29 de abril de 2018

Un gringo cantor en el 258


Después de cuatro años lo volví a ver y un impulso instintivo guió mis manos hacia los bolsillos, para comprobar si tenían monedas. Como en aquel primer encuentro, no pidió permiso al chofer: pagó el pasaje como todos los demás, afinó su guitarra y comenzó a cantar, de nueva cuenta en inglés, y otra vez una canción desconocida para mí.

Sombrero claro de paja; bigote entre hippie, inglés y galo, según una publicación que recién busqué para este escrito, y su cabello amarrado en una colita: este músico urbano anglosajón, de entre 50 y 60 años, portaba exactamente el mismo look que aquella vez. Lo que no recuerdo bien es el día, si fue lunes o viernes, pero eran finales de marzo, y ahora quien concluye es abril.

Es él el cantante gringo, quien, en 2014 supuse que debía llamarse John, Robert, o James


Lo que no olvido es que me encontraba bastante irritado, en contraste de ahora, que estaba sumamente feliz, porque minutos antes una bellísima mujer –una “crush”, dirían los millenials- me preguntó mi nombre y al despedirse, casi me besa en la boca. Por si fuera poco, en el televisor de una paletería ubicada donde espero el 258 (-¡cuántas historias en esta esquina, el cruce de Avenida México y Chapultepec!) vi que las Chivas estaban ganando 2-1 allá en Toronto, Canadá.

Pero hablemos de las penas, que son la parte esencial de este relato. Aquel horrible día primaveral del 2014 sufrí una fuerte decepción en el trabajo y me llené de odio y resentimiento, como no me había pasado en más de 10 años. Al salir de la oficina tomé el camión, también un 258, y vi cuando subió este señor que, al ver su aspecto “agringado”, surgió mi lado xenófobo, me transformé en Juan Escutia y escupí todo mi veneno sobre este cantante a tal grado, que en cuanto llegué a mi casa escribí un relato que aún conservo.

Me da vergüenza mencionar lo que redacté aquella medianoche y me limitaré a referenciar breves citas, pero me basta decir que, al pobre señor nadie le dio una sola moneda, lo vieron con indiferencia, y se bajó muy desanimado, quizá más de lo que yo me encontraba, y me dio gusto su situación. “¡Yankee, go home!”, debió gritarle mi alma cuando salió del camión cabizbajo.

“El semblante del gringo alicaído, quien con dificultades hablaba tanto el inglés como el español, y al cual ignoré y ofendí- entre otros motivos- bajo el absurdo argumento de solidarizarme con nuestros paisanos discriminados en Estados Unidos... ese semblante triste suyo, retumbará en mis entrañas durante un chingo de tiempo”, se lee en mi texto que redacté el viernes 4 de abril de 2014, a las 22:10 horas.

Después llegó el remordimiento:

“¡Maldita globalización, que ocasionas que ancianos rubios canten en camiones tapatíos, en vez de que le den cinco o 10 dólares de propina a mis primos costeños, te odio!”, agregué, y palabras más, palabras menos, mencioné que a los 18 años tenía mucho miedo de volverme anciano y terminar loco e indigente. Supuestamente, en 2014 ya había superado ese miedo, pero mentí en mis letras, porque persiste ahora que me encuentro ya en la tercera década.

“Juro que me visualicé en los ojos azules o verdes pálidos de aquel señor que en la tapa de su guitarra llevaba una armónica, y bajo un pequeño sombrero, a la altura de la nuca, se le ocultaba una pequeña cola de cabellos canosos y rubios; me vi persiguiendo los camiones, y cuando mi madre me recuerda los días que faltan para la quincena”.

Basta de citas. Aquella noche quise regresar el tiempo y darle los 4 pesos que tenía. Talvez pagué el pasaje con una moneda de 10 y me regresaron cuatro de a peso y es lo único que traía. No lo sé.

Hoy el camión no iba infestado de gente como aquella ocasión, y mientras el señor seguía tocando, una chavita le dio varias monedas antes de bajarse. Fue un gran momento, y sentí que mi bella ciudad se disculpaba con aquel foráneo, quien extrañamente habla como si fuera su primera visita a este país, como aquellos gringos que comienzan a tararear sus primeras palabras en español. Lo menciono porque generalmente los gringos que aquí viven, no tardan en hablar con fluidez nuestro idioma, más allá de su acento chillón. 

"Gracias por escuchar", dijo este martes en un tono gringo al concluir el primer tema, que, de nueva cuenta, jamás había escuchado. O talvez fue el mismo que interpretó aquel viernes de abril del 2014. "Ahora cantaré este clásico en español, y mal pronunció "La Bamba", que cantó rápido y a medias, como si llevara prisa y no quisiera bajarse hasta el centro, sin antes despedirse y decirnos "que tengan un lindo fin de semana", ¡sí, en pleno martes!

Y así canta el gringo...¿y qué tal si es canadiense?

Talvez sea su frase de despedida, o talvez eso quiso decirnos hace 4 años a quienes fuimos groseros con él y ahora que volvimos a coincidir, de su inconsciente surgió esa frase. No lo creo, debo estar alucinando, lo que sí es cierto es que le di la moneda de 10 pesos con la que tenía pensado comprar una coca de 400 ml. Así es como me disculpé con él y conmigo, con una moneda que vale medio dólar.

PD: Compartiré gran parte del primer escrito, omitiendo los detalles más trágicos, claro está:





ASR

23 de abril de 2018

Allá en "mi" norte

Quedé mareado luego de más de dos horas de camino entre enormes nubes de polvo y las interminables curvas de la brecha que conducen al destino que me dirigía. Poco después me dormí. Al abrir los ojos y ver lo que sucedía, creí estar repitiendo aquel constante sueño en el que viajo no sé si a África o a Arabia, pero estoy entre mercaderes, en un entorno repleto de antigüedad, como si se tratara de un viaje por el tiempo.

Es que la tierra, un tanto arenosa y su color, de algún tono entre amarillo y anaranjado, me hizo pensar que podría estar en cualquier punto del inmenso desierto del Sahara, un par de siglos atrás; pero la piel morena de las personas que ahí estaban, junto con sus vestimentas coloridas, me resultaron muy familiares y comprobé que ya había despertado en algún recóndito lugar de mi bello estado de Jalisco, en pleno abril de 2018. Pueblo Nuevo, para ser precisos, una localidad de Colotlán, en la zona norte.



Miré hacia atrás y quise bajarme de inmediato, pero, para mi mala fortuna, no era ese el primer punto al que debíamos llegar, y con cierta decepción contemplé cómo me alejaba lentamente de aquel panorama excepcional, que parecía un paisaje habitual de la comunidad wixárica. El automóvil avanzó unos minutos más, talvez 5 o 20, no puedo recordarlo… es quedé atónito con lo que había visto, porque es lo más similar a mis fantasías oníricas.

Sentí un gran alivio al arribar al sitio de reunión, un espacio techado pero sin bardas, donde nos recibió un tipo chaparrito y moreno, cuyos rasgos y voz se parecían más a los de un tapatío que a los de un huichol y quien, por su discurso, supuse que conocía a muchos de los habitantes de ahí, así como los detalles más referentes o primordiales de la región norte. Él Nos indicó dónde y cuándo podíamos grabar y tomar fotos. Le pregunté qué era el sitio que vi atrás, y si se celebraba una festividad o algo similar, y quiénes eran todas esas personas.



Me contó que simplemente eran comerciantes ofreciendo sus productos, aprovechando que viajaron comunitarios de distintos puntos de la zona, y que ese lugar, llamado Pueblo Nuevo I, en realidad es una población fantasma; que, debido a la escasez de agua y otros problemas, sus habitantes se mudaron a Pueblo Nuevo II, donde nos encontrábamos en ese momento.

Desafortunadamente no pude corroborar esa información. Enseguida nos fuimos a "Pueblo Nuevo I" o Santa Catarina, donde se realizó un acto de campaña electoral, la razón de mi visita a esos rumbos remotos. En efecto, presencié que las personas que vi momentos antes vendían pollos, cobijas, elotes, ropa... de todo, menos artesanías: estaban preparados para comerciar entre ellos y no con turistas. La plática la iniciaron las autoridades de varias comunidades indígenas, la mayoría cercanas, aunque algunas se jactaron que tardaron más de 13 horas para llegar, sin precisar el medio de transporte empleado en su travesía.



El calor era intenso. Entre la multitud observé los bordados de los pantalones y camisones de los asistentes, como tratando de indagar algún significado. Había dibujos de venados en tonos cafés y azules sobre la tela blanca, pero me llamó la atención un individuo que tenía águilas anaranjadas, el único que entendí, pero ni caso tiene explicarlo. También vi un morral de las Chivas bastante peculiar. De repente sentí un empujón. Quien lo realizó ni siquiera se dignó a mirarme, caminó a paso firme, casi como un soldado, y se reunió junto con los oradores y liderazgos. Minutos después lo presentaron como el “comisariado de bienes comunales”, no recuerdo de dónde.

El trato descortés hacia algunos de nosotros los foráneos continuó. Nos dijeron que si tomábamos fotos iban a meternos a la cárcel, y recordé que a los huicholes que venden artesanías en el Centro de Guadalajara les incomoda que la gente se acerque y se retrate con ellos. Fui a una tiendita y durante los dos o tres minutos que estuve haciendo fila para pagar unas galletas y una botella de agua, bastante caliente porque no servía el refrigerador, ningún comprador tuvo la obligación de dar las gracias luego de pagar por un producto, ni la falsa “cortesía” de decir “con permiso” al pasar.



Tanta “hostilidad” es normal en estas tierras donde, quienes llegan desde fuera, suelen hacerlo para robarlos, explotarlos o, en menor medida, ofenderlos por sus creencias y aspecto físico. Deben reaccionar del mismo modo en que los tratan, y además, el estilo de vida en ese lugar no se presta para tratos mundanos e hipócritas.

En su territorio me sentí ignorante, y me dio hasta rabia pensar que cuando escucho un discurso en inglés puedo captar el mensaje básico; que incluso conozco dos o tres palabras del náhuatl, pero de la lengua que ellos hablan, la Wixárika, la natural de mi estado, sólo capté el “pues”, que usan bastante, y quiero pensar que significa lo mismo que en español o castellano.

Soy ignorante, porque es un idioma o dialecto, como quieran llamarle, de mi región; ignorante, porque desconozco cuál es su estructura de gobierno y educativa: me han dicho que se niegan y rechazan la construcción de escuelas, pero sigo pensando que es una respuesta de muchos para nada más lavarse las manos y hacerse de la vista gorda. Es lo que sucede cuando no estudias a fondo y te conformas con información simplona y con los murmullos de los demás.

Antes de llegar a Pueblo Nuevo, durante los minutos donde no sólo se veía la polvareda que levantaron las camionetas que transitaban adelante y detrás de nosotros, pensé que desde que vivía en Chiapas, hace ya 20 años, no recorrí carreteras tan feas, llenas de tierra, curvas y espacios muy reducidos y peligrosos, pero contemplé horizontes similares, de autóctonos con vestimentas coloridas y de mujeres más trabajadoras que los hombres, quienes solían quedarse en casa para ver los dos o tres canales de televisión que recibía la antena o simplemente emborracharse. O bien ambas.

Entre árboles y pequeñas casas, con fachadas muy humildes la mayoría, observé a decenas de niños andando descalzos o con huaraches, algunos con ligeras manchas pálidas en su rostro moreno, pero que no dudaban en regalarte una sonrisa, dan chispas de alegría al entorno. No parecían ser familiares o miembros de la misma sociedad de los adultos que los acompañaban, hombres y mujeres con cara ruda, bastante lastimada por el sol y la miseria. Nada que ver con los artesanos que allá en Guadalajara venden sus productos de chaquira. Ese es el principal resultado del abandono.



También me llamaron la atención varias parejas muy jóvenes, en las que ambos amantes parecían quinceañeros, con su vestimenta blanca clásica de los huicholes, agarradas de la mano, con una pose y comportamiento más de esposos que de novios. Algunas de las chicas estaban preñadas.

En los distintos sitios que estuve vi pocas tiendas, todas con los refrigeradores infestados de cervezas y coca colas; el vicio y la globalización sí lograron asentarse en aquellos cerros occidentales cafés y enlamados en tonos verdosos y morados, los mismos que no pudieron escalar hace 500 años los conquistadores españoles, quienes describieron a los pobladores de Nayarit, Zacatecas y el norte de Jalisco como muy hábiles para esconderse y atacar por la espalda, contrario a las demás tribus y civilizaciones de Mesoamérica, siempre valientes, dando la cara y luchando de frente.

Hacía tanto tiempo que no sentía tan inútil. Es que en gran parte del norte jalisciense no hay señal satelital. Ni de teléfono ni de internet. Estaba avergonzado por pensar en el juego de la Champions League entre Juventus y Real Madrid, mientras percibía cómo se desenvuelve mucha gente que padece de servicios de luz, agua y atención médica.

Es verdad que esos paisajes semiáridos no son mi lugar, como tampoco deberían de serlo los bares y las tiendas deportivas donde venden tenis importados y jerseys de clubes europeos que no conozco la ciudad a la que pertenecen.



Cierto es que ellos no son mi gente, duele reconocerlo: no podríamos hablar de música, porque allá no se escucha rock en inglés; tampoco de religión, porque los hay muy guadalupanos y no comprendo sus ritos, ni conozco sus lugares sagrados; tampoco podríamos opinar de literatura, porque desconozco si tienen escritores, oradores, o si existen novelas o cuentos donde sus mitos y costumbres sean protagónicos.

Eso sí, fue un viaje cósmico y espero algún día conocer más de ellos, y que ellos conozcan más de sus paisanos jalisquillos, los fresas, cholos, buchones y hippies; de esos que hay por doquier en la Perla Tapatía, en Los Altos, en Puerto Vallarta o en Ciudad Guzmán y que dicen quererlos e idolatrarlos sólo por el peyote, aunque no les quede claro el uso que le dan y se conforman con escuchar rumores y explicaciones a medias, como yo lo hice.

No sé cómo describir ese sentimiento que se apoderó de mí hace ya tres semanas, con mi mente repleta de teorías filosóficas y existenciales. Siempre había querido conocer este lugar y comprobé que, como decía en mi libro de tercer grado de primaria, en Jalisco sí hay desiertos. Quizá no tan imponentes como los de Durango, Sonora y Chihuahua, pero al fin desierto con coyotes, correcaminos y gatos salvajes que se desenvuelven en un paisaje digno de contemplarse en tren, pero al parecer hay caminos sagrados que ellos no quieren que se toquen.

En este sitio, las nubes de polvo y el intenso sol irritan los ojos, pero no lo suficiente para evadir la realidad, porque el colorido de sus ropas y artesanías nos dilatan las pupilas para analizar otras realidades y otros estilos de vida.

ASR

1 de abril de 2018

Lectura darvinista en un sábado asoleado y católico



Fue emotivo ver más de cinco asientos vacíos en el 258, varios de ellos del lado donde había sombra en pleno mediodía soleado de un Sábado de Gloria, esa fecha correspondiente a la recta final de Semana Santa, donde los católicos suelen mojarse en la calle y desperdiciar grandes cantidades de agua.

De inmediato, antes de sentarme, abrí mi libro de “El Mundo de Sofía” para continuar con la lectura, en un capítulo que quise dejar en suspenso e iniciarlo este día, el cual se titula “Darwin”. Y es que  este científico fue uno de los personajes que más admiré de niño, a tal grado que consideré estudiar biología o zoología. No exagero ni invento.


Leí con atención y sin prisa, sin prestarle atención a la música romántica y sosa que amenizaba el viaje a medio volumen. Quizá por eso pude notar que el chofer tenía ganas de pelear, o al menos de discutir, porque a los pasajeros que solicitaban bajar, les advirtió con asombrosa precisión y tono malhumorado el lugar exacto de cada parada de camión, y justo ahí se detenía.

Apenas y se aprecia el rostro del chofer del 258 que abordé el mediodía del sábado 31 de marzo de 2017.


Pero resultó no ser tan respetuoso con las señaléticas de vialidad, porque subió a dos personas a las que reprimió porque el lugar donde alzaron la mano para abordarlo no es parada oficial. Y sin embargo los subió, como para aparentar ser una buena persona, o al menos hacerles saber que le debían un favor.

Sobre la calle Belisario Domínguez, un músico urbano pidió permiso para cantar. “Debes tocar algo chido, porque si no, la gente te la va hacer de pedo porque vienen escuchando bien a toda madre a Los Temerarios”, le advirtió el conductor, en un tono bromista, al permitirle abordar la unidad sin pagar. “Está bien, sirve y a más de uno se le sale el chamuco”, agregó cuando el solicitante detalló que es cantante de música cristiana.

No se aprecia la cara del cantante de música cristiana o católica (no distingo esos géneros, si es que no se han fusionado ya). Medía no más de 1.70 y es de esas personas que se ponen coloradas muy fácil cuando se asolean, sin necesidad de ser muy güeros.

En ese momento sentí curiosidad por ver el rostro del chofer, a quien no presté atención en un principio por estar pensando en el autor de “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”, y me limité a darle los 7 pesos y guardar el boleto. Debe tener entre 45 y 50 años, muy moreno, con bigote abundante, cara pequeña y ojos oscuros.

“Abro a mis alas y vuelo alto, si me acompañas tú, señor Jesús”, es el coro que se repitió constantemente en la primera melodía del cantante, quien rascaba lenta y maquinalmente su guitarra. "Cristo es el que vive, Cristo es el que reina", se escuchó en el segundo tema, y suspendí mi lectura para reflexionar.


Es que valía la pena mi entorno: retomé las ideas de Charles Darwin, quien fue considerado en el Siglo 18 como “el hombre más peligroso para Inglaterra”, por sus teorías de que el mundo llevaba girando alrededor del sol mucho más de 10 mil años, periodo en que, según los cálculos religiosos, fueron creados Adán y Eva, o Eva y Adán, si nos adaptamos a los discursos “incluyentes” y feministas de la actualidad, pero sobre todo, a esa emocionante y mágica idea de que somos animales, porque los fetos humanos se asemejan al de ciertas aves y mamíferos como los caballos, y ya que nacemos y nos desarrollamos, nos parecemos significativamente a los monos, quienes pudieran ser nuestros primos, o al menos tíos abuelos segundos, pero familia al fin y al cabo.  

Con las ideas de Darwin, Adán y Eva pasaron de ser nuestros patriarcas supremos, a simples personajes de cuentos infantiles y locos de autores como los Hermanos Grimm o Lewis Carroll.


“Darwin había alejado a Dios del acto de la Creación” y “¡qué significa la eterna creación, si todo lo creado ha de desaparecer para siempre!”, se lee en El Mundo de Sofía, donde Jostein Gaarder especifica que el “Padre de la Evolución” estudió teología en la Universidad de Cambridge, y que aquel viaje por el sur de América, donde se obsesionó por la adaptación y transformación de la especies de la flora y fauna, fue tal cual una casualidad.

Más que negar a Dios, Darwin "ninguneó" el papel y don prioritario que el ser humano creía tener respecto a la creación del planeta Tierra.


Continué leyendo y planeé buscar documentales de Darwin y Benjamin Franklin, a quien también citan en el libro, pues quiero recordar a aquellos personajes que comencé a admirar de niño, al mismo tiempo que detestaba leer la biblia y rezar. Con justa razón a Darwin lo consideraron un peligro, a pesar de que el catolicismo ya estaba en debacle en el Reino Unido y varios países europeos: sus ideas, pero principalmente esa curiosidad de pensar constantemente en las razones de nuestra existencia, ponen en peligro no nada más al catolicismo, sino a cualquier religión, culto y actos de mero fanatismo injustificado ante el razonamiento humano.

Darwin se ganó el reconocimiento de grandes filósofos como Karl Marx y Friedrich Engels; por esta razón es que se incluye un capítulo con su nombre en "El Mundo de Sofía".


Recordé también a mi padre, quien detestaba a los curas, y sin embargo, aborrecía más a Darwin. Me era imposible platicar con él al respecto a nuestra evolución. Decía: “Si venimos del chango, ¿ por qué no todos los changos son humanos?” y sentía que con ese argumento medieval, digno de cualquier inquisidor que ardía indios a fuego lento, me había callado.

“¡Pobre imbécil!”, pensaba yo en voz súper baja, por no decir en mute. ¿Acaso no ve que en los cánidos hay lobos, zorros, coyotes y perros… y que hay perros chihuahueños y pastores ingleses? Lo mismo con los felinos. No todos ellos llegarán algún día a ser un león o un tigre, que supuestamente son los más dominantes. Hay leopardos, gatos, jaguares y chitas. Lo mismo que cocodrilos, que no han cambiado mucho en millones de años, y sin embargo existen diversas especies. Sin darse cuenta, mi papá heredó un gran legado católico por parte de mi abuela María Guadalupe, quien hizo honor a su nombre. 

Al bajarse el cantante urbano, el chofer dijo en voz alta: "los que más creemos en Dios somos los más hipócritas. Esa es la verdad", y puso a reproducir su pequeño estéreo, que ahora tocaba una cumbia que jamás había escuchado, y más o menos dice así: "es mejor que te vayas ahora, mi cariño ya no puedo darte, si te quedas, te juro traidora, llorarás lágrimas de sangre".

ASR


28 de marzo de 2018

Mordida región 4.0

Sabía que me esperaba una noche sempiterna. Sentí un escalofrío aterrador al contemplar a decenas de personas que aguardaban afuera del edificio, impacientes por no saber con precisión lo que sucedía en el interior, pero también felices porque respiraban aire fresco. Al menos eso supongo ahora.

Así se veía la clínica por fuera... esperaba un infierno adentro, pero no acerté del todo.


Y es que adentro todas las sillas estaban ocupadas y avancé a paso lento, por tanta gente que permanecía de pie. Aún así me llamaron de recepción casi de inmediato, para presentar mi cartilla que me acredita como derechohabiente del IMSS. Me pasaron a un cuarto, al que da acceso la puerta inmediata, donde parecía que los pacientes se robaban el aire para lograr aferrarse a la vida porque, no exagero, apenas y se podía inhalar oxígeno.

Más bien predominaba un hedor insoportable, como si hubiesen rociado un aromatizante compuesto de sudor, orina y vómito; pero aquí adentro la asfixia la ocasionaba la tristeza y no el asco. Más que seres humanos, muchos de los presentes en el área de urgencias parecían espíritus aferrados a cuerpos descompuestos, por no decir putrefactos: querían seguir  albergándolos aunque fuese sin dignidad, como seguramente alguna vez sucedió pese a tener salud estable. 

Al recordar el motivo de mi “visita”, me sentí un poco ridículo y un tanto ingenuo. No había transcurrido ni una hora de cuando llegué a mi casa, confuso, pensando en ver el lado chusco del incidente que me llevó a este tétrico espacio. Después de desinfectarme el área de los isquiotibiales de mi pierna derecha, de la cual chorreaba bastante sangre, decidí cambiarme de ropa y me eché desodorante en las axilas, ya que venía de hacer ejercicio y no creí conveniente bañarme antes de ir al hospital.

¿Incomodaría mi sudor a los médicos y enfermeros que me atenderían? Quizá no tanto como los reclamos de los familiares de los enfermos, o de los mismos enfermos. Total, que me resigné a que tardarían bastante en atenderme, porque una leve mordedura de perro luce insignificante frente a todo lo que contemplaban mis ojos: media docena de inquilinos de la Clínica 110 sujetaban bolsas de suero, entre ellos una veinteañera embarazada y bastante pálida; un sexagenario (según mis cálculos) conducido en silla de ruedas, con sus dos piernas amputadas, y un sinfín de miradas perdidas.

Me llevé mi libro, “El mundo de Sofía”, pero fue imposible concentrarse en las letras referentes a Hilda, Albert, Hermes y demás personajes secundarios. La pierna comenzaba a entumirse, mas no quise sentarme. Quedaban dos sillas disponibles; en la más cercana, reposaba una señora bastante obesa y que parecía estar a punto de dormirse; en la otra estaba un señor cubierto con una bata verde, repleta de manchas cafés, muy secas, de la cintura para abajo. No quise, ni quiero, indagar cómo aparecieron.

Por momentos los enfermeros invertían más tiempo es sacar a los acompañantes que en atender a los pacientes. Yo pensaba en las 12 inyecciones que, según el chofer de Uber que me llevó al nosocomio, tuvieron que aplicarle a su hermano cuando lo mordió un perro con rabia. ¡Y lo picotearon en el ombligo!

Quien realmente me preocupaba era mi hermana, porque decidió acompañarme y llegó como una hora después. Le presté el libro para que leyera, pero tampoco pudo hojearlo en semejante entorno. Noté que quería ingresar a urgencias, y temí que la retiraran de mala gana. Sonreí, porque antes de salir rumbo al gimnasio me invadió la nostalgia. Recordé que entre 2005 y 2010, solían pasarme tragedias a mediados de marzo, tales como desmayos, derrames sanguíneos en las fosas nasales, rompimientos amorosos y varias decepciones espirituales. Ya hacía varios años que nada similar sucedía en pleno arranque de primavera.

Aturdido por el calor, a pesar de que ya eran las 7 de la tarde, razoné que este año no llovió durante la segunda semana de marzo, como sucedió del 2015 al 17. Creo que son parte de las llamadas "cabañuelas". Datos tontos, pero que siempre tengo en cuenta. Veo que a la embarazada la abraza su pareja, un joven moreno, como de su edad, de apariencia cholo (vestía una camisa azul muy larga y short tipo bermuda), con muchas letras y frases tatuadas en ambas manos, que no se entienden porque aparte de estar en un manuscrito muy junto, son de un tono verde que siempre he creído que son exclusivas de la prisión. Ella también tiene muchas rayas dibujadas, igual de gachas.

Pensaba en mi ansiedad, que este martes 20 de marzo me incitó a comprar dos botellas de Coca Cola. Una la tomé en el trabajo, la otra la regalé a mi madre. “No entiendes que pronto puedes estar igual o más grave que ellos”, dije, como regañándome a mí mismo.

Traté de meditar, de seguir cuestionando mis hábitos, pero me interrumpieron unos gritos provenientes de una de las paredes de enfrente. ¡Qué viva Cristo Rey!, exclamaba una anciana, de al menos 80 años, y más que una hurra o un cántico de guerra, parecía una queja fatal. Juro que sentí que se trataban de sus últimos gritos en vida, y hoy, una semana después que ajusto este relato, me pregunto si aún vive aquella señora.

Siguió con unos cantos que no entendí, pero seguramente son de los que se realizan en las misas católicas. Una mujer no tan mayor como ella la cuidaba, supongo su hija. La arrullaba, le besaba la sien y le acariciaba los labios, mas resultó imposible callarla. Comenzó a dolerme la cabeza y sentí deseos de matar al perro que me mordió, un pitbull región 4 de tamaño medio y color cobre. ¡Maldito!, Me encajó un colmillo y huyó cuando le tiré la patada; ni siquiera me arrancó la pantorrilla o el cuádriceps como probablemente sí lo hubiera hecho uno fino.

Tiene dueño. Pertenece a una familia que limpia carros en mi calle desde hace al menos 10 años, y siempre han tenido perros que deambulan día y noche. Esas personas ya habían tenido una perra parecida a él, pero blanca con negro –tal cual, parecía una vaca- que me ladraba y amenazaba con morderme, pero nunca lo hizo. Esto sucedió hace 4 o 5 años, cuando debía irme presentable a mi anterior trabajo, y descubrí que le incomodaba mi corbata: se desesperaba al verla ondular. Murió de una manera muy triste, después de tratar de dar a luz, y estiró la pata con todo y crías dentro de su vientre.

Una herida leve, pero que me dificultó la vida 4 o 5 días.

También sentí deseos de golpear al labrador región 3.5 que me siguió primero, pero sin ladrarme. Lo había visto perseguir a una señora, por eso me mantuve alerta y no bajé la mirada. Cuando se perdió de mi vista entre las casas y los carros, de atrás salió el mugroso pitbull y me atacó. Pensé alcanzarlo y golpearlo, pero me contuve porque creí que generaría una batalla campal entre los otros 4 o 5 caninos callejeros que fueron testigos, junto a un par de doñas y unos cuantos niños.

Toda esa mala vibra se fue al contemplar a la enfermera que me atendió. Una jovenzuela muy delgada, menuda de cualquier ángulo visible y chaparrita; todo su aspecto refleja debilidad y describe a la perfección de un ser incapaz de generar daño: una compañía perfecta para un paciente que no puede valerse de sí mismo y teme recibir más heridas o malas noticias. Su rostro pequeño, las grandes ojeras y los enormes lentes que usa empañan sus bellos ojos, verdes con miel, mas le dan un aspecto de notable inteligencia, la cual corrobora al nombrar términos términos médicos ininteligibles y enlistar fármacos con teminación "ina" y "ona", en tanto que su dulce voz colma de confianza: estoy seguro que, al escucharla, los enfermos terminales pueden creer que se trata de un ángel que los guiará hacia el más allá, donde por fin tendrán paz y consuelo, y se irán felices de este mundo por haberla conocido.

Me habló de usted todo el tiempo: “le voy a poner anestesia para que no le duela”, “ahora le voy a lavar”, “le estoy limpiando la herida”, “¿no le duele?”, “¿Le dolió mucho cuando lo mordió el perro?”... Debe estar recién graduada, o incluso realizando sus prácticas, aunque ya tenía uniforme oficial del IMSS, pero es que por la ausencia de arrugas en sus ojos y su terso rostro, me cuesta creer que tenga más de 22 años. El médico me indicó regresar al día siguiente para pedir más antibióticos y realizarme más lavados: difícilmente podría estar infectado.

Mi mente se despejó y enseguida reapareció la música que escuché por la tarde en el camión: los Violadores del Verso. “¿Verdad que no nos gusta el cementerio?”, nos pregunta en “Cantando” Kase O, quien creo que es el líder de este grupo español de hip-hop. Y no, no quiero morir, no este año, y menos de rabia por una mordedura de perro corriente.

EPÍLOGO

El mediodía del lunes 26 de marzo entré a una tienda fresa de mascotas, para ver tortugas. Salió un perro blanco, también por detrás, como hace una semana, pero este era tierno, de esos que son para niños, y a punto estuve de darle una patada. Una de las empleadas grito con desesperación: “¡no hace nada!”, y vi la cara del perrito, que ahora mismo no recuerdo su raza pero es como un pug grande: se asustó y se fue trotando a una casita que estaba en la entrada del local, supongo que es exclusiva para él.

Me disculpé y enseguida les mencioné a las chicas que recién me había mordido uno. Por desgracia llevaba pantalón y no pude mostrarles la herida, para no quedar como un idiota. Seguí platicando con ellas y el perrito regresó. Lo acaricié y se puso contento, porque se tendió al piso para que lo sobara, pero decidí irme de ese lugar.

Menciono esto porque, en el trabajo, un compañero me preguntó si les tenía miedo a los perros después de la mordida. Le dije que no, que simplemente evito cruzar junto a ellos, como lo he hecho siempre por diversos motivos, entre ellos porque no puedo llevármelos a mi casa o darles comida. Y además me molesta que me laman. Pero hoy, que sentí la presencia de un perro que juro es 99% inofensivo, reaccioné como lo hacen los miedosos, o quienes no tienen la conciencia tranquila.

ASR

21 de marzo de 2018

Verdejo y Valdez: incógnitas del presente boxístico

A pocos minutos de que iniciara el combate que disputaron José Carlos Ramírez y Amir Imam por el cinturón de peso súper ligero del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), estalló el “breaking new” de que en una de las peleas coestelares de esta función realizada en el Madison Square Garden de Nueva York, se concretó “la sorpresa del año”: Félix Verdejo, el “Diamante” predilecto, el más apreciado -y talvez el más sobrevalorado- de Puerto Rico, al menos en la última década, había perdido el invicto.

Apenas una semana anterior, en redes sociales se alertó que Óscar Valdez combatió siete rounds con la quijada fracturada contra Scott Quigg, en lo que sin duda resultó ser la mejor pelea de lo que va del 2018. El ídolo de Nogales, Sonora pagó un altísimo costo en la cuarta defensa del título mundial pluma de la Organización Mundial de Boxeo (OMB), situación que generó dudas respecto a si será capaz de resistir el mismo castigo cuando se mida a otros campeones y oponentes mejor posicionados, como Gary Russell Jr., Leo Santa Cruz o Carl Frampton.

Mucho antes de debutar como profesionales, Valdez y Verdejo ya eran considerados a ser las próximas estrellas de sus países, situación que muy pocos mexicanos y boricuas han podido "presumir".

¿Está en declive la carrera de estos extraordinarios atletas? Para entender lo que representan en el mundo boxístico, debemos remontamos al verano del 2012, durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres, cuando ni Verdejo ni Valdez habían debutado como profesionales y aterrizaron al suelo británico como serios candidatos a conseguir medallas para sus respectivas naciones, aunque ninguno lo logró.

Otra decisión polémica, como sucedió en 2008, marginó a Óscar de avanzar a las Semifinales, ya que según los jueces fue superado por el irlandés John Joe Nevin, esto en la división gallo, mientras que el “Diamante” también cayó en la fase de Cuartos de Final, pues poco pudo hacer ante Vasyl Lomachenko, considerado desde entonces entre los mejores boxeadores olímpicos de todos los tiempos, y como se tenía previsto, obtuvo la presea dorada de peso ligero.

Tras concluir Londres 2012, Bob Arum se adelantó a Oscar de la Hoya y demás promotores para firmar, junto con Lomachenko, a ambos prospectos. Los tres se perfilaban como las estrellas casi inmediatas de Top Rank. El 3 de noviembre debutó Valdez, a los 21 años,  y un mes después Verdejo, de 19, a quien de inmediato, por su clase y velocidad, se le comparó con Félix Trinidad, el puertorriqueño más espectacular y carismático de los últimos 30 años, por encima de nombres como Héctor Camacho y Miguel Cotto.

En tanto, el sonorense demostró ser el típico guerrero azteca, que acepta recibir tres jabs y dos volados, con tal de conectar un poderoso recto, o un pulcro gancho al hígado, que le dé el triunfo. A pesar de pertenecer a distintas categorías, Valdez en pluma y Verdejo en ligero, se especuló un combate entre ellos, para realizar una edición más de la madre de todas las guerras boxísticas: “México VS Puerto Rico”.

El sonorense no lucía tan dominante en sus combates como el boricua, quien terminaba con el puño en alto tras propinar espectaculares nocauts a sus rivales, la mayoría de ellos mexicanos, pues sus promotores, bajo la complicidad de muchos medios de la “Isla del Encanto” y Estados Unidos, se esforzaban para bautizarlo como el enésimo “matamexicanos”.

Ante el "Bam Bam" Nájera, Verdejo demostró que no era intocable y que debía pulir su talento.

Bajo esas premisas, y siendo teloneros de figuras como Manny Pacquiao y Terence Crawford, en un abrir y cerrar de ojos volaron el 2013 y 2014. Para la segunda mitad del 2015 ambos tuvieron su primera prueba de fuego: Iván Nájera, un joven de la misma edad del “Diamante” y con muchos simpatizantes en su natal San Antonio, Texas, se presentó con marca de 16-0-0 y aunque Verdejo dominó de inicio a fin el combate, realizado en junio, recibió un par de golpes que exhibieron su vulnerabilidad defensiva y fue incapaz de noquearlo. En contraste, Valdez se midió en septiembre al ex contendiente Chris Avallos, al cual noqueó cinco asaltos, para demostrar que no era ningún boxeador mediático ni protegido, como empezaban a decirle.

Los dos cerraron el 2015 con combates de mera exhibición, y arrancaron el 2016 con retos más llamativos. Ahora se trataba de un ex campeón el oponente de Oscar, el ruso Evgeny Gradovich. Una actuación brillante le valió exigir a gritos un cinturón mundial y de paso posicionarse un escalón encima de Verdejo, quien derrotó a otro invicto, ahora al brasileño William Silva, quien tampoco demostró estar a la altura de su marca de 16-0-0, y con su poco boxeo logró hacer ver mal al afamado boricua.
Oscar Valdez demostró ante Gradovich que portaba el mismo ADN de los más grandes guerreros mexicanos.

A Valdez le llegó su oportunidad por el campeonato vacante de la OMB. Su oponente, el argentino Matías Adrián Rueda, no era conocido fuera de su país, pero alertaba con su marca de 26-0-0, 23 KO. Sin embargo, Valdez lo arrolló y le propinó un espectacular nocaut en apenas el segundo asalto, y 5 meses después, realizó una muy buena primera defensa mandatoria contra el japonés Hiroshige Osawa.

Para Verdejo continuaron las dudas. Ante Juan José Martínez y José Luis Rodríguez, dos oponentes totalmente desconocidos, los boricuas lo único que celebraron es que se trataba de boxeadores aztecas.

En 2017 solo realizó una sola pelea, que significó un reto mayúsculo: el nicaragüense Oliver Flores, quien perdió con el japonés Takashi Uchiyama su oportunidad de coronarse. Félix inició bien, pero a mitad del combate se cansó y a punto estuvo de irse a la lona en al menos dos ocasiones durante los rounds finales. A pesar de que un juez anotó 99-91 a su favor, varios analistas vieron ganador al centroamericano.

Una lesión en la mano derecha, más un accidente en motocicleta, ausentaron a Verdejo 13 meses del cuadrilátero, cuando se contemplaba una pelea con Terry Flanagan, entonces campeón ligero de la OMB, o con Raymundo Beltrán. Incluso iniciaron los rumores de que Félix ya no contaba como un “Diamante” para Arum. Después de ser el plato fuerte de varias funciones en Puerto Rico y Nueva York, reapareció en la antepenúltima contienda de la función, donde se enfrentó a Antonio Lozada, un rival en apariencia a modo para lucirse e incrementar su número de víctimas mexicanas.

De nueva cuenta la recta final, de una pelea pactada a 10 asaltos, Verdejo lució cansado y en esta ocasión sí visitó la lona en el último capítulo y el réferi detuvo las acciones. El público boricua enmudeció: era la primera vez que uno de sus grandes ídolos perdía ante un mexicano totalmente desconocido, quien tras ser noqueado en 2011 por el entonces también prospecto Roberto “Massa” Ortiz, deambuló por el anonimato de arenas y palenques de Sinaloa y Baja California, hasta que llegó esta oportunidad que no desaprovechó.

Valdez y Verdejo son dos carreras que parecen pender de un hilo, pero también se trata de dos extraordinarios gladiadores que aún pueden ajustar errores y alcanzar la gloria.  Oscar ya es un sólido campeón, pero quedó muy dañado en tres guerras épicas consecutivas.

“A la hora de estar en el ring la amistad la amistad sale volando por la ventaja, yo le voy a querer arrancar la cabeza y él a mí también. O come su familia o come la mía”, dijo Valdez en una entrevista que le realizó mi “Cuai” Alejandro Reos, en una respuesta que bien podría definir la actitud guerrera de Valdez, que le ha ganado miles de aplausos, pero casi el mismo número de lesiones innecesarias, o al menos evitables para un boxeador de su nivel.

En estas condiciones terminó Valdez ante Quigg, a quien dominó sin dificultades antes del quinto asalto, cuando intercambió golpes en corto y se fracturó la quijada.

Y Verdejo, quien agoniza de amor propio y perdió demasiado en presentaciones intrascendentes, debe reconocer que el puesto del más consentido de Boriquén ya no le pertenece. Jóvenes como Christopher “Pitufo” Díaz o Janthony Ortiz ocupan su lugar de promesas; tiene el ejemplo de McWilliams Arroyo, quien se recuperó de sus derrotas con Amnat Ruenroeng y Román “Chocolatito” Martínez, para volver a ponerse en la lista de aspirantes a un campeonato mundial.


Lomachenko, de 30 años, quien irónicamente fue el primero en perder el invicto de los tres que firmaron con Top Rank tras aquel verano del 2012, hoy es considerado como el mejor libra por libra de la actualidad; Valdez, de 27, es de los consentidos en México y Estados Unidos, su nivel alcanza para consolidarse como ídolo, pero el castigo que ha recibido en sus últimos tres combates es digno de analizarse. En tanto que Verdejo, a sus 24 años, simplemente perdió el invicto y su carrera, si él lo decido, apenas puede comenzar.

ASR

16 de marzo de 2018

Sueño de otro espacio, otro tiempo y mismo cuerpo

“También lamento admitir que no estoy totalmente convencido de que nuestra alma sea de verdad inmortal. Yo, por lo menos, no tengo ningún recuerdo de mis vidas anteriores”

Jostein Gaarder

Estoy seguro que aquella odisea onírica me trasladó a África. El desierto, la vestimenta de la gente que se transportaba en camellos y el color oscuro de la piel de la mayoría de los habitantes, me hicieron creer que aterricé en alguna región árabe del continente negro. Pero no supe en cuál país.

Llegué acompañado de un grupo de comerciantes, quienes me trataban como a uno más de ellos. Llevaban grandes bolsas, repletas de mercancías, lonas y bidones. Pregunté en dónde nos encontrábamos, y no comprendí el nombre que me respondieron. Confundido, les insistí que me precisaran cuál nación visitábamos, pero parecían no entender mis dudas.

Viajar en el espacio y el tiempo a gran velocidad es una constante en mis sueños.


Mi desesperación fue inmensa, pero mayor la confusión al contemplar mis ropas: ¡no llevaba mis tenis! Mis pantalones, mi camisa, todo había sido reemplazado por un camisón muy holgado y un pantalón, blancas y de seda ambas prendas, más una especie de huaraches que apenas me protegían los pies de la ardiente arena.

Entonces llegó un elefante, inmenso y preparado para la guerra, como los “olifantes” que aparecen en El señor de los Anillos, tripulados por personajes de aspecto indio, muy altos y flacos, como Dhalsim, de Street Fighter. Pareciera que esperaban las armas, porque no las cargaban.

Así lucían los elegantes que soñé, pero en lugar de gladiadores romanos, los conducían yoguis hindúes, similares a Dhalsim 

Este extraño sueño sucedió creo en diciembre, ya casi en navidad, y aunque me perturbó todo ese día, decidí no darle importancia hasta que, iniciando el año visité a Isabel, quien me cuestionó sobre mis creencias en la reencarnación; entonces de inmediato recordé esta experiencia, que, de ser cierta dicha teoría, más que un sueño se trató de un tenue recuerdo de alguna de mis vidas pasadas.

Pero sería ilógico, porque mi cara, mis ideales, eran idénticas a las de la actualidad, y tenga la noción de que, en otras vidas, si es que las hemos tenido, debimos haber sido muy distintos a la actualidad. Pero no se sabe, porque ni siquiera nos consta lo que sucede a nuestra alma al despedirnos de este mundo, y si tendremos, o ya tuvimos, la dicha o el infortunio de regresar.

Es complicado lo que siguió en aquella fantasía nocturna, porque me exasperé al no entender lo que platicaban; la intriga era inmensa por no estar con mis amigos, ni en mi época, ni vestido con la ropa que me siento cómodo. A mi lado había un sujeto, quien era como mi guía y al único que parecía tenerle confianza. Por más que trato de asociarlo con alguien conocido, no puedo.

Este soy yo viajando en mis sueños: de Inglaterra (sin mi vestimenta habitual, volví a adaptarme) a Rusia :)

Fue él quien me advirtió que no debería acercarme al elefante, porque me tomarían como un enemigo, y más al no entender mi idioma y ver mi aspecto totalmente ajeno a ellos. ¿Quién habrá sido? No lo sé, pero estaba barbón, hablaba con tono de sapiencia y calculo tendría entre 35 y 40 años: bien podría ser uno de esos actores que salen en las películas de Jesucristo que abundan en la televisión durante Semana Santa.

Es todo lo que recuerdo de ese sueño, que surgió como una emoción muy fuerte por conocer un lugar remoto, como Sudán o Etiopía, y terminé en un viaje al pasado, al que, aunque mi vestimenta cambió, conservé mi mente y mi cuerpo: es decir, fui fiel a mis ideales de querer una explicación a lo desconocido y usar tenis; estoy seguro que era yo navegando por el tiempo, y no algún “otro yo” que nació y creció hace 200 o 300 años en África. Espero haberme explicado con claridad.

O talvez simplemente soy el personaje central de la novela o cuento de equis escritorzuelo novato, aún más corriente que yo, y me describe en ciertos relatos en los que sólo sé que interactúo cuando estoy dormido. Y es que en estos momentos leo “El mundo de Sofía”, cuya adaptación fílmica nos deja con esa hipótesis: que existe la posibilidad que nuestra vida, en realidad seamos una historia que un marinero inventa para entretener a su hija.

"El Mundo de Sofía" nos cuenta el origen del pensamiento humano, a través un viaje excepcional.

Y cuando comencé a desdeñar esta alucinación, luego de la charla con Isa, leía “Las mil y una noches”. Aquella ocasión, mi mente trató de darle una mejor reconstrucción basada en el tema árabe; ahora, con la pequeña Sofía como mi compañera de lectura, lo reconstruí en este majestuoso viaje filosófico por el espacio y el tiempo, y hasta pienso que sería entretenido inventarle un antes y un después a aquel inesperado y confuso sueño, que se negó a morir en el olvido debido al bello arte de compartir nuestras impresiones con los seres que gustan tomarse el tiempo para hacerme compañía.

ASR

12 de marzo de 2018

Pechorin: Un héroe de la literatura clásica rusa…y de nuestro tiempo


Gozaba la vida, detestaba las responsabilidades y su mayor temor consistía en morir joven; luego de batirse en un duelo y salir victorioso, circunstancialmente cambió su forma de pensar y se obsesionó con creerse poseedor de un misterioso don: poder predecir la inesperada muerte de alguna de las personas que le rodean.


Imagen que representa el duelo de Pechorin que, según mis apreciaciones, cambió su forma de pensar y de ver la vida.

Grígori Pechorin, un militar novato ruso, combatiente en innumerables batallas del Cáucaso y que por su valentía se ganó el respeto del general Maksim Maksímych, quien, por el hecho de haber guardado su diario y divulgar su historia al menos al narrador de la novela, es el principal responsable de que sus hazañas sean conocidas 200 años después.   

Arriesgó su vida y mató para honrar a la orgullosa Vera, su cómplice de un romance fallido, tal vez desde ese momento, en el fondo de su corazón simplemente anhelaba morir inesperadamente, primero al sacar provecho de un caballo ajeno y después secuestró a Bela, sin el afán de ofenderla, ni burlarse de sus adversarios, ni ocasionar otro conflicto: simplemente buscaba ser la cabeza más buscada por los enemigos de los rusos.

Tanto a la dama como a la prisionera las amó “como un objeto de su propiedad”; a ambas amenazó con abandonarlas. Raptó a Bela no para verla morir: quería que los soldados de su padre lo mataran durante el rescate; más que torturarla en el encierro, la obligó a amarlo, sin atreverse a dañarla, lo que es una forma sutil y cruel de repartir amor.

Pero no nada más se alejó de sus amadas: Pechorin rechazó arrogantemente a Maksim Maksímych, cuando el general más anhelaba verlo. No come con él y no le interesa que le regrese su diario, quizá consciente de que su amigo contaría las experiencias de su primera juventud, aunado a los momentos que convivieron juntos.

Y aunque Pechorin fue muy orgulloso, en el fondo de su alma deseaba que el general lo comprendiera y perdonara luego de leer las confesiones que mantuvo secretas en su libro, porque en toda su vida estuvo presente la sensibilidad: también anhelaba que el mundo comprendiera su accionar, más que envidiarlo u odiarlo por su cinismo. Va a la guerra y muere, de forma inesperada porque ya había alcanzado rangos altos militares: finalmente es lo que buscaba en su profunda depresión.

El ejemplar que conseguí: una novela corta épica, pese a que Lermantov se especializó en poesía.


A este sujeto, Mijaíl Lérmontov lo nombró como “Un héroe de nuestro tiempo”, hablando de la Rusia, su Rusia, de mediados del Siglo 19, cuando el socialismo apenas florecía y los grandes escritores contemporáneos, como Aleksandr Pushkin, Nikolai Gógol, así como los posteriores Fiodor Dostoievski y Anton Chéjov, siempre críticos del zarismo, sabían que este nuevo pensamiento, supuestamente obrero, no era la mejor opción de nuevo gobierno.

“Con cuánta frecuencia tomamos por convicción un yerro de nuestros sentidos o un fallo del entendimiento”, exclama Pechorin al final de su diario, en una obra maestra de Lermontov, de quien apenas supe de su existencia el año pasado, leyendo el Diario de Un Escritor, de Diostoievski, quien lo menciona con profunda devoción, respeto, y confesó estar arrepentido por no haberlo conocido mejor. Al buscar su nombre, encontré que es el escritor preferido de Vladimir Putin, el flamante Presidente ruso.

De los libros que más me han sorprendido, y que más he rayado.

Más frases encantadoras que se aprecian en esta joya.


“En los corazones sencillos, el sentido de la hermosura y la majestuosidad de la naturaleza es cien veces más fuerte y vivo que en nosotros, los que hacemos enfáticas narraciones, de viva voz o por escrito”; “también uno puede habituarse al silbido de las balas, es decir, habituarse a disimular que el corazón acelera sus latidos”, y “siempre he dicho que no conduce a nada bueno el olvidar a los viejos amigos”, son algunas frases rescatables de “Un héroe de nuestro tiempo”, cuyo autor influyó demasiado en la formación de Dostoievski y por ende, sus obras deben se incluirse con mayor relevancia en las selecciones de los clásicos de la literatura rusa.

PD: Dedicado a la greñuda Fanny, Godín fase Dios que me pidió escribir al respecto de este libro, que supuestamente ya leyó pero no recuerda de qué trata.
ASR

2 de marzo de 2018

Señas simuladas


Jueves, 1 de marzo del 18

Cuando entró al restaurante yo estaba distraído en el teléfono, leyendo mensajes. Apenas y percibí su silueta cuando se aproximó hacia L, una de mis mejores amigas, quien platicaba con R, ex compañera de trabajo de ambos, en la mesa donde nos sentamos los tres.

Pensé que se trataba del mesero, ya que L llegó más tarde y no pidió comida. Pero noté que hacía señas y le entregó un papel a L, y ella lo leyó en voz baja. Se presentó como integrante de una supuesta institución de sordomudos, la cual recauda fondos para ayudarlos. No me atreví a levantar el rostro: aunque es muy digna la labor de atender a los comensales y recibir una propina, consideré inoportuna mi confusión y para “remediar” este fallo, le di 10 pesos.

Los tres cooperamos y en una carpeta anotó el nombre de L junto con la cantidad que recibió. Se despidió amablemente, con señas, y recordando cuando los tres fuimos compañeros de un diario, al cual sólo R sigue perteneciendo, se esfumaron dos horas. Estaba por anochecer y R debió irse para evitar el tráfico; nos despedimos y fui con L a un bar: teníamos antojo de cerveza artesanal. Aunque apenas bebimos dos cada quien, salimos un tanto alegres, talvez yo un poco más que ella.

Caminamos y al llegar a la esquina donde cada vez que salimos a Chapultepec yo tomo el camión y L espera al chofer de Uber, ella notó la presencia del “sordomudo”. Me preguntó: “¿ya lo viste?”, y del asombro, siguió el enojo, la impotencia y hasta rabia, de verlo platicar con otros muchachos.

Yo no estaba seguro de que fuera el mismo sujeto, porque como ya me justifiqué no pude apreciarlo anteriormente, además que soy pésimo reconociendo caras, y más si son recién conocidos.

Pero se sintió delatado cuando L me dijo: “¡sí es él, lleva la carpeta donde nos anotó!”, y de inmediato la rompió y la tiró en un bote de basura. Abordó un camión, no sin antes despedirse de sus acompañantes. De verdad que nos dio mucho coraje, porque interrumpimos los planes de nuestra próxima salida y continuamos hablando del chamaco hipócrita hasta que llegó mi camión, custodiado del carro de Uber. Digo chamaco, porque difícilmente tiene más de 20 años.

Esta es la carpeta donde el "sordomudo" anotaba las aportaciones de buena voluntad. Aquella noche soñé que con mi moneda de 10 que le di pagó el pasaje o bien, se compró una Coca Cola.


Seguí pensando en ese engaño grotesco. ¿Lo hará para estudiar o ayudar a alguien realmente necesitado? Es poco probable. Aún entumecido del cerebro por las dos cervezas oscuras con más de 7% de alcohol, recordé que hace como un mes pagué un recibo del agua en una farmacia cercana a la oficina. Fueron poquito menos de 80 pesos, y el billete de Sor Juana que llevaba debía rendirme hasta la quincena, y faltaban como 3 días.

Mientras hacía fila contemplaba ir al cajero automático, porque no me alcanzarían poco más de 100 pesos. Justo en mi turno irrumpió un limosnero que llevaba una bolsa repleta de morralla. “¿Los 400 de siempre?”, le preguntó la cajera, quien con una habilidad mágica recibió el pago y selló mi recibo, al tiempo que el solicitante meneó la cabeza en respuesta afirmativa.

La chica de la bata azul cielo empuñó mi billete y abrió la caja donde guardan el dinero, me dio uno de Benito más unas cuantas moneditas, como las que estaban en la bolsa que recién le habían entregado, y sacó otro Sor Juana para completar el pago al vagabundo que pide dinero afuera de un templo del Centro. ¡400 pesos de limosnas! Lo primero que pensé es que a ese individuo ya le he dado monedas. Y no sé en cuánto tiempo habrá reunido esa cantidad, o si es el único que la recolectó, porque he escuchado que los limosneros tienen sus propios “gremios” y se apoyan entre ellos, pero sabe si sea cierto; lo que sí, es que este último viernes no dormí tranquilo ni relajado, y no por las cervezas, sino por las señas simuladas de un falso sordomudo, un chavito hipócrita que se aprovecha de ciertas debilidades humanas.

PD: Ya van dos intérpretes de señas que me dicen que es incorrecto el término “sordomudo”, que simplemente son “sordos”, porque al hacer señas ya estás hablando… pero equis.
ASR