Anfield, que se rompe el alma cada
juego demostrando por qué prefirió venir a Merseyside en lugar del Manchester
City, que desquita cada una de las 65 millones de libras esterlinas que costó y
que, estoy seguro, muy pronto será el capitán. Lo digo por la forma en que lo
vi ordenar cada línea de la cancha en aquella inolvidable tarde inglesa,
correspondiente a la jornada 6 de la Premier League.
Y
si bien ya no existen los kamikazes como Agger o Carragher, es porque ya no
necesitamos estar rezando cada fin de semana para ganar por un gol o por no
dejarnos empatar: ya hay más ideas y clase en el once inicial y también en la
banca, lo cual ha sido un arma fundamental para ganar la liga, tal como lo
hicieron Arsenal, Manchester United y Chelsea durante la década pasada, lo
mismo que para consolidar una hegemonía como la que buscan construir los
Citizens.
Aún
así Andy Robertson, James Milner, Jordan Henderson y Trent Alexander-Arnold dejan
el corazón al disputar la pelota. Un caso especial es el de Xerdan Shaquiri,
quien en lo poco que ha jugado ha marcado diferencia; poco a poco la gente
corea su nombre y pronto se escucharán himnos en referencia a él. Ahora que lo
digo, fue bellísimo sentir en Anfield cómo se canta el nombre de un futbolista
cada que realizaba una jugada importante o tocaba el balón cerca del área. Muy
gracioso es cómo le dicen al 9 brasileño “Bobby Fomíno”.
Todos
estos cracks están a un solo paso de la grandeza, la cual quedó eclipsada en la
pasada final de la Champions League, cuyo desenlace ni caso tiene mencionar
(Fuck you, Ramos and Karius!), aunque sí me asusta que el meta Allison, que del
poco ataque que recibe tapa casi todo, ha cometido graves errores en al menos
cuatro anotaciones. En fin, hay que tenerle fe.
En
las gradas de The Kop volví a reír al recordar que toda esta pasión comenzó con
aquel contragolpe de Michael Owen, quien tras un excepcional pase de David
Beckham, dribló a Roberto Ayala y otro defensa argentino en el Mundial de
Francia 98. Yo tenía 10 años y era mi primer juego como fanático del fútbol
internacional y no tenía la más remota idea de lo insignificante que es “El
niño Maravilla” ante la historia del Liverpool. En ese entonces todo mundo
amaba a Ronaldo, el “Fenómeno”, y Zinedine Zidane se apuntaba como la figura de
la Copa. Pero a mí me maravilló el atacante de los Tres Leones.
Después
de Liverpool me fui a Londres, lo cual no tenía contemplado porque no quería
estar en una ciudad inmensa, que es referente de los viajeros fresas. Pero al
no poder ir a Escocia ni a Irlanda por recomendación médica opté por aprovechar
que se disputaría un juegazo ante Chelsea, en busca de consolidarse como
líderes. No pude entrar, fue triste conocer el racismo de un gran sector de
hinchas, y peor aún el fraudulento negocio de la reventa en línea. Pero lo más
triste fue no poder ver desde las gradas el golazo de Daniel Sturridge con el
que se empató el marcador antes de concluir el partido.
El
último día en la isla Bretaña lo pasé en Manchester, que se asemeja a Guadalajara
en más aspectos que Liverpool, principalmente porque también está en el oeste, no es
costa y el aeropuerto se localiza en el sur de la ciudad. Además la actitud
rebelde de un poeta-vagabundo, que se presentaba con una carpeta titulada
“Homeless but still human” me recordó a un par de amigos y conocidos.
De
la ciudad de los hermanos Gallagher me sorprendió la gran cantidad de grafitis,
la nula seguridad en el metro pese a las advertencias de ser multado si no
pagaste el ticket, la rivalidad entre el United y el City se percibe por
doquier y hay toda clase de asiáticos de ojos rasgados, desde algunos casi
rubios y ojiverdes, hasta algunos muy morenos, con ciertas facciones afro. Me hospedé en Gatley, poblado que queda a 5 minutos del
aeropuerto, con una familia de coreanos, gente muy trabajadora y amable. La
casa es hermosa, como la mayoría de esa región. Extrañamente en el centro no vi
tantas manifestaciones musicales como en Liverpool y Londres, a pesar de que en
Manchester surgieron grandes agrupaciones que han marcado tendencia, como The
Stone Roses, The Smiths y por su puesto Oasis.
Quedé
sorprendido porque los ingleses no son tan fríos como los pintan en muchos
lugares y como creí que serían. O al menos no los que conocí. Tenía la idea de
que el fútbol era mera distracción, pero es mucho más que eso. Desde luego que
hay un amplio sector que lo sigue de lejos, que sólo se interesa por el balón
de gajos durante el mundial. Aman a su país, comprenden que la situación global
es grave y asumen la culpa histórica que tienen al haber invadido prácticamente
todos los rincones del planeta: basta con ver el centro de Londres infestado de
monumentos bélicos. No les incomoda que los anuncios publicitarios de tv los
protagonicen personas con ojos rasgados o de piel más oscura que la mayoría de
su población. Les gusta ser visitados y explicar su historia: en ningún momento
me sentí un invasor. También fue sorprendente escuchar por todos lados música
de Bob Marley.
Es
imposible olvidar breves encuentros amistosos, como a la dulce señora londinense
de unos cincuenta años, rubia y de lentes, de cabello a la altura de los
hombros, al estilo He-Man o Willy Wonka, que me explicó qué rutas tomar para ir
al Big Ben y al London Bridge. Charlamos más de 5 minutos y cuando el chofer no
me permitió subir porque el pasaje sólo funciona vía prepago, ella se ofreció a
pagar con su tarjeta, aunque tampoco se la recibieron porque el conductor está
inhabilitado a hacerlo. Le expliqué que sabía llegar a la estación del Tren de
Fulham Broadway, la cual estaba a siete u ocho cuadras, y nos despedimos con una
sonrisa mutua en los ojos. Otra mujer mayor, Nora, con quien me hospedé, me
comentó que en su juventud, allá a inicios de los 80’s, viajó con su entonces
novio y hoy ex esposo a México y que sólo conoció un lugar pero quedó
encantada: Puerto Vallarta, mi pueblito, y le presumí que tengo el privilegio
de haber nacido allí.
Liverpool
es la más pequeña de las principales urbes de Inglaterra, talvez por ese
detalle la considero la mejor. Quedé enamorado de sus meseras rubias, en
específico la del Café Nero que acarició mi hombro luego de decir con gran dificultad "mucho gusto" cuando le respondí que soy mexa; de sus cantantes urbanos y
de sus niños alegres y bromistas, y me fui feliz porque conocí a la gente que
habita esta ciudad que siempre me enajenó un tanto; mientras esperaba el tren
para Londres, un señor ya mayor, empleado de la terminal, vio mi bufanda roja y
se burló porque mi equipo no es campeón desde hace más de un cuarto de siglo. En eso
llegó un amigo suyo y le reviró: ¡dile a cuál equipo le vas! Riéndose explicó
que su equipo es de color azul… ¡el Everton! Agregó que lo único bueno del
Chelsea es que visten azul. Y volvió a burlarse porque los blues londinenses
nos eliminaron de la Copa Carabao a media semana.
De
hecho vi ese partido que perdimos 2-1 en un pub genial llamado “The Church”,
ubicado a dos cuadras de Anfield Stadium y, tal cual, es una iglesia: su
arquitectura por dentro y fuera, las sillas, las alfombras y ventanales parecen
que en lugar de fanáticos de fútbol, quienes llegarán a este lugar son
monaguillos y curas. Fue todo un espectáculo porque me comí una hamburguesa y
tomé agua. Curioso fue que al llegar estaba a reventar y debí sentarme en el
suelo para comer, pero 10 minutos antes del arranque del juego todo mundo se
fue: los clientes son los mismos fanáticos que van al estadio, y quienes no
tienen ticket no eligen un bar o cantina: suelen irse a un restaurante.
The Church
Cuando
sonó el silbatazo final, The Church y los otros pubs de alrededor volvieron a
llenarse. Vi muchos rostros que habían estado aquí hace dos horas. Por las calles las personas debatían las
jugadas tácticas claves que significaron haber sido eliminados por los Blues:
mujeres, hombres, niños, ancianos, con o sin jersey rojo, negro, gris o
amarillo de nuestro equipo destacaban todo tipo de detalle. De verdad en
Liverpool se ama al fútbol como en pocos lugares, sin la falsa pasión
argentina, ni el patético análisis que solemos tener los mexicanos: allá se
vive el fútbol con inteligencia y colorido cálido.
Unos
cuantos minutos después, ya de noche, todo se volvió penumbra: pareciera que
los habitantes recordaran que esta ciudad fue por muchos años el principal
centro de tráfico de esclavos, o lo desastroso que resultó la Segunda Guerra
Mundial. Al menos pueden presumir que desde su puerto pudieron haber zarpado
los padres de grandes atletas y pensadores afroamericanos hasta 1807, año en
que Gran Bretaña aprobó la prohibición del comercio esclavista. O talvez
rememoraron alguno de los más de 80 bombardeos que sufrieron durante la Segunda
Guerra Mundial, y que mataron a más de
2,500 personas, dañando casi la mitad de los edificios.
Ese
último día en Liverpool, recién salí del Museo y un músico empezó a tocar “Wild
World”, de Cat Stevens, una melodía ideal para esa estampa personal compuesta
de aire gélido, un sol radiante, mi mente semivacía y mi corazón melancólico,
entre monumentos y honores que se rinden a las personas que fallecieron en las
grandes guerras mundiales. Curiosamente, mientras redacto este escrito, vi en Youtube
un dueto de Yusuf Islam (nombre musulmán de Stevens) con Chris Cornell.
El coro de este bellísimo tema, que dice I'll
always remember you like a child, girl, me recuerda nuevamente a Christina.
Mejor
momento no podía haber para escuchar a un cantante decir que el mundo es
salvaje: en lugar de una chica que amamos nos escuchaba el cielo y los turistas que
grababan el momento y dejaban monedas al músico, al tiempo que apreciaban los
candados y el paisaje, parecían comprendernos. También fueron testigos de que
la ciudad de John, Paul, George y Ringo se presta para la nostalgia.
Wild World... video para la ocasión
Mi
bello Liverpool, no entiendo por qué una tienda comercial lleva tu nombre: no
hay razón si nos consta que se trata de un lugar 100 por ciento musical y
futbolero. Tus habitantes te llaman “The World In One City (el mundo en una
ciudad)", frase que a mi parecer encajaría mejor en Londres, aunque el
lema de tu escudo, galardonado por Neptuno, Tritón y aves liver no podría ser
mejor: "Deus Nobis Haec Otia Fecit (Dios nos ha dado esta tranquilidad)",
tranquilidad que se manifiesta entre niebla y árboles con frutos rojos, y desaparece
cada momento en que cientos de músicos que ahí se concentran invaden tus
plazas, pero sobre todo cuando juegan tus Reds y, ¿por qué no destacarlo?, una
que otra vez que se presenta el Everton, esos que ensucian Stanley Park con
papelitos azules de los dulces Toffees y tienen cánticos creativos como el del
taxi, que seguro ningún entrenador quisiera que le dedicasen.
Se
asume la responsabilidad, pero en Liverpool no hay remordimientos ni rencores.
En 1952 este puerto se hermanó con Colonia, Alemania, ciudad con la que
compartió la terrible experiencia de los constantes y mortales bombardeos
aéreos. Su gélida bahía, donde múltiples tubos y demás figuras metálicas
sustituyen a los árboles amarillos que me recordaron a las primaveras tapatías,
y a los de frutitas rojas que colorean las cuadras aledañas, se distingue por
los muelles por donde pasaron los más de 5 mil barcos negreros ahí construidos
y que cambiaban a los cautivos africanos por mercancía como azúcar, algodón o
trigo, y según entendí el principal destino era Kingston, Jamaica, antes de
redistribuirlos en el norte de América, principalmente. Abrí los ojos,
sobre la masa grisácea del Merseyside vislumbré una de esas naves marítimas,
probablemente el Zong, mientras se hundía, a pesar de que dicha tragedia sucedió
en las costas del continente negro. Pero mejor hablemos de música. Aprendí que además
de The Beatles, la gente presume a The Scaffold y a Frankie Goes to Hollywood.
Talvez
las Chivas y los Reds no se parecen como siempre quise estar convencido: fueron
los más ganadores muchos años y últimamente las sequías de títulos son
monstruosas: no ganar la liga desde 29 años duele en el alma, y este año no
pueden fallarle a la Premier League. Se tiene una base sólida para competirle
al Manchester City. Tampoco puedo comparar al Atlas con el Everton: los azules
alguna vez fueron grandes y conservan su identidad y dignidad. Y si hablamos en
términos urbanísticos y sociales, realmente en casi nada coinciden las capitales
de Jalisco y Merseyside. En pocas palabras, el orden europeo no concuerda con
el desmadre latinoamericano. Esa es nuestra triste realidad.
El
otoño ha terminado y ya van dos veces que sueño que regreso a Liverpool. Ahora
entiendo por qué meses atrás, cuando sentí que agonizaba por falta de aire en
los pulmones y de fuerzas en todo el cuerpo, le pedí a Dios que me permitiera realizar
ese viaje, incluso como última voluntad. Se trataba de una experiencia única. Ahora quiero regresar para
tomarme una pinta en The Church; ansío una revancha y quiero conocer Edimburgo,
Glasgow y Dublín, pero más anhelo volver a pisar el suelo del puerto más bonito
de Inglaterra, pasearme en barco, escuchar de nuevo al muchacho de cabello
largo y negro que, más que inglés, parecía español o turco, y preguntarle a
quién le dedicó “Wild World” aquella tarde de septiembre y si ha dejado un
candado sobre las cadenas, porque no creo que la haya entonado solo para
deleitar a los turistas; quiero volver a descubrir nuevas buenas bandas como Keywest,
quienes tocaron en Liverpool One.
Ya
en el aeropuerto de Cancún platiqué con dos señores ingleses, uno fanático del
Manchester City, otro de Liverpool, que iba con sus dos hijos, digamos que de 4
y 6 años, vestidos del uniforme morado y el dorsal 11 de Mo Salah. Obviamente
hablamos de fútbol y me despedí recomendándoles que visiten Mérida, en caso de
estar varios días en México, con el profundo deseo de que nada malo les pase a
ellos ni a los cientos de europeos que llegaron en el mismo avión que yo, que
regresaran a su gran isla con una buena impresión de mi país, y, por supuesto,
con el propósito más vivo que nunca de volver a Anfield Stadium y al muelle de
Albert Dock, rezando para poder presumirle a mis amigos que conocí Liverpool el
año en que mis rojos por fin ganaron la Premier League.